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La carcoma: carta abierta a la Vicerrectora Eva Castro Caridad, con motivo de su marcha

“Tres personas pueden guardar un secreto si dos de ellas están muertas”
Benjamin Franklin, Poor Richard’s Almanac.

Querida Eva: decía el viejo Cicerón que le faltarían los días si quisiese contar a las personas buenas a las que les ha ido mal y a la malas a las que les ha ido bien (De natura deorum, 5), y el viejo Cicerón, que vio desaparecer las instituciones de la república romana y cómo pasaban a ser sustituidas por el poder personal, sabía muy bien lo que decía. También afirmaba que la historia es una maestra para la vida. Y por esta razón como profesor, como compañero y como estudioso del mundo antiguo, al igual que tú, querría ofrecerte estas reflexiones en voz alta.

Nosotros, a los que nos llaman “de letras”, quizás debido a que seamos de los pocos que aún saben leer; nosotros, que leemos libros viejos en idiomas raros, podemos aún permitirnos el lujo de contemplar al mundo con el desapasionamiento que nos proporciona la distancia, y observarlo con una mirada a la vez tierna y desencantada, pensando quizás que así también nos podrá ver alguien en un lejano futuro cuando ya no estemos en él.

Cuentan nuestros viejos libros que hubo una vez un gran imperio, el Imperio de Roma, que murió contemplando extasiado su propia perfección. A partir del siglo III d.C. el Imperio romano comenzó a ser cada vez más eficaz en su administración, a la que vez que se iba descomponiendo. Creció el número de funcionarios y se incrementó el control de cada parte del territorio, de cada persona y de cada bien. Aumentó el número de las leyes, se las sistematizó y se las estudió. Y así nació una corte imperial, en la que en torno a la figura omnipotente y omnipresente del emperador se crearon cargos con nombres que hoy en día nos pueden parecen pomposos, a la par que absurdos.

Vivió el emperador rodeado por gentes como el “conde de los sagrados dispendios”, el “prefecto de la sagrada alcoba”, el “conde de las cosas privadas”, el “conde de las cosas públicas”, el “secretario de las cartas griegas”, o el “secretario de las cartas latinas”. Y así todo se gobernó, todo se reguló. Se reguló el ancho de las franjas de púrpura que algunos podían llevar en sus togas, cuáles habían de ser sus telas, quién podía llevar una corona de oro, y con cuántos rubíes o cuántas perlas, ya fuese el emperador, la emperatriz, o alguna que otra mujer que supiese ascender en la corte, como la inefable Teodora.

Y como a tal señor tal honor, el emperador se vió necesitado de profesores, oradores o gramáticos que cantasen sus alabanzas. Para ellos se crearon algunas cátedras públicas con el fin de que sus ocupantes compusiesen panegíricos, es decir, discursos laudatorios con los que se solía recibir al emperador o a las cada vez más numerosas autoridades cuando visitaban una ciudad, una región o un palacio.

Creían los panegiristas que sin ellos el emperador no podría subsistir. Y por eso estaban seguros de que sus cantos a la bondad del gobierno y a las virtudes de quienes lo ejercían sólo podrían ser el digno tema de unos letrados tan cultos como ellos, que eran quienes con sus palabras de adulación creaban la verdadera dignidad de quien los nombraba y los mantenía. Uno de estos gramáticos, originario del norte de África y de nombre Aurelio Agustín, llegó un día a la corte imperial a Milán con el fin de poder obtener una cátedra y hacer a la vez carrera política, pero se quedó muy asombrado cuando, al entrar en una basílica, vio a un personaje, un clérigo llamado Ambrosio, que estaba leyendo un libro en silencio. Como en esta época los libros se leían en voz alta, Agustín se quedó conmocionado al observar que se podía leer con la boca callada, y poco a poco se dio cuenta que debía leer sus libros en silencio.

Agustín dejó la ciudad y se fue al campo y, según fue profundizando en la filosofía y abandonando la oratoria y las pretensiones de medrar en la corte , llegó a la conclusión de que el poder y el saber tenían que ser incompatibles, de que el poder político y el ansia por las riquezas eran dos caras de la misma moneda, a las que a su vez solía ir unida la búsqueda desmesurada del placer sexual.

Pensaba también Agustín que podía existir una comunidad de personas en la que la búsqueda de la verdad podía ir unida a la búsqueda del bien común, en la que unas personas pudiesen trabajar para otras y transmitir su legado de conocimientos y los frutos de sus obras a quienes les vendrían a relevar en el mundo. Agustín murió en el norte de Africa, cuando su ciudad, Hipona, estaba sitiada por los vándalos en ese imperio que se considerada a sí mismo racional, perfecto y destinado a perdurar para la eternidad.

Al imperio romano le pasaba lo mismo que le pasa a la madera cuando está colonizada por las termitas. Las termitas son unos insectos fotófobos, no les gusta trabajar a la luz pública, pero poco a poco van corroyendo las maderas, las vigas y las casas por dentro, dejando, eso sí, las superficies impolutas, hasta que llega un día en el que todo se derrumba, como el imperio romano, corroido por todo tipo de tensiones económicas, sociales y militares bajo su brillante apariencia de púrpura, oro y autocomplacencia. Las termitas tienen en sus colonias a obreros, u obreras, especializados, que segregan ácidos que les permiten hacer pequeños canales en la piedra y poder pasar así de una casa a otra, extendiendo poco a poco su dominio.

Nosotros, como estudiosos del pasado y como profesores del presente, sabemos lo peligrosos que pueden ser los bárbaros cuando se alían con quienes gobiernan el mundo para sí, en su propio beneficio y contemplándose a sí mismos, arrobados por su propia perfección. También sabemos lo dañinas que pueden ser las termitas, sólo aletargadas por el frío del invierno.

Nosotros, los que ante todo somos profesores y no nos avergonzamos de ello, sino al contrario, conocemos el valor de la educación, el valor del conocimiento, y sabemos cuál es nuestro deber y a quién nos debemos, y también sabemos a quién no tenemos que servir. Nosotros, los que ante todo somos profesores, sabemos que es posible gobernar bien, si se hace racionalmente, que se pueden hacer leyes razonables, pero también irracionales, y que el objetivo del gobierno es el logro del bien común, y no la satisfacción de la libido dominandi de los gobernantes, como decía Aurelio Agustín. Y por eso, como él, sabemos cuándo tenemos que retirarnos a esperar que lleguen los vándalos, o que las termitas acaben su trabajo. Pero eso sí, seguiremos intentando salvar lo que aun pueda quedar del conocimiento en los viejos y en los nuevos libros, intentando enseñarlo e intentando salvar lo que aun quede de nuestras instituciones.

En el año 1933, cuando en Alemania ya les empezaba a ir más que bien a muchos malos, una chica judía que había realizado su tesis doctoral sobre Agustín abandonó Alemania para no volver nunca más. Ella pudo ver como todas las tradiciones culturales y académicas de su pais quedaron arruinadas y fueron prostituidas al servicio de una causa política demencial, que sin embargo fue apoyada por la mayor parte de sus compatriotas y aceptada con entusiasmo por la inmensa mayoría de los profesores, los científicos, los intelectuales y los juristas de la que había sido la nación más culta de Europa y la creadora de sus mejores tradiciones científicas.

Sería más adelante esta chica una de las más importantes filósofas políticas del siglo XX. Por eso sería bueno acabar esta carta con unas palabras suyas, especialmente oportunas en este momento y que deberíamos no olvidar.

Decía Hannah Arendt:

“La educación es la clave en la que tenemos que decidir si amamos lo suficientemente al mundo como para responsabilizarnos de él e intentamos salvarlo, o lo dejamos arruinarse. Y también para saber si apostamos por su renovación y admitimos que será inevitable la llegada de lo nuevo y lo joven. Del mismo modo es también en la educación donde tendremos que decidir si amamos lo suficientemente a nuestros hijos para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos ir a la deriva, arrancándoles de sus manos la oportunidad de hacer algo nuevo, algo que nosotros no podíamos preveer, o bien los preparamos para su misión de renovar nuestro mundo común”.

Hannah Arendt: Between Past and Future, Penguin Books, New York, 1968, p. 196.

La educación superior fue, y debería seguir siéndolo, la misión fundamental de la universidad, acosada ahora por los vándalos, como lo estuvo en su tiempo el Imperio Romano, y, como el resto de nuestra sociedad, también carcomida por las termitas.

A la memoria de Serafín Moralejo Álvarez (1945-2011)

A LA MEMORIA DE SERAFÍN MORALEJO ÁLVAREZ (1945-2011)
CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE DE LA USC
CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE MEDIEVAL DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD

PARA MI MAESTRO

Nacido de una vez por todas en el silencio

un gran dolor acabó sin ninguna canción que lo cantase.

¡Quién pudiese estar a tu lado tan cerca del Paraiso!

Cuando ante nuestros ojos brillaba en el altar

el cuchillo ante el que temblaban el carnero y el hijo.

Y estar ahora en el silencioso manicomio

donde viven las sombras colgadas de las vigas del techo

como murciélagos cansados por la luz del día,

hasta que los despierte una señal de radar

y les haga ver señuelos gigantes en el blanco muro de piedra.

¿Cómo puedo dejarte solo en esa casa con tu pequeña cojera?

¿No hay ya más santos ni más brujos

para cantar sus hazañas con tus alumnos?

¿Ya no queda ningún mal que fulminar

con el rayo de tu lengua afilada?

¿Te confundieron con el Mesías visto en el espejo

y quedaron tranquilos porque al fin habías llegado?

Déjame llorar ahora a tu lado, maestro,

porque también yo me cobijo bajo ese tenebroso techo

como un hijo honrado que entra sin miedo en la casa de su padre.

Leonard Cohen ( Trad. J.C. Bermejo Barrera)

Gestores honoris causa

Quienes gobiernan las universidades lloran más que el profeta Jeremías anunciando el fin del Reino de Israel. Predicen apocalípticos futuros si no les va bien y prometen el paraíso tanto más cuanto más se beneficien sus instituciones. La universidad, dicen, es un modelo de racionalidad y eficacia, del que deberían aprender la sociedad y las empresas, aunque en realidad la estén convirtiendo en un coto cerrado, en el que el gusto por el ritual, por la alabanza mutua, y la falta de sentido de la realidad y de espíritu crítico parecen invadirlo todo.

En nombre de la eficacia y la gestión se está produciendo un extraordinario aumento del gasto administrativo en procesos muchas veces carentes de sentido, de los que escojo dos ejemplos. En mi universidad, si un profesor pide un permiso justificado para salir de su ciudad debe dejar cubierta su docencia, si la tuviese. Hasta aquí todo va bien. Pero ahora se exige que si un profesor se ausenta por un motivo justificado debe garantizar que la docencia que no  tiene quede cubierta  del siguiente modo: el profesor que no tiene clases designa a otro para que no imparta las clases que no existen. Ese otro acepta no impartir las clases que no hay con todo su esfuerzo y se lo comunica a la dirección de su departamento que, después de estudiar el caso, informa favorablemente  de que no se den por parte de quienes no las iba a dar las clases que ya no existían. De lo que, a su vez, se informa al decano, que expresa su asentimiento a que se designe para no dar las clases que no existen a un profesor que no las de, pudiendo tener que informar al Rector si el profesor que no iba a dar las  clases que no tenía se ausentase más de una semana. Se generan así tres o cuatro pasos en un proceso administrativo.

Del mismo modo, cada año el rectorado finge sorprenderse y decide encargar la docencia de sus titulaciones a los centros que ya las tienen asignadas. Por ejemplo, la carrera de derecho se le encarga cada año a esa facultad y no a la de veterinaria. Se calculan, en un proceso de horas de trabajo y miles de folios, las horas de cada asignatura, sus módulos y grupos, aunque se sabe que en muchos casos es imposible impartirlos (pero eso no importa). Ese encargo lo reciben  inesperadamente las facultades y departamentos que ya lo tenían y lo refrendan y corrigen con varias reuniones en las que se generan más papeles. Para al fin, una vez creado esto que se llama PDA (plan docente anual), se le encargue la docencia a los departamentos, que generan su POD (plan de organización docente), que ya conocían y que muchas veces se incumple, por diferentes tipos de razones.

En la universidad se cuidan los procedimientos, pero no importan los contenidos – por ejemplo de los planes de estudio- y ello es así porque cada vez está  más lejos de la realidad. Cuanto más se compliquen los procedimientos, más personal y más dinero  harán falta. En economía eso se llama featherbedding. Por eso en época de gravísima crisis los nuevos gestores no dejan de pedir cada vez más, diciendo que ellos –los que más gastan – son  los creadores de la riqueza. Se dijo alguna vez que “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Si queremos entender nuestras universidades, y también nuestra vida política. tendríamos que afirmar que en ellas “lo que no pueder ser, sí puede ser y además es obligatorio.”

El cuento del campesino elocuente: carta abierta a Juan Casares Long

Hay una antiquísima tradición literaria, que tiene más de tres mil años de antigüedad, en la que una persona humilde, un campesino, un trabajor de las grandes obras públicas de los antiguos imperios, o un artesano, apela a la figura del buen faraón, del rey mesopotámico o del emperador de la China para pedirle una justicia que le es negada normalmente por los funcionarios abusivos.

En los textos literarios, como El cuento del campesino elocuente del Egipto Antiguo, el pobre campesino consigue convencer al faraón con sus argumentos y el faraón reestablece el orden de la justicia. Evidentemente no es más que cuento, un relato interesado, escrito por los escribas para ser leído por ellos mismos y para tranquilizar su conciencia, y del que nunca tuvieron conocimiento los analfabetos campesinos egipcios.

En las sociedades democráticas no hay que apelar al rey ni al emperador, puesto que todas ellas se basan en un orden jurídico que garantiza y vela por los derechos de todos los ciudadanos, al menos en teoría, puesto que todo el mundo sabe que la justicia puede ser muy cara, a veces es muy complicada y las posibilidades de intepretación de las leyes pueden ser muy variadas, y por eso las sentencias pueden ser apeladas en distintos niveles.

Desde el siglo XVIII, cuando nace la esfera de la opinión pública, la prensa, los medios de comunicación, comenzaron a ejercer como contrapartida del poder político y a veces funcionaron como tribunales de papel en los que se podía solicitar la aplicación de una justicia poética, o una justicia real, como el caso Dreyfus en la Francia del siglo XIX o el caso Watergate en los EE.UU. del siglo veinte vinieron a poner de manifiesto

En España y en las universidades españolas la esfera de la opinión pública parece haberse disuelto, en un proceso en el que la información escrita o audiovisual parece estar cada vez más al albur de los intereses partidistas o personales en todos los ámbitos.

 

En España y en las universidades españolas las normas crecen desmesuradamente, son cada vez más dificiles de interpretar y se contradicen a sí mismas. Por eso a veces los derechos de los estudiantes, tal y como ocurrió en el caso del Máster docente, en que los estudiantes de la Universidad de Santiago recibieron el apoyo del por entonces candidato a Rector, Juan Casares Long, cuando como pequeños campesinos egipcios apelaron al Valedor do Pobo Galego y al Defensor del Pueblo de España.

También pueden verse conculcados a veces los derechos de algunos profesores, y los profesores disponen de medios para recurrir y defenderse.Pero a veces los trámites son muy largos, la administración está sobrecargada de trabajo y las cosas se complican. Por ello puede ser bueno que, respetando siempre los derechos y la integridad de las personas, se den a conocer a la opinión pública tantos y tantos problemas que las universidades como la nuestra sufren y que deben ser corregidos por el propio bien particular de  las personas y por el interés general de la institución.

Fue por ello por lo que, planteando el problema global de la enseñanza de posgrado en España, he dado a conocer los problemas del único Máster que conozco. Un Máster elaborado como todos los demás, y que por ello comparte los mismos problemas en su disfuncionalidad y en su intrincada estructura administrativa, y que paradójicamente, y en contra de lo que razonablemente pudiese parecer, puede otorgar demasiada discrecionalidad en muchos aspectos debido a la compeljidad de sus normas.

Cinco profesores del Departamento de Historia I de la USC hemos presentado cinco recursos pidiendo la suspensión cautelar de un Reglamento sobre la lectura de los trabajos del Máster de Arqueoloxía e Ciencias da Antigüedade por considerar que tiene serios problemas que ponen en entredicho los derechos de los profesores y los alumnos del citado Máster.

No tenemos dudas de que será examinado en su tiempo correspondiente y se dictará una resolución sobre su validez, que puede hacer que ese Reglamento sea o no legal, pero pienso y pensamos que analizar el problema general de los másteres en un ensayo global dado a conocer al público, ilustrándolo con este ejemplo  – sin ánimo de  injuriar a nadie, pues ninguna persona ha sido citada con su nombre y ya que el Reglamento es obra de un órgano colegiado -, puede ser útil a la comunidad universitaria, a veces falta de vigor crítico por diferentes tipos de razones.

No voy a decirle, Excmo. y Magnífico Sr. Rector, a Ud. que tiene el honor de gobenarnos con toda la legitimidad que le otorgan la ley y las urnas, que la resolución del recurso es gracia que esperamos alcanzar del recto proceder de V.E., cuya vida Dios guarde muchos años.

Yo personalmente, y muchos otros profesores de mi edad tambien, he tenido que rematar así muchas instancias y solicitudes. Por suerte ahora ya no hay que escribir así, puesto que en democracia se pide justicia y no gracia. Nadie está obligado a creer en Dios, aunque por supuesto quien quiera puede hacerlo, y, eso sí, podría decirle que sí que le sigo deseando a Ud., Señor Rector, y a todos los miembros de la Universidad que gobierna, la más larga vida posible que la naturaleza quiera a todos concedernos, para que pueda corregir y enmendar tantos y tantos defectos de nuestra vida académica con la ilusión y el entusiasmo que suele dar el comienzo de un largo mandato.

Fonseca se va de elecciones

Estamos asistiendo en Santiago a un proceso que ofrece una buena oportunidad a la reflexión histórica. En él, en una primera vuelta, a la que algunos definieron acertadamente como casting, siete candidatos, igualados en su ambición y en su poca voluntad de definirse, pusieron claramente de manifiesto que en la USC ni existe un criterio claro de liderazgo, ni hay una percepción clara de los problemas que está viviendo esa institución, lo que ha dado lugar a la práctica ausencia de debate, y a su sustitución por retahílas de imágenes y palabras vacías.

En una universidad pueden darse tres criterios de liderazgo: el tradicional, el carismático y el racional burocrático, y a ninguno de ellos se ha ajustado ninguno de los siete candidatos.

En el liderazgo tradicional la universidad hubiese buscado un profesor o profesora de larga trayectoria académica, buen conocedor de los problemas de la institución y respetado por buena parte de sus colegas. En el liderazgo carismático sería rector una persona extraordinariamente sobresaliente en el campo científico o con un marcado cariz político, avalado por una acción desarrollada en la defensa de determinados valores. Y en el caso del liderazgo burocrático racional lo que se habría buscado es un rector conocido por su capacidad de organización y su habilidad para optimizar los recursos y saber subordinar los medios a los fines. Ninguno de nuestros siete candidatos respondía a ninguno de estos criterios de un modo sobresaliente, lo que no quiere decir que careciesen todos ellos de méritos científicos, académicos o políticos en menor grado.

Consecuencia de ello fue que nuestros candidatos desarrollaron una campaña electoral basada en una saturación informativa paralela a la vaciedad de sus mensajes, que además eran todos ellos concurrentes, puesto que se dio a entender que la Universidade de Santiago, sumida en una aguda crisis institucional y económica solo tiene tres problemas: a) hacer catedráticos a todos aquellos profesores que superen un baremo medido por unos funcionarios, sin tener en cuenta de ninguna manera ni las necesidades docentes ni la racionalidad académica; b) proclamar la indivisibilidad radical de la Facultade de Medicina, compatible con la multiplicación indiscriminada de todo tipo de titulaciones, y c) aseverar que el llamado Campus Vida, que monopolizan unos reducidos grupos de investigación, responde a los intereses generales y ofrece una oportunidad a todo el profesorado de la universidad.

Sería grave que nuestros candidatos se hubiesen creído sus propios mensajes, pues son personas informadas e inteligentes. En realidad en ellos, como en todo lo que se dice en la universidad, hay una escisión total entre las palabras y los hechos, y nada significa lo que en realidad parece que significa.

Al llegar a la segunda vuelta, a las verdaderas elecciones, la situación sigue igual, pero como los candidatos tienen ya que enfrentarse claramente, vemos aparecer otro discurso igualmente alejado de la realidad, según el cual lo que estuviese en juego serían dos opciones políticas. Nada más lejos de la realidad. Ni la política ni la realidad desempeñan ningún papel en este proceso electoral. Las ideas, el lenguaje y las formas de proceder en el mundo académico son exactamente iguales en los profesores que apelan a diferentes opciones políticas. En la universidad un profesor es lo que hace y no lo que él dice que es. Y en ahora solo quedan dos opciones a elegir: la de quienes quieran seguir defendiendo el conglomerado de intereses creados que sustenta a la USC, bajo una máscara política, sea la que sea, y la de quienes deseen que la universidad se defina a sí misma como lo que es, admita la necesidad de reformarse radicalmente y vuelva a entrar en contacto con una realidad en la que las palabras solo signifiquen lo que dicen.

La Voz de Galicia, 12/05/10

El pasado es vuestro, no dejeis que os roben el futuro

Discurso a los alumnos de la promoción de Historia (2005-2010)

Cada año repetimos entre los muros de este viejo edificio una ceremonia de despedida de quienes han cursado durante cinco años los estudios de Historia en esta institución, que es bastante vieja, pero que también es la única vieja conocida a la que le gustó añadirse unos cuantos años de más para poder decir que había cumplido cinco siglos.

Los años pasan y sin embargo los muros son los mismos y podríamos decir que sus piedras han debido contemplar, a veces asombradas, las cosas que han podido ocurrir en este lugar. A los historiadores y a los que no lo son nos gusta pensar que oimos voces desde el pasado. Napoleón, por ejemplo, para sacarle los colores a sus soldados y para evitar que algunos de ellos saliesen por patas en el campo de batalla de Gizah, les dijo aquella famosa frase: “¡soldados cuarenta siglos os contemplan!”, confiando en que si no se avergozaban ante él, por lo menos se avergonzarían ante las pirámides, que al ser monumentos histórico-artísticos deberían, como mínimo, ser aficionadas a las batallas.

Las piedras sueltas, las ruinas y los monumentos bien conservados han sido siempre un gran tema de reflexión para los historiadores, que unas veces las ven como testimonio de la decadencia y del inevitable paso del tiempo y otras como signos o mensajes a partir de los cuales se le podría dar aun algo de vida a los fantasmas de todos aquellos que vivieron en el pasado. Lo cierto es que las ruinas, naturales o humanas, son un tema bastante adecuado para que los viejos cascarrabias, o simplemente los adultos, hagan comparaciones entre el pasado y el presente.

Hace ya más de cuatro mil años un escriba sumerio grabó en una tablilla su lamento sobre la destrucción de la ciudad de Ur, antaño rica y poderosa y ahora silenciosa, cubierta de polvo y arrasada por los vientos del desierto. Pensaba el escriba que la contemplación de esas ruinas era una buena ocasión para reflexionar sobre la fragilidad de la vida, pero también para confirmar la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, algo que suelen decir los viejos al acorda r se de su juventud, pero casi nunca los jóvenes, a menos que todavía tengan nostalgia por la lactancia perdida.

La verdad es que si siguiésemos a lo largo de la historia el tema de la melancolía por las ruinas y el tópico de la decade n cia tendríamos que llegar a la conclusión de que la historia universal no ha sido más que un continuo y milenario progreso de la decadencia, meritorio por haber conseguido en él cada vez más altas cotas de degradación, y que suscitaría siempre la expresión: “¿a dónde vamos a parar?”

Efectivamente los escribas egipcios se quejaban también de que ya no se estudia y se escribe tan bien como antes y de que los aprendices de escribas ya no respetan ni la autoridad ni las tradiciones, conprometiendo así seriamente su futuro, y el del propio imperio faraónico. Lo mismo dijeron los griegos, desde Hesíodo que hace comenzar la historia con la edad más feliz, la Edad de Oro, y concluye afirmando que vive en la peor época de todas, una época caracterizada por el hambre, la enfermedad, la pobreza, la muerte y la violencia, hasta los oradores griegos y romanos, que también se quejaban de la pérdida de la elocuencia, porque la gente ya no habla tan bien como antes, porque tampoco se respetan ni la edad ni las jerarquías, ni las tradiciones, y porque los jóvenes se entregan cada vez más al vicio, perjudicando así seriamente la salud de sus cuerpos.

Si tantos poetas, oradores, historiadores y filósofos tuvieron nostalgia por el pasado, quisieron que volviese la Edad de Oro y gustaron de ver su propia decadencia reflejada en las ruinas, quizás fuese simplemente porque, con un cierto delirio de grandeza quisieron transformar la nostalgia por su juventud perdida en una categoría histórica universal.

Este tema sigue siendo de actualidad, no porque las clases prácticas de la licenciatura de Historia hayan consistido en meláncolicos paseos al atardecer por campos de ruinas, sino porque nos lleva a pensar en la relación entre el pasado y vuestro futuro.

No sé como nos verán las piedras de nuestros claustros o la fachada de este edificio, a lo mejor en vez de mandaros a la guerra, como a los soldados de Napoleón, lo que les da es la risa, porque hay que reconocer que la decoración de este paraninfo es un poquito hortera y en él hay algo de apolillado y viejuno. Sobre todo si tenemos en cuenta que las pinturas del techo son contemporáneas de la obra de Picasso.

Yo creo que el estudio del pasado por el pasado no sólo no sirve para nada, lo cual no sería en sí mismo malo, porque lo que no sirve para nada es que es un lujo y todo el mundo quiere disfrutrar del lujo, sino que además es perverso cuando el pasado puede ahogar no sólo el presente, sino también el futuro. L a Historia o sirve para la vida, para vuestra vida, o no sirve para nada. La Historia, el pasado, será vuestro porque vosotros sois básicamente los depositarios del futuro.

Muchas veces os habrá tocado oir las viejas monsergas de que el pasado era mejor, de que le gente sabía más, que era más estudiosa, y que todo en él era como muy digno y muy solemne, y que el presente es peor porque los jóvenes, como decían los escribas egipcios, estudian menos, se esfuerzan poco, no respetan los viejos libros y practican diferentes tipos de vicios . Leed el contraste del poeta cómico griego Ar i stófanes entre la vieja y la nueva educación y vereis que estamos ante lo mismo. En la antigua educación los jóvenes eran fuertes, esforzados, valientes y virtuosos y físicamente estaban muy cachas, en la nueva son viciosos, charlatanes y además, dice Aristófanes , son delgaduchos y tienen el culo bajo.

Es casi lo mismo que se decía de los estudiantes cuando yo era joven: eran viciosos del sexo y pretendían alterar el orden establecido y trabajar menos, porque estaban muy ocupados todo el día en liberarse, lo cual sólo era cierto en muy pocos casos. Y es casi lo mismo que se dice de vosotros: que no sabeis lo duro que era el pasado, que ¡uf ! , teniais que haber ido a la mili, o correr delante de los míticos grises, lo que , por cierto, os puedo garantizar que era no un deporte de masas sino notoriamente minoritario, casi nunca practicado por quienes andan con el 68 en la boca y en nombre de él pretenden justificar la represión del presente.

Seamos claros, os ha caido la etiqueta de que sois la generación del botellón , y bueno, ¿y qué pasa? Primero habría que contar botellas, cosa que algunos profesores os han enseñado en las clases de metodología, entendiendo que esa es la misión básica del historiador, y no repetir los tópicos de siempre acerca de la decadencia.

Lo que los historiadores de profesión y las autoridades políticas y universitarias tendrían que hacer es dejar de contar botellas y preocuparse por vuestro futuro, además de corresponder a la confianza que vosotros y vuestros padres depositasteis algún día en esta institución, más preocupada por verse bella en el espejo, como la madrastra de Blancanieves, que por resolver los problemas reales de aquellos a los que tiene que servir y por quienes tiene que preocuparse.

Hay una estrofa de una canción de un grupo que yo no sé si ya está también fósil, y si es más apto para niñas adolescentes que para mí o para vosotros, pero que expresa una idea que me parece fundamental. El grupo es Maná y dice:

“Estoy clavado, estoy herido
estoy ahogado en un bar,
desesperado, en el olvido, amor,
estoy ahogado en un bar”

A mi me parece que describe bien vuestra situación, la de unas personas a las que parece que no se les quiere ofrecer ningún futuro digno, a las que la universidad les ofrece unos másters, cada vez más caros, que no sólo no dan casi ninguna formación, sino que no sirven de nada en el mercado y que están pensados más para que los profesores se sientan importantes impartiéndolos que para sus destinatarios. La de unos licenciados para los que cada vez se ofrece menos empleo público, y a los que el mercado, otra cosa que les encanta tener en la boca a los viejos supuestos líderes del 68, recompensa con sueldos de menos de mil euros.

Vuestra situación no parece en principio muy halagadora , porque nosotros , vuestros profesores , y quienes nos gobiernan a todos parecen haberos querido traicionar, y además, como buenos traidores, por encima aun pretenden justificarse. Pero no os desanimeis, vosotros teneis una gran ventaja, y es que no sólo estais vivos y coleando, sino que además sois los dueños del futuro. De un futuro que a lo mejor también os lleva a contemplar el pasado con melancolía, de un futuro en el que, a lo mejor y para vuestro regocijo, si consig u ieseis burlar los sofisticadís i mos sistemas de seguridad nocturna de este edificio, que seguro que estarían instalados por que serán carísimos, podría i s ver por la noche vagando por los claustros los fantasmas de los profesores muertos, unos fantasmas pálidos, harapientos y ojerosos, presos algunos de ellos de la nostalgia y sedientos de sangre porque ya no le pueden suspender a nadie la Historia Moderna.

Yo sólo quiero pediros un favor, y es que nunca renuncieis a nada y que sigais siempre contando las viejas historias: por eso os voy a contar una anécdota del Talmud.

“En un tiempo muy lejano un rabino quiso hacer un milagro. Fue a un determinado lugar, hizo un sacrificio, rezó una oración y se hizo el milagro.Una generación después otro rabino quiso hacer el milagro, fue a ese mismo sitio, pero ya no pudo hacer el sacrificio, sin embargo rezó la oración y se hizo el milagro. En la generación posterior otro rabino tambi é n quiso hacer de nuevo el milagro y volvió a ese mismo lugar, pero ni pudo hacer el sacrificio ni se acordó de la oración, y sin embargo se hizo el milagro.Vino una nueva generación y el siguiente rabino ya no pudo hacer el sacrificio, ni rezar la oración, ni tampoco sabía ya donde estaba ese lugar, pero nos contó esta historia y se hizo el milagro.”

Seguid siempre recordando, seguid recordando en el futuro, en vuestro futuro , y nadie os lo podrá robar.