El nuevo cortesano, o el arte de progresar en la Academia


El diálogo tiene lugar en el claustro de alguna universidad de la decadente España imperial.

Protagonistas:

Filodoro. Maestro en Artes.

Teódulo. Novicio meritorio.

 

Teódulo. Buenos días Maestro Filodoro, he llegado a la Corte guiado por el ansia de lograr el dominio de la antigua y la nueva sabiduría, gracias al estudio de los antiguos maestros y de sus grandes obras, y al esfuerzo y a la dedicación que fuere menester aplicar para el logro de este gran empeño.

Filodoro. Comparto Teódulo tu ansia y deseo por lograr el saber, pues todo saber al fin y cabo proviene de Dios y es precisamente gracias al dominio de todos los saberes como Nuestro Señor consigue conocer primero y luego controlar y dominar el universo mundo.

Teódulo. Pero Maestro, no me guía a mi un ansia, ni siquiera leve, de lograr dominio alguno, sino solo el desinteresado afán de obtener el placer que el conocimiento de la naturaleza de Dios Nuestro Señor y de sus obras en los reinos de este mundo suscita en nuestra alma, ese placer que solo ha de estar movido por lo que los antiguos maestros – que Ud. tan bien conoce – llamaron el amor Dei intellectualis.

Filodoro. Comprendo Teódulo tu afán por el saber pero para poder conseguir tan noble fin has de comenzar por aprender las más básicas reglas de la vida y la disciplina de los académicos claustros, ya que solo en ellos es donde puede resplandecer la luz de la verdad, que siempre ha de estar guiada por la recta regla de la autoridad, cuya aceptación y respeto ha de ser siempre el comienzo de todo clase de sabiduría.

Teódulo. Comprendo Maestro lo que bien decís, pues el vano orgullo y la humana insolencia no han de ser el faro y guía que deba conducirnos al encuentro de la divina sabiduría, pero me da la impresión, fruto quizás de mi inmadurez e impericia, que si lo que he aprender en el académico claustro no es más que la sumisión a la autoridad, más bien debería escoger la via de la humana milicia que la erudita república de los sabios.

Filodoro. Has de saber Teódulo que en este mundo no se han de hacer demasiadas sutiles distinciones, pues a veces en él todo se confunde, si no se dispone de las reglas justas para la dirección de nuestro ingenio, como te enseñaré a continuación, otorgándote así el placer de poder disfrutar de tu primera lección.

Teódulo. Ardo en deseos de escucharos, Maestro.

Filodoro. Verás, querido Teódulo, no puede sostenerse que la búsqueda de la verdad y la sumisión a la autoridad sean cosas opuestas, ni mucho menos contradictorias, sino que son en realidad la misma cosa.

Teódulo. Y ¿cómo es ello?

Filodoro. Pues verás Teódulo, hay dos fuentes diferentes de las que emana la verdad, la aceptación de la evidencia indiscutible que proviene de la observación de los propios hechos, o la sumisión a la sabiduría y la autoridad de aquellos que, o bien ya los observaron en el pasado, o bien reflexionaron mucho sobre ellos.

En ambos casos, conocer la verdad es someter a nuestra voluble e inconstante voluntad a la regla superior de una voluntad más general, que dimana de la propia naturaleza, que es obra de Dios, o del propio Dios, que nos la ha revelado a través de su palabra, palabra que solo podemos comprender gracias a las intepretaciones que de ella han hecho los Santos Padres y los Antiguos Sabios. Es por ello por lo que decimos en el académico claustro que el llamado argumentum ad baculum es la regla mas recta para lograr la verdad.

Teódulo. Pero, ¡oh maestro! si hallar la verdad no es nada más que someter nuestra frágil voluntad a la de un poder superior, ¿cómo podremos disfrutar del placer del conocer violando nuestra propia naturaleza? ¿Es que acaso el conocimiento de la verdad va contra el libre disfrute de nuestros humanos placeres?

Filodoro. Claro está, querido novicio, conocer es negar, es negarnos a nosotros mismos y renunciar a nuestros placeres más inmediatos, aplazándolos para un futuro remoto, el de la vida eterna, o próximo, el de nuestro porvenir como eruditos.

Teódulo. ¿Y en qué consiste ese próximo futuro?

Filodoro. Pues en el logro de la fama, la distinción y el poder en el claustro, que es lo que más puede asemejarnos humildemente a Dios, en cuanto que seamos reconocidos y admirados por los demás miembros de nuestros claustros y los de las académicas repúblicas de los sabios.

Teódulo. Pero maestro, ¿no sería acaso ello dar pábulo a la más humana vanidad?

Filodoro. En modo alguno, querido niño, ¿o es que acaso pretendes afirmar que Dios es vanidoso cuando en las Sagradas Escrituras señala insistentemente: “no reconocerás a otro Dios que a mí”, o “yo soy tu Dios”?

Teódulo. Pero es que solo Dios es Dios.

Filodoro. Claro está, pero ¿es malo que los humanos pretendamos imitarlo y dejemos de buscar en nosotros mismos esa pequeña chispa divina que Él ha depositado en nosotros?

Teódulo. No, claro que no.

Filodoro. Y ¿no es cierto que Dios reconoce que Él todo lo ve y todo lo sabe, que Él está en todas partes y conoce el pasado el presente y el futuro y hasta nuestros más ocultos pensamientos?

Teódulo. Sí, por supuesto.

Filodoro. Luego Dios es el primer admirador de sus propios méritos y de sus propias obras, a lo que nosotros en nuestros claustros llamamos curriculum. La única diferencia es que su curriculum es perfecto, eterno y solo plenamente apreciable por Él mismo, mientras que nuestro curriculum es meramente humano y hemos de desarrollarlo en nuestra vida y es por eso que lo llamamos curriculum vitae.

Teódulo. ¿Tiene algo que ver, ¡oh maestro! ese largo recorrido por la vida terrestre con lo que llamaron los Antiguos Maestros itinerarium mentis ad Deum?

Filodoro. Claro está, ingenuo aprendiz, es lo mismo. Pero tu deberías darte cuenta de que no puede darse un camino de la mente hacia Dios si no lo compartes con los demás hombres. Y por ello que a ese viejo itinerarium ahora lo llamamos curriculum.

Teódulo. O sea, que podría decirse que mi curriculum es aquello que los demás creen que yo sé, o conozco, y no lo que yo conozco.

Filodoro. Pues claro, querido niño.

Teódulo. Pero entonces, si ello fuese así, sería cierto que la apariencia sería más importante que le esencia, lo que metafísicamente no es posible, ya que la apariencia dimana de la propia esencia.

Filodoro. Eso sería así si pudiésemos conocer las esencias, tal y como son, pero ello solo es posible con la visión beatífica, que no nos es dada en este mundo. Por lo que paradójicamente podríamos afirmar que, ya que el mundo solo es para nosotros una apariencia, lo único importante es la apariencia.

Teódulo. ¿Y también consecuentemente aparentar?

Filodoro. Claro, pues de no hacerlo, pretenderíamos violentar nuestra propia naturaleza, hacernos semejantes a Dios y cometeríamos así un gravísimo pecado de orgullo.

Teódulo. Un orgullo quizás recalcitrante si nos llevase a no reconocer a nuestros maestros, es decir, a todos aquellos que en los pasados siglos conocieron las apariencias y el arte de exponerlas.

Filodoro. Veo que ya comienzas a aprender.

Teódulo. Pero, si solo puedo conocer las apariencias y he de someterme a la voluntad de sus más expertos conocedores, o sea, quienes mejor aparentaron las apariencias, ¿acaso no acabaré convirtiéndome en maestro del fingimiento?

Filodoro.  Efectivamente

Teódulo. Y, dado que no podrá otorgarme ello ningún saber, ¿acaso podría o darme algún placer?

Filodoro. Claro, el placer de someter a los demás a tu autoridad.

Teódulo. Pero entonces mi placer solo puede derivar de su dolor, pues placer y dolor son términos contradictorios.

Filodoro. Por supuesto, piensa que ya Tomás de Aquino nos explicó que el mayor placer que nos ha de proporcionar la vida eterna no ha de ser el de ver directamente a Dios, pues ello nunca será posible, al ser nuestra mente finita, sino ver cómo sufren los que estarán eternamente en el Infierno.

Teódulo. Pero, ¿no sería ello contrario a la caridad e incluso similar a la crueldad vesánica?

Filodoro. En modo alguno, ya que en el Cielo no puede haber nada malo, y consecuentemente no puede en él practicarse ningún vicio.

Teódulo. Luego el sadismo eterno es loable.

Filodoro. Claro está, puesto que si no lo practicasémos en la vida futura seríamos comprensivos con el mal, y por lo tanto malos.

Teódulo. O sea, que ser bueno es ser eternamente malo.

Filodoro. Podría decirse así, sí, por parte de aquellos ingenuos que no tengan el suficiente conocimiento.

Teódulo. Entonces lo que yo he de aprender será ante todo a someterme a la autoridad para luego, a mi vez poder imponerme sobre los más débiles y hacerlos sufrir.

Filodoro. No se puede decir tan crudamente, ya que no te impondrás a los demás por mero capricho, sino por tu saber, al ser tu alma racional en mayor grado que la de ellos. Por lo que podría afirmarse, siguiendo la autoridad de Aristóteles, que tu autoridad sobre ellos solo redundará en su propio beneficio.

Teódulo. Claro, porque yo sabré mejor cómo son ellos que lo que ellos mismos lo podrán nunca saber.

Filodoro. Naturalmente.

Teódulo. Pero, ¿cómo será ello posible si yo solo puedo conocer las apariencias?

Filodoro. Pues porque nuestra vida en esta tierra no es más que una mera apariencia y una auténtica representación teatral en la que cada cual ha de representar su papel.

Teódulo. Luego todos somos actores o comediantes y debemos fingir.

Filodoro. Por supuesto. Si un actor no finge y se cree que es, por ejemplo, Julio César, no es un actor, sino un loco. El verdadero actor es un fingidor que siempre debe saber que finge y nunca creerse lo que está fingiendo.

Teódulo. Parece un poco triste, pero claro, es cierto. ¿Podría decirse que también Jesús fingió ser un hombre en este mundo?

Filodoro. Claro está, porque continuó siendo Dios. Él solo vino a representar su papel en el drama de la salvación y cuando lo remató se fue de nuevo al Cielo.

Teódulo. Seamos consecuentes, pues. ¿Qué he de hacer para prosperar en el claustro a costa de los demás y dominando solo las apariencias?

Filodoro. Te lo explicaré de la mejor forma, o sea, con una serie de sentencias, tal y como hizo Pedro Lombardo en su libro tan citado y comentado.

Subióse Filodoro al púlpito desde el que dictaba sus lecciones y sentóse Téodulo en un banco, tomando nota palabra por palabra, tal y como se hacía en las antiguas universidades, de las sentencias de su maestro. Y según las iba copiando no dejaba de admirar cada vez más su agudeza, su sabiduría, la precisión de sus palabras y la asombrosa finura de cada uno de sus conceptos, que iban manando del flujo de los conceptos anteriores y dando origen a los que les iban sucediendo en su discurso.

Quedó recogida esta célebre lectio divina en un pergamino que Teódulo conservó toda su vida en su celda, no dejando nunca de reflexionar sobre cada una de sus palabras.

Esta fue la lección de Fildoro:

 

REGLAS PARA LA DIRECCIÓN DEL ACADÉMICO ESPÍRITU

 

Regla primera: antepón tu interés a todo y al de todos, pues solo así podrás desarrollar tu curriculum vitae. Pero no lo hagas por mera vanidad sino movido por la sincera búsqueda de la más superficiales apariencias.

Corolario a la regla primera. Pues si todo lo que se puede conocer es una mera apariencia, se deduce que una apariencia aparente es mejor que una apariencia profunda. Ya que si la apariencia fuese profunda no sería tan aparente y al dejar de ser aparente vendría a ser consecuentemente una apariencia falsa.

 

Regla segunda: no aceptes apariencia alguna que no sea reconocida por los demás, pues si lo haces, o bien te enfrentarás a la autoridad del saber – que es solo apariencia – o bien no conseguirás que los demás crean en la nueva apariencia que tu descubras.

Corolario a la regla segunda: ello es así porque solo del consensu omnium deriva el saber y el reconocimiento – de los de arriba y de los de abajo. Y dado que una apariencia no es apariencia si no es compartida, conocer las apariencias es lo mismo que reconocer la autoridad. Y como toda autoridad deriva del pasado, aunque solo en el presente se ejerce in actu, de ello se deduce que solo aceptando el saber y la autoridad del pasado podremos desde el presente concebir la autoridad  que será activa en el futuro.

 

Regla tercera: busca el placer en el hallazgo de las apariencias.

Cuando lo halles, intenta lograr que los demás las conozcan también, compartiendo contigo tu placer, de modo tal que reconozcan tu autoridad como descubridor. Y avanza siempre con firme paso en este recto camino.

Y piensa que, si el bien consiste en el conocimiento de las apariencias aparentes y en el reconocimiento de los que conocen la apariencia de las apariencias aparentes, de ello ha de dimanar espontáneamente un placer natural, llamado libido sciendi.

Corolario a la regla tercera: a)- todas las obras de Dios son buenas dentro del orden de la naturaleza y el respeto de su voluntad.

b)- conocer la naturaleza en sus apariencias forma parte del plan providencial de Dios, pues es Él quien más sabe. Y dado que conocer es bueno y el dolor es malo, consecuentemente el conocer ha de proporcionarnos placer.

c)- y, puesto que por naturaleza solo podemos conocer las apariencias, si somos reconocidos por los demás, negarnos a disfrutar de este placer de ser reconocidos o admirados es un acto antinatural, egoista y contrario a la voluntad de Dios.

 

Regla cuarta: has de buscar todos los bienes de este mundo, según su jerarquía, puesto que todo lo que Dios ha creado es bueno.

Pero esos bienes ha de estar subordinados a la búsqueda del conocimiento de las apariencias, que solo es posible en la comunidad del académico claustro. Por ello es por lo que quienes lo buscan con afán han de ser sufragados en sus necesidades, lo que deberán hacer aquellas otras personas cuya vida ha de estar dedicada a las diferentes clases de labores, y que por ello son siempre ignorantes.

Coralorio a la regla cuarta: a)- todo lo que existe, excepto Dios, es condicionado por algo. Consecuentemente la sabiduría de las apariencias solo puede existir si existe un condicionante diferente a ella misma, que sea a la vez su causa.

b)- dado que la sabiduría no puede ser engendrada por sí misma, consecuentemente podríamos afirmar que la sabiduría de las apariencias existe gracias a la ignorancia. Ya que si no existiese la ignorancia no podríamos diferenciar lo que sabemos de lo que ignoramos.

c)- consecuentemente será necesario que existan los ignorantes para que puedan también existir los sabios. Y los ignorantes han de continuar siendo siempre ignorantes, ya que de lo contrario serían sabios, y ello supondría contradicción en los términos.

d)- será pues la misión de los que saben hacer que los ignorantes sigan siendo ignorantes de modo continuo y creciente, pues solo así ellos podrán incrementar su sabiduría.

 

Regla quinta: puesto que existe una jerarquía en la naturaleza, a la que llamamos la gran cadena del ser, y que va de las piedras hasta Dios, debe haber pues bienes superiores e inferiores.

El superior de todos los bienes es la sabiduría y corresponde a Dios. Por ello es justo en la tierra que todos los bienes y todas las personas contribuyan a favorecer el orden que sitúa en su cumbre a los que más saben. Pero como en este mundo solo se pueden conocer las apariencias, los que conocen las apariencias en la tierra deben poseer la mayor parte de los bienes terrenales, derivándose ello del principio de la jerarquía ascendente en la gran cadena del ser.

Corolario a la regla quinta: a)- si ello no fuese así se alteraría el orden de la creación. En ese orden el que manda debe ser obedecido por los que reciben las órdenes, porque si no no podría mandar nada y eso sería una contradicción en los términos, es por eso por lo que unos pocos deben mandar y los demás obedecer.

b) Pero para dar órdenes es necesario saber. Y como todo el saber no son más que apariencias, son los que conocen las apariencias los que han de dar las órdenes verdaderas.

c)- como, a su vez, los que conocen las apariencias las conocen porque sus apariencias son reconocidas por otros, serán aquellos que mejor finjan y conozcan las apariencias más aparentes los que tendrán derecho a gobernar a los demás ignorantes, en beneficio de su propia naturaleza, incapaz de lograr el conocimiento de la apariencia de las apariencias aparentes.

 

Regla sexta: no aspires a enseñar a los que, por estar fuera de los claustros no pueden saber, sino a ayudarles de acuerdo con su naturaleza  haciendo que te otorguen parte de sus bienes, pues ello forma parte del plan providencial.

Corolario a la regla sexta: a)- ello es así porque los ignorantes, al serlo, no pueden saber que ignoran, y consecuentemente no pueden ser capaces de aprender nada.

b)- no obstante, aunque no puedan poseer el supremo bien, sí pueden tener otros, pero no pueden hacer buen uso de ellos a causa de su ignorancia.

c)- consecuentemente su única forma de participar, aunque fuese de una forma lejana, del terrenal saber de las apariencias, será entregar sus bienes a beneficio de los que saben, quienes, al aceptarlos, los acercarán así Dios, por ser éste el único modo en el que los que no saben podrán disfrutar de la sabiduría.

 

Son estas, querido Teódulo, las reglas de orden general por las que has de regir tu mente.

Teódulo. Podrían parecer contradictorias pero son veraderamente sorprendentes metafísicamente hablando. Pero, ¿además de guiar mi espíritu, también han de guiar mi conducta, ya no con los ignorantes, cuya ignorancia me esforzaré en fomentar de forma acendrada para cumplir mis deberes, sino también con mis compañeros de los académicos claustros y las repúblicas de las letras y la erudición?

Filodoro. Por supuesto, si así no lo hicieres incurrirías no solo en contradicción lógica, sino en pecado mortal, por no someter tus deseos a los principios superiores del pensamiento que han de guiar tu conducta.

No obstante soy consciente de que la dificultad de mi argumentación puede hacer difícil su compresión para aquellas mentes metafísicamente poco avezadas. Por ello redactaré para ti y para enseñanza de los aspirantes futuros a la sabiduría unas tablas de la ley que han de guiar la conducta humana en el futuro. Y estas pétreas tablas de la ley han de estar a partir de ahora siempre expuestas en lugares muy visibles de los académicos claustros.

 

MANDAMIENTOS SUPERIORES DE LA VIDA ACADÉMICA

 

Primer mandamiento

Haz a los demás lo que no desearías que te hiciesen a ti. Puesto que, si actuases de otro modo, podría darse el caso de que todos llegasen a ser iguales, desapareciendo así la jerarquía y con ella el conocimiento de las apariencias.

 

Segundo mandamiento

No digas munca lo que piensas, pues ello sería vanidad. Ya que de ser así pretenderías afirmar que el conocimiento corresponde a la esencia y no a la apariencia.

 

Tercer mandamiento

Utiliza a los demás como medios para el logro de tus fines. Ya que, al no poder conocerse más que las apariencias, si supusieses que los demás también pueden pretender lograr un fin tan legítimo como el tuyo, pretenderías estar conociendo su verdadera naturaleza, lo que es imposible, además de vano.

 

Cuarto mandamiento

Acepta lo que pueda perjudicarte en un momento si puedes convertirlo en beneficio tuyo en el futuro. Es decir, sométete a la autoridad cuando veas que te conviene.

Quinto mandamiento

Haz sufrir a los demás en el futuro el sufrimiento que tu has tenido en el pasado. Pues así actuarás en su propio beneficio, poniéndolos en el verdadero camino de la búsqueda de las apariencias, el reconocimiento y la autoridad.

 

Sexto mandamiento

 No desprecies los bienes conseguidos a costa de los ignorantes, ya que así contribuyes a su propio beneficio. En efecto, como no puede haber un bien malo, ya que ello sería una contradicción en los términos, el desprecio de algún bien es en sí mismo perverso. Y dado que los ignorantes nunca pueden conocer su uso, utilizándolos tu contribuirás a hacerlos partícipes del recto orden de la creación.

 

Séptimo mandamiento

Piensa siempre que cualquier medio es bueno para lograr un fin, si ese fin es el tuyo en el desarrollo de tu curriculum vitae. Ello será así si ese curriculum sigue su natural camino de búsqueda de las apariencias e incremento de tu autoridad y tus riquezas.

 

Octavo mandamiento

Dedica toda tu inteligencia al cálculo y estudio de las apariencias de la vida claustral, pues es de tu integración en ella de donde derivará toda tu sabiduría.

 

Noveno mandamiento

No cumplas nunca tus promesas ni respetes la palabra dada, pues si así lo hicieses incurrirías en el pecado de vanidad. Lógicamente, al considerar que esas promesas eran verdaderas y algo más que una mera apariencia.

 

Décimo mandamiento

Considera siempre que solo tu y tus intereses son lo más importante para el bien de la comunidad y subordina a ello todos tus pensamientos, intenciones y acciones.

 

Filodoro. Esta ha sido pues, querido Teódulo, la primera lección que has de aprender en la vida académica.

Teódulo. ¡Y qué magistral lección!

Filodoro. Espero que con ella inicies tu andar por la senda de la sabiduría que nos ha de conducir a todos nosotros sin duda alguna a la vida eterna.

Teódulo. Pues claro, ya que he tomado buena nota de todo y he decidido aplicar todos tus principios consecuentemente.

 

Al caer la noche, cuando la luz de la Luna iluminaba las grises paredes del académico claustro, todos los novicios y profesores se retiraron a sus celdas. Envueltos en sus mantas y bien arropados para defenderse del frío y la humedad que emanaban las vetustas piedras de su morada, cada uno de ellos comenzó a hacer un esfuerzo para poder conciliar el sueño.

Uno de ellos repasaba mentalmente todos los teoremas de Euclides hasta que las líneas de sus figuras se le iban haciendo cada vez más borrosas y el sueño envolvía sus ojos, otro conjugaba los verbos griegos irregulares, mientras quizás alguno más fuese repitiendo de memoria los artículos del Digesto.

 

EL SUEÑO DE TEÓDULO

 

Teódulo se quedó ese día dormido al instante y pronto comenzó a soñar que se le aparecía un pequeño coro de ángeles vestidos de blanco, de cabellos rubios y que llevaban ceñidas en sus cabezas guirnaldas de flores, de modo tal que más se parecían a las Ninfas, Náyades o Nereidas de las que hablaban los poetas de la gentilidad que a las potestades celestiales, tal y como las podemos conocer.

Levantaron a Teódulo de su lecho y lo ayudaron a subir por una gran escalera de mármol blanco, llegando a una gran antesala en la que celebraban un banquete, mientras escuchaban música, una serie de célebres personajes que en el pasado habían sido reyes, emperadores, papas, y que habían desempeñado con sabiduría las artes del buen gobierno.

Conversaba allí Edipo de Tebas, que había accedido al trono al matar justamente a su padre en un cruce de caminos, movido por la justa indignación que siempre suscitan en todos nosotros los accidentes de tráfico de los que no somos culpables, con Rómulo, fundador de la ciudad eterna. Señalaba Edipo que quizás el error de su vida hubiese sido el casarse, sin saberlo, con su madre, movido por esa extraña atracción hacia las mujeres maduras que él no lograba comprender. Mientras, le indicaba Rómulo que él había tenido que matar a su hermano Remo para evitar un conflicto en la sucesión al trono de Roma.

Ambos se sentían a gusto, pues estaban muy bien acompañados por el dios Crono, que había castrado a su padre Urano para poder gobernar el reino de los cielos; por Zeus, que había mandado a su padre al destierro para evitar que siguiese teniendo la manía de comerse a sus hijos. Y por otros tantos reyes y emperadores, como Sargón de Acad, Calígula, Nerón, que para conseguir el justo fin de hacerse con el poder y mantenerse en él habían tenido que utilizar medios de diferentes tipos.

A todos ellos les estaba dando clase Maquiavelo, que siempre iba a su aula vestido de romano, no solo para parecer más antiguo, sino también más sabio, y que no dejaba de ilustrar con cientos de ejemplos del pasado su idea de que todo el mundo quiere el poder, quiere conseguir el poder, aumentarlo y mantenerlo, y que para ello se deben utilizar todo tipo de medios.

Hubo en el sueño de Teódulo tantos personajes que la noche se le pasó volando. Se despertó muy descansado y por eso al día siguiente se acostó muy tarde. Se dice que alguien lo vió moverse de noche entre las sombras del claustro. Puede ser; al fin, volvió a su celda. Y tras despertarse a la mañana siguiente oyó gritos en su colegio, unos gritos que anunciaban que alguien había asfixiado esa noche al Deán Filodoro con su propia almohada, por lo que habría que elegir un sucesor.

Téodulo, depositario de la sabiduría de Filodoro, comenzó a pensar que por tener en sus manos el pergamino de la lección magistral, y gracias al sueño que había tenido la noche anterior a la muerte del Deán, él debería ser su sucesor.

Para conseguir su justo fin comenzó a establecer sus redes de influencia con algunos profesores y novicios, convenciéndolos de su candidatura, gracias a sus ofrecimientos de honores, beneficios y otros bienes de diferentes tipos. Pero sobre todo cuando les narró su sueño, que sin duda se interpretó como un posible signo de su designación divina.

Pasaron así unos días, y con ellos sus noches; en una de ellas Teódulo volvió a tener otro sueño, en el que continuó subiendo por la misma escalera de blanco mármol y pudo de nuevo disfrutar de la sabiduría de antiguos perosnajes de la literatura pagana, que le fueron explicando cómo habían ido eliminando a sus parientes, a sus hijos, sus suegros y a sus yernos. Allí estaban  Teseo, rey de Atenas, Medo, Anfión, Jasón, Tereo y Tiestes, todos ellos personajes de gran prestigio literario con los que algunos italianos de la familia Borgia conversaban acerca de las propiedades de algunas plantas.

Guiado por este sueño, y una vez que hubo desaparecido misteriosamente el cadáver de Filodoro – alguien comentó que quizás el aspirante Teódulo hubiera podido tener algún interés en ello-, Téodulo decidió que, una vez elegido, no cumpliría ninguna de las promesas que le había hecho a los que lo hubiesen promovido para su cargo.

Volvía soñar cada noche, seguía subiendo escaleras y observando cada vez más y mejores ejemplos de la pasada historia, sagrada y profana. Al despertar otro día, tras haber tenido una conversación con Odiseo y el rey Néstor, que le contaron sus hazañas: capturando esclavas, ganado, trípodes de bronce, y joyas de oro, a la vez que le indicaban, sobre todo Odiseo, cómo en su camino de vuelta a casa para recuperar su reino, es decir en su curriculum vitae, había mentido al Cíclope Polifemo, habiéndolo dejado ciego, y engañado a las diosas Circe y Calipso, concluyó Téodulo que debía deshacerse de sus compañeros y aliados claustrales.

Siendo consciente, de acuerdo con la lección magistral de Filodoro, de que todos los bienes son buenos, ya que por eso se llaman bienes – si no se llamarían males – decidió Teódulo buscar aliados fuera del claustro. Unos aliados que fuesen fieles a sus principios y antepusiesen siempre su interés al de los demás, que utilizasen a los demás como medios para sus fines, pero eso sí ,respetando siempre la jerarquía marcada por la gran y ascendente cadena del ser, por la que Téodulo creía ir ascendiendo en la escalera de su sueño

Fue así como los contrabandistas de su ciudad – en aquella España de fines del siglo XVII- comenzaron a ser sus más fieles aliados a la hora de fomentar las virtudes del comercio, base de la verdadera civilización. Con ellos fueron un día a reunirse en un banquete los profesores y novicios que habían promovido a Teódulo, y (nadie llegó nunca a saber por qué), ese mismo día desaparecieron para siempre.

Y como el servicio de las letras y el servicio del comercio no es posible sin el servicio de las armas, Teódulo favoreció en extremo, en orden a la consecución de sus justos fines, a los mercenarios de distintas partes de Europa que pululaban por el reino, redimiendo a algunos criminales cautivos, gracias al noble servicio de las mismas armas. Y, naturalmente, puesto que, como se solía decir: “los nervios de las batallas son dineros”, buena parte de las académicas rentas fueron destinadas al recto fin del mantenimiento del orden civil, labor imposible sin el uso de la fuerza. Un uso del que derivan toda clase de beneficios y que también ha de permitir el moderado uso del placer que a mercenarios, bandoleros y contrabandistas, y a buena parte de los hombres en general proporciona el llamado mundo de la mala vida.

Como en la España de su tiempo las mujeres que desempeñaban sus menesteres en ese mundo eran guiadas por la Iglesia, que luego las conducía hacia el camino de la salvación, de acuerdo con el ejemplo de María Magdalena, Teódulo decidió completar la labor de su gobierno integrando en el mundo de la vida académica, para beneficio de esas mismas mujeres, a aquellas que ejercían su oficio de modo más excelente. Se dio a su vez cuenta de que lo mismo que ellas hacían lo habían hecho también las grandes princesas, cortesanas y amantes de los dioses del Olimpo, con las que una noche conversó en el último de sus sueños, cuando alcanzó la terraza a la que por fin conducía aquella blanca escalera.

De este modo Teódulo se hizo dueño de su universidad y llegó a ser famoso en España por su sabiduría, su riqueza y su prestigio, pues gracias a sus conocimientos de las leyes, al soborno continuado de jueces y magistrados, a la colaboración de la Inquisición, y de todos aquellos que ejercen las profesiones sobre las que se ha de asentar el buen orden social, llegó a gobernar a toda su ciudad de modo tan sabio que, persiguiendo siempre y ante todo sus intereses, hizo florecer el bien común en el mismo momento en el que el Imperio Español estaba comenzando a derrumbarse.