Archivo por meses: abril 2012

La culpa colectiva de la Universidad española

 

“Se encontraron las tinieblas

y fueron a tientas al mediodía

como si fuese de noche”

Job, V, 14.

 

En la España que ve asomarse con temor el final del año 2011 nadie parece ser capaz, o no quiere, juzgarse a sí mismo o a sus conciudadanos de acuerdo con criterios morales, y ello a pesar de que en lenguaje imperante de la corrección política, compartido por empresas, instituciones públicas y partidos, no deja de apelarse constantemente a los códigos éticos y de buenas prácticas de todo tipo, unos códigos de los que todo el mundo habla y en los que parece que nadie en realidad cree.

Y es que, en realidad, parece ser un sentimiento socialmente compartido que todo el mundo actúa persiguiendo sus propios intereses en un juego en el todo puede llegar a valer como estrategia, en el que todo se puede manipular a la hora de hablar para justificar cualquier postura, y en el que parecen haber desaparecido los hechos, puesto que, en nombre de unos principios supuestamente democráticos, se sostiene la idea de que todo el mundo tiene derecho a opinar lo que quiera de todo lo que desee, porque todas las opinones son sagradas e igual de respetables, no existiendo en realidad los hechos, ya que todo puede interpretarse de mil maneras distintas. No deja de ser curioso que, en un país en el que los medios de comunicación son cada vez menos libres y están cada vez mas condicionados por los intereses económicos y la sumisión a los poderes políticos, se quiera dar la impresión de que todo el mundo tiene acceso a una esfera de la opinión que en realidad ha dejado ya de existir, asfixiada por los lemas vacíos de los partidos políticos, los sofismas baratos de decenas de tertulianos y supuestos analistas que copan con éxito todos los medios de comunicación, dejando la verdad, la realidad y los hechos ocultos bajo la espesa capa del silencio.

Decía Thomas Jefferson en una carta a Edward Carrington del día 10 de enero de 1787: “si me dieran a elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un instante en escoger lo segundo” (Gardner, 2011, p. 51). Tenía razón, pero al contrario que en su época lo que ahora ocurre en España y sus universidades es que los gobienos y los períodicos son lo mismo, puesto que quienes ejercen el poder no sólo consiguen constantemente ahogar la opinión, sino ocultar la verdad.

En las universidades españolas del crepúsculo del año 2011 podríamos decir que son ciertas dos célebres frases: la del Qohelet, (9, 10), cuando este sabio judío afirmaba que “mucha sabiduría conlleva mucha aflicción y quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor”, y la de un mujer judía alemana de fines del siglo XVIII, Rahel Varnhagen, que decía que: “la verdad es muy dificil de encontrar y además hay que ocultarla (Arendt, 2000).

Hoy, día 24 de noviembre del año 2011, se publica en la prensa una sorprendente noticia. En Afganistán, una mujer violada por un hombre casado es juzgada y acusada de adulterio, aunque puede redimir su pena casándose con su violador. Está claro que esta sentencia es una auténtica burla al derecho y a la dignidad humana, pero por desgracia el modo de razonar en que se basa es absolutamente habitual en nuestra sociedad y en nuestras instituciones. España no es Afganistán, a pesar de que, según se dice, sus tropas junto con muchas otras han conseguido instaurar allí una democracia y salvaguardar la libertad y los derechos humanos. En España no podría pasar esto porque difícilmente lo toleraría la opinión pública, a pesar de estar acostumbrada a escuchar algunas sorprendentes sentencias judiciales. Pero en España, en sus debates políticos, en sus medios de comunicación y en muchas de sus instituciones a veces se razona formalmente también así.

Si una mujer que se acuesta con un hombre casado es una adúltera, nuestra víctima lo es, claro está, si prescindimos de los hechos y las circunstancias y obviamos la violación, pero como la ley es la ley, si quiero puedo aplicarla utilizando una verdad a medias, porque así me conviene. En las formas actuales de la argumentación pública los hechos se utilizan parcialmente, de forma artera, cambiándose los argumentos en cada caso. Lo que vale para uno no vale para otro. Lo que dice un político sobre el mismo hecho cambia según esté en el gobierno o en la oposición y todo es revisable, opinable y manipulable, porque parece haber desaparecido el respeto a la verdad y todo parece haberse convertido en una ficción, en la que nadie es responsable de nada.

 Decía Fréderic Bastiat que “el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo” (“L’État”, en Journal des Débats, 25-IX-1848, p.3 9). Si era verdad en su época, cuando el Estado era muy pequeño en poder económico y político, ahora lo es aun mucho más en todas y cada una de sus partes. Y es que es un sentimiento compartido en España que todo se puede conseguir del Estado, siendo los destinaratarios de sus beneficios los partidos políticos los empresarios y en menor medida los ciudadanos, a los que no deja nunca de recordárseles que están viviendo gracias al Estado del bienestar.

La política y las instituciones públicas españolas parecen ser sólo un campo de juego en el que sobreviven mucho mejor los tahures ventajistas, ya sean grandes o pequeños banqueros, empresarios pillados o no in fraganti en redes de corrupción, o simples maquiavelitos provinciales, locales o institucionales, cuyo mayor timbre de gloria es ser capaces de agotar toda su inteligencia en el tejido y destejido de redes y tramas económicas o institucionales de todo tipo.

En este mundo sobreviven los que se creen mejores por ser más capaces de maniobrar, y el único patrón moral que comparten es el logro de su éxito, ya que todos ellos se creen plenamente legitimados para moverse en un tablero de juego en el que ya nadie es responsable de los fracasos ni de los daños causados a los demás o a las instituciones públicas, puesto que los beneficios que cada cual se apunta siempre serán privados: sólo los daños son públicos y compartidos.

En la moral y el derecho son esenciales las nociones de responsabilidad y la de culpa. La responsabilidad y la culpa son básicamente individuales, pero pueden darse casos en los que surja una auténtica culpa colectiva, como cuando toda una nación o una sociedad, con su silencio, su cobardía y su complicidad facilita que se cometa un crimen de grandes dimensiones y consecuencias irreparables. Este fue el caso del Holocausto, tal y como señaló el filósofo alemán Karl Jaspers (Jaspers, 1947), quien acuñó el concepto de Schuldfrage o culpa colectiva del pueblo alemán, de sus jueces, militares, policías, médicos, empresarios, profesores y muchos ciudadanos de a pie que ampararon con su complicidad y su silencio, e incluso jusitificaron y negaron, una catástrofe de la que fueron espectadores y cómplices.

España no es Afganistán, y en ella no se está practicando un genocidio, claro está, pero sí que se está viviendo una gran crisis económica, social e institucional, una crisis en la que el primer muerto ha sido la verdad, de la que hasta ahora se decía que era la primera baja que se producía cuando estallaba una guerra real.

Y esa verdad desaparecida en el fragor de la crisis y silenciada por todos ha caido hace años en primera línea también en la universidad española, lo cual sería lógico si consideramos que no es más que un parte de la sociedad. Sin embargo, este caso es mucho más grave si tenemos en cuenta que en las universidades la verdad debe buscarse y enseñarse. Y aunque sin duda muchos siguen haciendo esto en su trabajo a nivel individual, sin embargo parece haberse dejado de hacer a nivel colectivo, es decir, en lo que se refiere a los discursos públicos que las universidades y sus gobernantes ofrecen sobre sí mismos.

La pérdida del respeto a la verdad, omnipreseente en el discurso que la universidad ofrece sobre sí misma, va a la par de la idea de que en las universidades no hay ninguna responsabilidad institucional, ningún inocente y ningún culpable. Sus supuestos éxitos se exhiben al público con técnicas de marketing de vendedor de feria, sus fracasos se ocultan o se atribuyen a los demás: a los políticos, si son del partido contrario, a la economía, a la falta de interés de los estudiantes, a la incomprensión de la sociedad, etc.

En la universidad nadie es responsable de ningún fracaso. Si un rector deja su universidad endeudada hasta las orejas, la culpa será de un sistema de financiación insuficiente – cosa que ocurre en general a todos los endeudados, ya que sus gastos son mayores que sus ingresos -, pero los endeudados normales acaban viviendo en la calle, las empresas endeudadas van a la quiebra y sus trabajadores al paro. Sólo las universidades endeudadas en España pueden seguir proclamando en sus balances contables su absoluta falta de responsabilidad, pues sus rectores saben que sus sueldos seguirán asegurados y sus funcionarios – de momento- no van a ser despedidos.

La ausencia de responsabilidad y consecuentemente de culpa de quienes vienen gobernando las universidades españolas en las últimas décadas es más fácil de comprender si tenemos en cuenta que no son responsables de sus actos en el terreno económico, como ocurriría si dirigiesen empresas y las llevasen a la quiebra. Las universidades se rigen por el derecho administrativo, que cubre las responsabilidad personal en el ejercicio de la función pública, lógicamente excepto en los casos en los que se incurra en responsabilidad penal o en falta disciplinaria. Y como los rectores españoles – de acuerdo con la ley – son las más altas autoridades sancionadoras en el campo disciplinario de sus propias universidades, siendo sus resoluciones solo recurribles en la juridiscción contencioso-administrativa, consecuentemente disfrutan de un gran margen de inmunidad, lo que explica la libertad que a veces pueden tomarse en el ejercicio de sus cargos, justificándose a veces todo lo que creen que pueden hacer en nombre de la autonomía univeristaria (un derecho constitucional que debería amparar a las universidades frente a un control ideológico que curiosamente sus propios gobernantes intentan implantar cada vez más).

La sensación de impunidad que se vive en la universidad española es meramente subjetiva, porque en España sí que existe un estado de derecho que regula el ejercicio de la responsabilidad pública y privada cuando es sabido y llega a hacerse público el incumplimiento de las leyes. Con el fin de intentar evitar que esto llegue a producirse, quienes gobiernan intentan desesperadamente controlar la opinión pública en el seno de sus instituciones, e influir además en la opinión pública general a través de los políticos. En esta labor nuestros gobernantes académicos han sido unos auténticos maestros, intentando convencer a la sociedad española de que sin las universidades, tal y como ellos las conciben, el país entero se hundirá, razón por la cual se merecen continuar siendo financiados del mismo modo en un época de crisis global que en una de abundancia, lo que lleva a que reclamen que se amorticen sus cuantiosas deudas a costa de las arcas públicas.

Dicen nuestros rectores que las universidades crean el conocimiento y que el conocimiento es riqueza, por lo cual hay que poner en sus manos cada vez una riqueza mayor, ya que en manos de estos supuestos reyes Midas todo lo que toquen se convertirá en oro. Sin embargo ocultan, a pesar de que lo saben, pues son personas cultas, inteligentes y bien formadas – o al menos deberían serlo -, que eso que ellos tan machaconamente afirman no es verdad en modo alguno.

En contra de lo que parecen querer decir, se puede afirmar que no hay una clase de conocimiento – siempre convertible en dinero -, sino muchas, y un descubrimiento científico sólo creará riqueza si pasa a formar de un proceso productivo en el que alguien consigue que ese conocimiento con alguna aplicación técnica concreta funcione como parte de un capital empresarial. Pero para que eso sea cierto el conocimiento se tiene que convertir primero en propiedad de alguien, que será quien legitimamente obtenga beneficios de él. Y los propietarios de las empresas, en nuestro mundo, no son las comunidades académicas ni la sociedad en general, sino los empresarios, razón por la cual nuestras autoridades académicas los admiran cada vez más, aspirando en algunos casos a convertise en uno de ellos, pero eso sí, sin dejar el seguro castillo de la función pública, desde el que predican sus alabanzas a favor del mercado libre y la empresa privada.

Las universidades españolas no sólo no crean riqueza, sino que básicamente la consumen, consumen la renta del Estado, y parecen creer que al Estado todo el mundo le puede dar, continua y legalmente, sablazos, aunque sólo muy pocos puedan hacerlo a gran escala. Las universidades españolas triplicaron su financiación para la investigación en el mismo periodo de tiempo en el que se gestó y estalló la burbuja inmobiliaria. Es cierto que no son responsables de ella, aunque se financiaron con la alegría de los fondos públicos que en parte esa burbuja generó, pero también lo es que no han sido ni serán capaces de crear otro tejido productivo alternativo gracias a su labor investigadora, para que se pueda absorber los millones de parados de un país en el que la mano de obra no cualificada aun sigue siendo esencial.

Del mismo modo, también es cierto que en su discurso las autoridades académicas confunden el conocimiento con las meras publicaciones en revistas científicas reconocidas (unas revistas que son un gran negocio para sus editores, nunca españoles, que sí son empresarios de verdad). Los universitarios españoles viven en gran parte al margen de la realidad y por ello confunden su sistema de honores académicos, al que han convertido en un suma y sigue de cientos de papers, con la acumulación de capital y riqueza en el mercado productivo, en el que no vivieron ni viven, y cuya implacable dureza sólo sabrán apreciar si algún día, para su desgracia, tienen que vivir en él. Mientras tanto se conformarán con seguir pidiendo dinero.

Pero en España llegó un momento en el que la renta pública se vio seriamente comprometida, en el que se alzaron unas amenazantes tinieblas y en el que nuestros sonámbulos académicos tuvieron que comenzar a andar a tientas en pleno día. Ese momento es ahora mismo. ¿Cómo están reaccionando ante él? Pues negando la realidad y siendo incapaces de ver que es básicamente su torpeza la causa de sus males, pues como decía el viejo Cicerón, “omnia malorum stultitia est mater” (Rhetorica ad Herennium, II, 2).

Nadie parece querer saber qué es lo que está pasando en la universidad española, la única institución del país en la que al parecer todo estaba bien. La institución que había conseguido desarrollar la más alta cota de autotestima colectiva en España, un país aficionado a denigrarse a sí mismo, por otra parte. Y es que ¿cómo puede pasar algo si todo estaba bien, si todos lo hacían todo bien, si todo lo malo venía de fuera? ¿Cómo es posible que en ese mundo perfecto y feliz en el que todo parecía estar tan bien para todos, aunque para algunos todo estuviese mucho mejor que para los demás, algo estuviese yendo mal? ¿Cómo es posible que en ese mundo en que muchos se sentían tan a gusto porque se sentían muy reconocidos en sus méritos y en algunos casos recompensados en sus bolsillos, oscuras nubes de tormenta amenazasen el horizonte? No podía ser posible, ya que por supuesto todos somos inocentes, no existe ningún culpable y nadie hizo nada mal, porque la responsabilidad y la culpa no existen. Nadie pudo casi nunca hablar de nada verdaderamente negativo, y por eso se llegó a creer que todo estaba marchando muy bien. Y eso fue posible gracias al gigantesco silencio colectivo que cubrió las universidades españolas a partir del primer mandato de J.L. Rodriguez Zapatero, sólo interrumpido esporádicamente por el eco de algunas palabras sueltas que apenas resonaban al caer en el pozo de ese silencio.

Pero lo cierto es que sí existen la responsabilidad y la culpa. En el mundo hay inocentes y culpables. Hay personas que toman decisiones y otras que sufren sus consecuencias, y si algo tendría que enseñar la universidad es a ver cómo ocurre eso en la realidad, cómo se puede analizar, cómo se puede prever, y si es posible corregir las consecuencias de los errores de quienes la gobiernan.

Situándonos en este punto de vista moral, que no es más que el de cualquier ciudadano consciente y de cualquier profesor responsable, a continuación pasaremos a enumerar las responsabilidades políticas y morales cuya dejación ha permitido que las universidades españolas hayan llegado a la situación en la que están en la víspera de su reconversión, transformación o remodelación.

En las universidades españolas han sido culpables y responsables colectivamente de su crisis:

1)- Los rectores, como máximos responsable académicos de cada universidad y del conjunto del sistema universitario español, por las razones siguientes:

a)- por olvidar que las universidades públicas, financiadas por el Estado, son un servicio público destinado a la formación de los ciudadanos, y consecuentemente que en ellas la función docente es prioritaria y esencial, teniendo que estar la función investigadora integrada en ella.

b)- por haber entrado en una competencia disparatada e irresponsable entre ellos a la hora de la implantación de titulaciones, cayendo en una lucha de todos contra todos y buscando como fin prioritario favorecer el crecimiento de su propia universidad a costa de todas las demás.

c)- por haber administrado de modo poco responsable sus ingresos, cayendo en el endeudamiento y considerando prioritarios gastos no esenciales, partiendo siempre del principio de que el dinero público es inagotable y que su institución es merecedora de grandes cotas de él.

d)- por primar los intereses de promoción académica personal del profesorado y los funcionarios frente a las necesidades reales del servicio, generando en muchos casos plantillas – sobre todo de profesores – hinchadas, desequilibradas entre áreas y campos y cada vez menos funcionales.

e)- por generar un discurso falso de la universidad como empresa, contradicho en su labor diaria por su propia formar de entender y gobernar a sus propias instituciones.

f)- por permitir, en aras de ese discurso, la progresiva intromisión de bancos y empresas en las universidades, favoreciendo los intereses de los mismos, que pueden ser legítimos, a costa de los de su propia institución.

g)- por hacer entrar a las universidades en todos los juegos políticos partidistas, favoreciendo las rivalidades locales, autonómicas o de otro tipo.

h)- por subordinar en algunos casos su cargo a su futura promoción política o empresarial, lo que pudo condicionar el ejercicio del mismo, aun respetando la legalidad de sus actuaciones.

i)- por crear a sabiendas sistemas de control enormemente costosos, pero ineficaces, concebidos por mimetismo con la empresa privada, y por destinar partidas presupuestarias cada vez mayores a ellos, junto con las plantillas de profesores y admisnistrativos necesarios para ponerlos en funcionamiento.

j)- por admitir un doble discurso y una doble moral, en el que lo que se afirma por una parte se niega por otra, en aras de justificar unas situaciones de hecho y el mantenimiento de determinados sistemas de privilegios insitucionales y personales.

k)- por haber asumido, alabado, ampliado y consolidado el discurso politico y económico que hizo posible la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, al someterse a los intereses particulares de los partidos y algunas empresas

l)- por contribuir a crear un ambiente general de control y asfixia de la opinión académica y generar sistemas de incentivos que favorecen la sumisión de profesores, funcionarios y estudiantes.

m)- por contribuir a generar, mantener e incrementar un caos normativo, del que son plenamente conscientes, pero que defienden porque amplía su libertad y capacidad de maniobra.

2)- Los profesores como colectivo son responsables y culpables.

a)- por haber abandonado su responsabilidad institucional y su espiritu critico.

b)- por avalar y justificar con su silencio colectivo la situación global de hecho.

c)- por su creencia de que expresarse de modo crítico – lo que es no solo su derecho, sino también su obligación – podría perjudicar su carrera profesional.

d)- por su sumisión a cualquier tipo de autoridad académica, racional o no.

e)- por su docilidad en admitir todo tipo de criterios de valoración de su investigación y su docencia, aun sabiendo que suelen ser arbitrarios y ajenos al desarrollo del verdadero conocimiento científico.

f)- por practicar una doble moral, siendo conscientes de todos los males de su institución pero admitiéndolos, comprendiéndolos y justificándolos bajo una sonrisa.

g)- por pretender buscarse soluciones personales dentro de sus universidades, en las empresas o en la política, pero sin dejar nunca sus puestos de funcionarios.

h)- por asumir una supuesta reforma de la docencia y la investigación sin denunciar sus defectos, de los que son plenmamente conscientes.

i)- por hacer dejación de su responsabilidad institucional permitiendo la creciente ineficacia en el ejercicio del gobierno, y siendo conscientes y consintiendo que se esté produciendo la promoción de personas cada vez menos aptas.

j)- por renunciar a crear un discurso público alternativo y crítico sobre su institución, al contrario de lo que ocurre en los principales países desarollados.

k)- por abandonar la solidaridad con sus compañeros y su institución, creyendo que cada uno de ellos podrá salvarse individualmente a costa de todos los demás.

l)- por asumir activa o pasivamente el seudo-discurso empresarial sobre la universidad creado por las autoridades académicas y políticas.

3)- El personal de administración y servicios como colectivo es responsbale y culpable, aunque en mucha menor medida:

a)- por aceptar un juego sindical y profesional en el que la promoción individual puede llegar a hacerse al servicio de unos pocos y en contra de los intereses de su propia institución.

b)- por asumir pasivamente el discurso creado por las autoridades académicas y hacer dejación de sus responsabilidades como funcionarios publicos críticos y ciudadanos responsables.

c)- por permitir la degradación de la actividad sindical que ha llevado a convertir a los principales sindicatos en defensores acríticos de determinados intereses, en muchos casos, e instrumentos de promoción política de algunos de sus miembros.

4)- Los estudiantes como colectivo son responsables y culpables en menor medida:

a)- por hacer dejación de su función crítica.

b)- por entrar de buen grado en los juegos de intereses de profesores y autoridades académicas cuando participan en órganos colegiados de gobierno, a pesar de que acaban siendo, por lo general, víctimas de esos mismos juegos.

c)- por creer que su promoción como futuros profesores e investigadores en la propia universidad ha de hacerse a costa de los demás y mediante un mecanismo de sálvese quien pueda, favorecido por sus propios profesores.

d)- por admitir de modo ciego todo el discurso universitario sobre el valor de la investigación y la docencia, de las que se están beneficiando cada vez menos, debido a la degradación de las mismas.

e)- por su desinterés creciente por lo público y por su renuncia cada vez mayor a formarse para poder analizar la realidad de un modo crítico, lo que es su deber como ciudadanos y estudiantes universitarios.

f)- por aceptar cada vez con más resignación su propia falta de futuro y perspectivas de desarrollo profesional.

Han sido todos estos factores, todo este entrelazado juego de dejaciones y silencios, lo que ha hecho posible que la universidad española haya llegado a ser lo que es: una institución desestructurada hasta el caos, costosa, ineficaz y aislada del mundo real. Ha sido todo este juego el que ha permitido generar una institución tan aislada de la realidad que es incapaz de analizar el mundo del que es parte, que es totalmente acrítica e incapaz de analizarse a sí misma o comprender como álguien puede ver algún defecto en ella. Una universidad hecha por y para los profesores, muchas veces demasiado satisfechos de sí mismos, orgullosos de sus saberes y privilegios, a la vez que sumisos a cualquier tipo de autoridad, impotentes e inermes a la hora de poder analizar y enfrentarse a las evidentes amenazas que les vienen del mundo exterior.

Desde el seguro balcón de la universidad española, tanto quienes la gobiernan de su peculiar modo como los demás miembros que forman parte de ella, contemplan desde la resignación y el silencio culpables las amenazas de un mundo que ellos ya no entienden, y que quizás les haga saber, más pronto o más tarde, que a pesar de las antiguas apariencias y de los discursos mutuos de autocomplacencia que se han venido intercambiando los académicos y los políticos, en realidad a los universitarios tampoco casi nadie los apreciaba nada. Y por eso se podría dar el caso de que se llegase a prescindir de muchos de ellos, cuando quienes gobiernan de verdad el mundo real y quienes detentan el poder económico y el control de las riquezas consideren que muchos de esos orgullosos profesores ya no les son útiles. Entonces éstos encontrarán las tinieblas y andarán a tientas al mediodía como si fuese de noche.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah (2000): Rahel Varnhagen. Vida una mujer judía, Barcelona, Lumen (New York, 1957).

Gardner, Howard (2011): Verdad, belleza y bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI, Barcelona, Paidós (New York, 2011).

Jaspers, Karl (1947): The Question of German Guilt, New York, Dial Press.

El nuevo cortesano, o el arte de progresar en la Academia


El diálogo tiene lugar en el claustro de alguna universidad de la decadente España imperial.

Protagonistas:

Filodoro. Maestro en Artes.

Teódulo. Novicio meritorio.

 

Teódulo. Buenos días Maestro Filodoro, he llegado a la Corte guiado por el ansia de lograr el dominio de la antigua y la nueva sabiduría, gracias al estudio de los antiguos maestros y de sus grandes obras, y al esfuerzo y a la dedicación que fuere menester aplicar para el logro de este gran empeño.

Filodoro. Comparto Teódulo tu ansia y deseo por lograr el saber, pues todo saber al fin y cabo proviene de Dios y es precisamente gracias al dominio de todos los saberes como Nuestro Señor consigue conocer primero y luego controlar y dominar el universo mundo.

Teódulo. Pero Maestro, no me guía a mi un ansia, ni siquiera leve, de lograr dominio alguno, sino solo el desinteresado afán de obtener el placer que el conocimiento de la naturaleza de Dios Nuestro Señor y de sus obras en los reinos de este mundo suscita en nuestra alma, ese placer que solo ha de estar movido por lo que los antiguos maestros – que Ud. tan bien conoce – llamaron el amor Dei intellectualis.

Filodoro. Comprendo Teódulo tu afán por el saber pero para poder conseguir tan noble fin has de comenzar por aprender las más básicas reglas de la vida y la disciplina de los académicos claustros, ya que solo en ellos es donde puede resplandecer la luz de la verdad, que siempre ha de estar guiada por la recta regla de la autoridad, cuya aceptación y respeto ha de ser siempre el comienzo de todo clase de sabiduría.

Teódulo. Comprendo Maestro lo que bien decís, pues el vano orgullo y la humana insolencia no han de ser el faro y guía que deba conducirnos al encuentro de la divina sabiduría, pero me da la impresión, fruto quizás de mi inmadurez e impericia, que si lo que he aprender en el académico claustro no es más que la sumisión a la autoridad, más bien debería escoger la via de la humana milicia que la erudita república de los sabios.

Filodoro. Has de saber Teódulo que en este mundo no se han de hacer demasiadas sutiles distinciones, pues a veces en él todo se confunde, si no se dispone de las reglas justas para la dirección de nuestro ingenio, como te enseñaré a continuación, otorgándote así el placer de poder disfrutar de tu primera lección.

Teódulo. Ardo en deseos de escucharos, Maestro.

Filodoro. Verás, querido Teódulo, no puede sostenerse que la búsqueda de la verdad y la sumisión a la autoridad sean cosas opuestas, ni mucho menos contradictorias, sino que son en realidad la misma cosa.

Teódulo. Y ¿cómo es ello?

Filodoro. Pues verás Teódulo, hay dos fuentes diferentes de las que emana la verdad, la aceptación de la evidencia indiscutible que proviene de la observación de los propios hechos, o la sumisión a la sabiduría y la autoridad de aquellos que, o bien ya los observaron en el pasado, o bien reflexionaron mucho sobre ellos.

En ambos casos, conocer la verdad es someter a nuestra voluble e inconstante voluntad a la regla superior de una voluntad más general, que dimana de la propia naturaleza, que es obra de Dios, o del propio Dios, que nos la ha revelado a través de su palabra, palabra que solo podemos comprender gracias a las intepretaciones que de ella han hecho los Santos Padres y los Antiguos Sabios. Es por ello por lo que decimos en el académico claustro que el llamado argumentum ad baculum es la regla mas recta para lograr la verdad.

Teódulo. Pero, ¡oh maestro! si hallar la verdad no es nada más que someter nuestra frágil voluntad a la de un poder superior, ¿cómo podremos disfrutar del placer del conocer violando nuestra propia naturaleza? ¿Es que acaso el conocimiento de la verdad va contra el libre disfrute de nuestros humanos placeres?

Filodoro. Claro está, querido novicio, conocer es negar, es negarnos a nosotros mismos y renunciar a nuestros placeres más inmediatos, aplazándolos para un futuro remoto, el de la vida eterna, o próximo, el de nuestro porvenir como eruditos.

Teódulo. ¿Y en qué consiste ese próximo futuro?

Filodoro. Pues en el logro de la fama, la distinción y el poder en el claustro, que es lo que más puede asemejarnos humildemente a Dios, en cuanto que seamos reconocidos y admirados por los demás miembros de nuestros claustros y los de las académicas repúblicas de los sabios.

Teódulo. Pero maestro, ¿no sería acaso ello dar pábulo a la más humana vanidad?

Filodoro. En modo alguno, querido niño, ¿o es que acaso pretendes afirmar que Dios es vanidoso cuando en las Sagradas Escrituras señala insistentemente: “no reconocerás a otro Dios que a mí”, o “yo soy tu Dios”?

Teódulo. Pero es que solo Dios es Dios.

Filodoro. Claro está, pero ¿es malo que los humanos pretendamos imitarlo y dejemos de buscar en nosotros mismos esa pequeña chispa divina que Él ha depositado en nosotros?

Teódulo. No, claro que no.

Filodoro. Y ¿no es cierto que Dios reconoce que Él todo lo ve y todo lo sabe, que Él está en todas partes y conoce el pasado el presente y el futuro y hasta nuestros más ocultos pensamientos?

Teódulo. Sí, por supuesto.

Filodoro. Luego Dios es el primer admirador de sus propios méritos y de sus propias obras, a lo que nosotros en nuestros claustros llamamos curriculum. La única diferencia es que su curriculum es perfecto, eterno y solo plenamente apreciable por Él mismo, mientras que nuestro curriculum es meramente humano y hemos de desarrollarlo en nuestra vida y es por eso que lo llamamos curriculum vitae.

Teódulo. ¿Tiene algo que ver, ¡oh maestro! ese largo recorrido por la vida terrestre con lo que llamaron los Antiguos Maestros itinerarium mentis ad Deum?

Filodoro. Claro está, ingenuo aprendiz, es lo mismo. Pero tu deberías darte cuenta de que no puede darse un camino de la mente hacia Dios si no lo compartes con los demás hombres. Y por ello que a ese viejo itinerarium ahora lo llamamos curriculum.

Teódulo. O sea, que podría decirse que mi curriculum es aquello que los demás creen que yo sé, o conozco, y no lo que yo conozco.

Filodoro. Pues claro, querido niño.

Teódulo. Pero entonces, si ello fuese así, sería cierto que la apariencia sería más importante que le esencia, lo que metafísicamente no es posible, ya que la apariencia dimana de la propia esencia.

Filodoro. Eso sería así si pudiésemos conocer las esencias, tal y como son, pero ello solo es posible con la visión beatífica, que no nos es dada en este mundo. Por lo que paradójicamente podríamos afirmar que, ya que el mundo solo es para nosotros una apariencia, lo único importante es la apariencia.

Teódulo. ¿Y también consecuentemente aparentar?

Filodoro. Claro, pues de no hacerlo, pretenderíamos violentar nuestra propia naturaleza, hacernos semejantes a Dios y cometeríamos así un gravísimo pecado de orgullo.

Teódulo. Un orgullo quizás recalcitrante si nos llevase a no reconocer a nuestros maestros, es decir, a todos aquellos que en los pasados siglos conocieron las apariencias y el arte de exponerlas.

Filodoro. Veo que ya comienzas a aprender.

Teódulo. Pero, si solo puedo conocer las apariencias y he de someterme a la voluntad de sus más expertos conocedores, o sea, quienes mejor aparentaron las apariencias, ¿acaso no acabaré convirtiéndome en maestro del fingimiento?

Filodoro.  Efectivamente

Teódulo. Y, dado que no podrá otorgarme ello ningún saber, ¿acaso podría o darme algún placer?

Filodoro. Claro, el placer de someter a los demás a tu autoridad.

Teódulo. Pero entonces mi placer solo puede derivar de su dolor, pues placer y dolor son términos contradictorios.

Filodoro. Por supuesto, piensa que ya Tomás de Aquino nos explicó que el mayor placer que nos ha de proporcionar la vida eterna no ha de ser el de ver directamente a Dios, pues ello nunca será posible, al ser nuestra mente finita, sino ver cómo sufren los que estarán eternamente en el Infierno.

Teódulo. Pero, ¿no sería ello contrario a la caridad e incluso similar a la crueldad vesánica?

Filodoro. En modo alguno, ya que en el Cielo no puede haber nada malo, y consecuentemente no puede en él practicarse ningún vicio.

Teódulo. Luego el sadismo eterno es loable.

Filodoro. Claro está, puesto que si no lo practicasémos en la vida futura seríamos comprensivos con el mal, y por lo tanto malos.

Teódulo. O sea, que ser bueno es ser eternamente malo.

Filodoro. Podría decirse así, sí, por parte de aquellos ingenuos que no tengan el suficiente conocimiento.

Teódulo. Entonces lo que yo he de aprender será ante todo a someterme a la autoridad para luego, a mi vez poder imponerme sobre los más débiles y hacerlos sufrir.

Filodoro. No se puede decir tan crudamente, ya que no te impondrás a los demás por mero capricho, sino por tu saber, al ser tu alma racional en mayor grado que la de ellos. Por lo que podría afirmarse, siguiendo la autoridad de Aristóteles, que tu autoridad sobre ellos solo redundará en su propio beneficio.

Teódulo. Claro, porque yo sabré mejor cómo son ellos que lo que ellos mismos lo podrán nunca saber.

Filodoro. Naturalmente.

Teódulo. Pero, ¿cómo será ello posible si yo solo puedo conocer las apariencias?

Filodoro. Pues porque nuestra vida en esta tierra no es más que una mera apariencia y una auténtica representación teatral en la que cada cual ha de representar su papel.

Teódulo. Luego todos somos actores o comediantes y debemos fingir.

Filodoro. Por supuesto. Si un actor no finge y se cree que es, por ejemplo, Julio César, no es un actor, sino un loco. El verdadero actor es un fingidor que siempre debe saber que finge y nunca creerse lo que está fingiendo.

Teódulo. Parece un poco triste, pero claro, es cierto. ¿Podría decirse que también Jesús fingió ser un hombre en este mundo?

Filodoro. Claro está, porque continuó siendo Dios. Él solo vino a representar su papel en el drama de la salvación y cuando lo remató se fue de nuevo al Cielo.

Teódulo. Seamos consecuentes, pues. ¿Qué he de hacer para prosperar en el claustro a costa de los demás y dominando solo las apariencias?

Filodoro. Te lo explicaré de la mejor forma, o sea, con una serie de sentencias, tal y como hizo Pedro Lombardo en su libro tan citado y comentado.

Subióse Filodoro al púlpito desde el que dictaba sus lecciones y sentóse Téodulo en un banco, tomando nota palabra por palabra, tal y como se hacía en las antiguas universidades, de las sentencias de su maestro. Y según las iba copiando no dejaba de admirar cada vez más su agudeza, su sabiduría, la precisión de sus palabras y la asombrosa finura de cada uno de sus conceptos, que iban manando del flujo de los conceptos anteriores y dando origen a los que les iban sucediendo en su discurso.

Quedó recogida esta célebre lectio divina en un pergamino que Teódulo conservó toda su vida en su celda, no dejando nunca de reflexionar sobre cada una de sus palabras.

Esta fue la lección de Fildoro:

 

REGLAS PARA LA DIRECCIÓN DEL ACADÉMICO ESPÍRITU

 

Regla primera: antepón tu interés a todo y al de todos, pues solo así podrás desarrollar tu curriculum vitae. Pero no lo hagas por mera vanidad sino movido por la sincera búsqueda de la más superficiales apariencias.

Corolario a la regla primera. Pues si todo lo que se puede conocer es una mera apariencia, se deduce que una apariencia aparente es mejor que una apariencia profunda. Ya que si la apariencia fuese profunda no sería tan aparente y al dejar de ser aparente vendría a ser consecuentemente una apariencia falsa.

 

Regla segunda: no aceptes apariencia alguna que no sea reconocida por los demás, pues si lo haces, o bien te enfrentarás a la autoridad del saber – que es solo apariencia – o bien no conseguirás que los demás crean en la nueva apariencia que tu descubras.

Corolario a la regla segunda: ello es así porque solo del consensu omnium deriva el saber y el reconocimiento – de los de arriba y de los de abajo. Y dado que una apariencia no es apariencia si no es compartida, conocer las apariencias es lo mismo que reconocer la autoridad. Y como toda autoridad deriva del pasado, aunque solo en el presente se ejerce in actu, de ello se deduce que solo aceptando el saber y la autoridad del pasado podremos desde el presente concebir la autoridad  que será activa en el futuro.

 

Regla tercera: busca el placer en el hallazgo de las apariencias.

Cuando lo halles, intenta lograr que los demás las conozcan también, compartiendo contigo tu placer, de modo tal que reconozcan tu autoridad como descubridor. Y avanza siempre con firme paso en este recto camino.

Y piensa que, si el bien consiste en el conocimiento de las apariencias aparentes y en el reconocimiento de los que conocen la apariencia de las apariencias aparentes, de ello ha de dimanar espontáneamente un placer natural, llamado libido sciendi.

Corolario a la regla tercera: a)- todas las obras de Dios son buenas dentro del orden de la naturaleza y el respeto de su voluntad.

b)- conocer la naturaleza en sus apariencias forma parte del plan providencial de Dios, pues es Él quien más sabe. Y dado que conocer es bueno y el dolor es malo, consecuentemente el conocer ha de proporcionarnos placer.

c)- y, puesto que por naturaleza solo podemos conocer las apariencias, si somos reconocidos por los demás, negarnos a disfrutar de este placer de ser reconocidos o admirados es un acto antinatural, egoista y contrario a la voluntad de Dios.

 

Regla cuarta: has de buscar todos los bienes de este mundo, según su jerarquía, puesto que todo lo que Dios ha creado es bueno.

Pero esos bienes ha de estar subordinados a la búsqueda del conocimiento de las apariencias, que solo es posible en la comunidad del académico claustro. Por ello es por lo que quienes lo buscan con afán han de ser sufragados en sus necesidades, lo que deberán hacer aquellas otras personas cuya vida ha de estar dedicada a las diferentes clases de labores, y que por ello son siempre ignorantes.

Coralorio a la regla cuarta: a)- todo lo que existe, excepto Dios, es condicionado por algo. Consecuentemente la sabiduría de las apariencias solo puede existir si existe un condicionante diferente a ella misma, que sea a la vez su causa.

b)- dado que la sabiduría no puede ser engendrada por sí misma, consecuentemente podríamos afirmar que la sabiduría de las apariencias existe gracias a la ignorancia. Ya que si no existiese la ignorancia no podríamos diferenciar lo que sabemos de lo que ignoramos.

c)- consecuentemente será necesario que existan los ignorantes para que puedan también existir los sabios. Y los ignorantes han de continuar siendo siempre ignorantes, ya que de lo contrario serían sabios, y ello supondría contradicción en los términos.

d)- será pues la misión de los que saben hacer que los ignorantes sigan siendo ignorantes de modo continuo y creciente, pues solo así ellos podrán incrementar su sabiduría.

 

Regla quinta: puesto que existe una jerarquía en la naturaleza, a la que llamamos la gran cadena del ser, y que va de las piedras hasta Dios, debe haber pues bienes superiores e inferiores.

El superior de todos los bienes es la sabiduría y corresponde a Dios. Por ello es justo en la tierra que todos los bienes y todas las personas contribuyan a favorecer el orden que sitúa en su cumbre a los que más saben. Pero como en este mundo solo se pueden conocer las apariencias, los que conocen las apariencias en la tierra deben poseer la mayor parte de los bienes terrenales, derivándose ello del principio de la jerarquía ascendente en la gran cadena del ser.

Corolario a la regla quinta: a)- si ello no fuese así se alteraría el orden de la creación. En ese orden el que manda debe ser obedecido por los que reciben las órdenes, porque si no no podría mandar nada y eso sería una contradicción en los términos, es por eso por lo que unos pocos deben mandar y los demás obedecer.

b) Pero para dar órdenes es necesario saber. Y como todo el saber no son más que apariencias, son los que conocen las apariencias los que han de dar las órdenes verdaderas.

c)- como, a su vez, los que conocen las apariencias las conocen porque sus apariencias son reconocidas por otros, serán aquellos que mejor finjan y conozcan las apariencias más aparentes los que tendrán derecho a gobernar a los demás ignorantes, en beneficio de su propia naturaleza, incapaz de lograr el conocimiento de la apariencia de las apariencias aparentes.

 

Regla sexta: no aspires a enseñar a los que, por estar fuera de los claustros no pueden saber, sino a ayudarles de acuerdo con su naturaleza  haciendo que te otorguen parte de sus bienes, pues ello forma parte del plan providencial.

Corolario a la regla sexta: a)- ello es así porque los ignorantes, al serlo, no pueden saber que ignoran, y consecuentemente no pueden ser capaces de aprender nada.

b)- no obstante, aunque no puedan poseer el supremo bien, sí pueden tener otros, pero no pueden hacer buen uso de ellos a causa de su ignorancia.

c)- consecuentemente su única forma de participar, aunque fuese de una forma lejana, del terrenal saber de las apariencias, será entregar sus bienes a beneficio de los que saben, quienes, al aceptarlos, los acercarán así Dios, por ser éste el único modo en el que los que no saben podrán disfrutar de la sabiduría.

 

Son estas, querido Teódulo, las reglas de orden general por las que has de regir tu mente.

Teódulo. Podrían parecer contradictorias pero son veraderamente sorprendentes metafísicamente hablando. Pero, ¿además de guiar mi espíritu, también han de guiar mi conducta, ya no con los ignorantes, cuya ignorancia me esforzaré en fomentar de forma acendrada para cumplir mis deberes, sino también con mis compañeros de los académicos claustros y las repúblicas de las letras y la erudición?

Filodoro. Por supuesto, si así no lo hicieres incurrirías no solo en contradicción lógica, sino en pecado mortal, por no someter tus deseos a los principios superiores del pensamiento que han de guiar tu conducta.

No obstante soy consciente de que la dificultad de mi argumentación puede hacer difícil su compresión para aquellas mentes metafísicamente poco avezadas. Por ello redactaré para ti y para enseñanza de los aspirantes futuros a la sabiduría unas tablas de la ley que han de guiar la conducta humana en el futuro. Y estas pétreas tablas de la ley han de estar a partir de ahora siempre expuestas en lugares muy visibles de los académicos claustros.

 

MANDAMIENTOS SUPERIORES DE LA VIDA ACADÉMICA

 

Primer mandamiento

Haz a los demás lo que no desearías que te hiciesen a ti. Puesto que, si actuases de otro modo, podría darse el caso de que todos llegasen a ser iguales, desapareciendo así la jerarquía y con ella el conocimiento de las apariencias.

 

Segundo mandamiento

No digas munca lo que piensas, pues ello sería vanidad. Ya que de ser así pretenderías afirmar que el conocimiento corresponde a la esencia y no a la apariencia.

 

Tercer mandamiento

Utiliza a los demás como medios para el logro de tus fines. Ya que, al no poder conocerse más que las apariencias, si supusieses que los demás también pueden pretender lograr un fin tan legítimo como el tuyo, pretenderías estar conociendo su verdadera naturaleza, lo que es imposible, además de vano.

 

Cuarto mandamiento

Acepta lo que pueda perjudicarte en un momento si puedes convertirlo en beneficio tuyo en el futuro. Es decir, sométete a la autoridad cuando veas que te conviene.

Quinto mandamiento

Haz sufrir a los demás en el futuro el sufrimiento que tu has tenido en el pasado. Pues así actuarás en su propio beneficio, poniéndolos en el verdadero camino de la búsqueda de las apariencias, el reconocimiento y la autoridad.

 

Sexto mandamiento

 No desprecies los bienes conseguidos a costa de los ignorantes, ya que así contribuyes a su propio beneficio. En efecto, como no puede haber un bien malo, ya que ello sería una contradicción en los términos, el desprecio de algún bien es en sí mismo perverso. Y dado que los ignorantes nunca pueden conocer su uso, utilizándolos tu contribuirás a hacerlos partícipes del recto orden de la creación.

 

Séptimo mandamiento

Piensa siempre que cualquier medio es bueno para lograr un fin, si ese fin es el tuyo en el desarrollo de tu curriculum vitae. Ello será así si ese curriculum sigue su natural camino de búsqueda de las apariencias e incremento de tu autoridad y tus riquezas.

 

Octavo mandamiento

Dedica toda tu inteligencia al cálculo y estudio de las apariencias de la vida claustral, pues es de tu integración en ella de donde derivará toda tu sabiduría.

 

Noveno mandamiento

No cumplas nunca tus promesas ni respetes la palabra dada, pues si así lo hicieses incurrirías en el pecado de vanidad. Lógicamente, al considerar que esas promesas eran verdaderas y algo más que una mera apariencia.

 

Décimo mandamiento

Considera siempre que solo tu y tus intereses son lo más importante para el bien de la comunidad y subordina a ello todos tus pensamientos, intenciones y acciones.

 

Filodoro. Esta ha sido pues, querido Teódulo, la primera lección que has de aprender en la vida académica.

Teódulo. ¡Y qué magistral lección!

Filodoro. Espero que con ella inicies tu andar por la senda de la sabiduría que nos ha de conducir a todos nosotros sin duda alguna a la vida eterna.

Teódulo. Pues claro, ya que he tomado buena nota de todo y he decidido aplicar todos tus principios consecuentemente.

 

Al caer la noche, cuando la luz de la Luna iluminaba las grises paredes del académico claustro, todos los novicios y profesores se retiraron a sus celdas. Envueltos en sus mantas y bien arropados para defenderse del frío y la humedad que emanaban las vetustas piedras de su morada, cada uno de ellos comenzó a hacer un esfuerzo para poder conciliar el sueño.

Uno de ellos repasaba mentalmente todos los teoremas de Euclides hasta que las líneas de sus figuras se le iban haciendo cada vez más borrosas y el sueño envolvía sus ojos, otro conjugaba los verbos griegos irregulares, mientras quizás alguno más fuese repitiendo de memoria los artículos del Digesto.

 

EL SUEÑO DE TEÓDULO

 

Teódulo se quedó ese día dormido al instante y pronto comenzó a soñar que se le aparecía un pequeño coro de ángeles vestidos de blanco, de cabellos rubios y que llevaban ceñidas en sus cabezas guirnaldas de flores, de modo tal que más se parecían a las Ninfas, Náyades o Nereidas de las que hablaban los poetas de la gentilidad que a las potestades celestiales, tal y como las podemos conocer.

Levantaron a Teódulo de su lecho y lo ayudaron a subir por una gran escalera de mármol blanco, llegando a una gran antesala en la que celebraban un banquete, mientras escuchaban música, una serie de célebres personajes que en el pasado habían sido reyes, emperadores, papas, y que habían desempeñado con sabiduría las artes del buen gobierno.

Conversaba allí Edipo de Tebas, que había accedido al trono al matar justamente a su padre en un cruce de caminos, movido por la justa indignación que siempre suscitan en todos nosotros los accidentes de tráfico de los que no somos culpables, con Rómulo, fundador de la ciudad eterna. Señalaba Edipo que quizás el error de su vida hubiese sido el casarse, sin saberlo, con su madre, movido por esa extraña atracción hacia las mujeres maduras que él no lograba comprender. Mientras, le indicaba Rómulo que él había tenido que matar a su hermano Remo para evitar un conflicto en la sucesión al trono de Roma.

Ambos se sentían a gusto, pues estaban muy bien acompañados por el dios Crono, que había castrado a su padre Urano para poder gobernar el reino de los cielos; por Zeus, que había mandado a su padre al destierro para evitar que siguiese teniendo la manía de comerse a sus hijos. Y por otros tantos reyes y emperadores, como Sargón de Acad, Calígula, Nerón, que para conseguir el justo fin de hacerse con el poder y mantenerse en él habían tenido que utilizar medios de diferentes tipos.

A todos ellos les estaba dando clase Maquiavelo, que siempre iba a su aula vestido de romano, no solo para parecer más antiguo, sino también más sabio, y que no dejaba de ilustrar con cientos de ejemplos del pasado su idea de que todo el mundo quiere el poder, quiere conseguir el poder, aumentarlo y mantenerlo, y que para ello se deben utilizar todo tipo de medios.

Hubo en el sueño de Teódulo tantos personajes que la noche se le pasó volando. Se despertó muy descansado y por eso al día siguiente se acostó muy tarde. Se dice que alguien lo vió moverse de noche entre las sombras del claustro. Puede ser; al fin, volvió a su celda. Y tras despertarse a la mañana siguiente oyó gritos en su colegio, unos gritos que anunciaban que alguien había asfixiado esa noche al Deán Filodoro con su propia almohada, por lo que habría que elegir un sucesor.

Téodulo, depositario de la sabiduría de Filodoro, comenzó a pensar que por tener en sus manos el pergamino de la lección magistral, y gracias al sueño que había tenido la noche anterior a la muerte del Deán, él debería ser su sucesor.

Para conseguir su justo fin comenzó a establecer sus redes de influencia con algunos profesores y novicios, convenciéndolos de su candidatura, gracias a sus ofrecimientos de honores, beneficios y otros bienes de diferentes tipos. Pero sobre todo cuando les narró su sueño, que sin duda se interpretó como un posible signo de su designación divina.

Pasaron así unos días, y con ellos sus noches; en una de ellas Teódulo volvió a tener otro sueño, en el que continuó subiendo por la misma escalera de blanco mármol y pudo de nuevo disfrutar de la sabiduría de antiguos perosnajes de la literatura pagana, que le fueron explicando cómo habían ido eliminando a sus parientes, a sus hijos, sus suegros y a sus yernos. Allí estaban  Teseo, rey de Atenas, Medo, Anfión, Jasón, Tereo y Tiestes, todos ellos personajes de gran prestigio literario con los que algunos italianos de la familia Borgia conversaban acerca de las propiedades de algunas plantas.

Guiado por este sueño, y una vez que hubo desaparecido misteriosamente el cadáver de Filodoro – alguien comentó que quizás el aspirante Teódulo hubiera podido tener algún interés en ello-, Téodulo decidió que, una vez elegido, no cumpliría ninguna de las promesas que le había hecho a los que lo hubiesen promovido para su cargo.

Volvía soñar cada noche, seguía subiendo escaleras y observando cada vez más y mejores ejemplos de la pasada historia, sagrada y profana. Al despertar otro día, tras haber tenido una conversación con Odiseo y el rey Néstor, que le contaron sus hazañas: capturando esclavas, ganado, trípodes de bronce, y joyas de oro, a la vez que le indicaban, sobre todo Odiseo, cómo en su camino de vuelta a casa para recuperar su reino, es decir en su curriculum vitae, había mentido al Cíclope Polifemo, habiéndolo dejado ciego, y engañado a las diosas Circe y Calipso, concluyó Téodulo que debía deshacerse de sus compañeros y aliados claustrales.

Siendo consciente, de acuerdo con la lección magistral de Filodoro, de que todos los bienes son buenos, ya que por eso se llaman bienes – si no se llamarían males – decidió Teódulo buscar aliados fuera del claustro. Unos aliados que fuesen fieles a sus principios y antepusiesen siempre su interés al de los demás, que utilizasen a los demás como medios para sus fines, pero eso sí ,respetando siempre la jerarquía marcada por la gran y ascendente cadena del ser, por la que Téodulo creía ir ascendiendo en la escalera de su sueño

Fue así como los contrabandistas de su ciudad – en aquella España de fines del siglo XVII- comenzaron a ser sus más fieles aliados a la hora de fomentar las virtudes del comercio, base de la verdadera civilización. Con ellos fueron un día a reunirse en un banquete los profesores y novicios que habían promovido a Teódulo, y (nadie llegó nunca a saber por qué), ese mismo día desaparecieron para siempre.

Y como el servicio de las letras y el servicio del comercio no es posible sin el servicio de las armas, Teódulo favoreció en extremo, en orden a la consecución de sus justos fines, a los mercenarios de distintas partes de Europa que pululaban por el reino, redimiendo a algunos criminales cautivos, gracias al noble servicio de las mismas armas. Y, naturalmente, puesto que, como se solía decir: “los nervios de las batallas son dineros”, buena parte de las académicas rentas fueron destinadas al recto fin del mantenimiento del orden civil, labor imposible sin el uso de la fuerza. Un uso del que derivan toda clase de beneficios y que también ha de permitir el moderado uso del placer que a mercenarios, bandoleros y contrabandistas, y a buena parte de los hombres en general proporciona el llamado mundo de la mala vida.

Como en la España de su tiempo las mujeres que desempeñaban sus menesteres en ese mundo eran guiadas por la Iglesia, que luego las conducía hacia el camino de la salvación, de acuerdo con el ejemplo de María Magdalena, Teódulo decidió completar la labor de su gobierno integrando en el mundo de la vida académica, para beneficio de esas mismas mujeres, a aquellas que ejercían su oficio de modo más excelente. Se dio a su vez cuenta de que lo mismo que ellas hacían lo habían hecho también las grandes princesas, cortesanas y amantes de los dioses del Olimpo, con las que una noche conversó en el último de sus sueños, cuando alcanzó la terraza a la que por fin conducía aquella blanca escalera.

De este modo Teódulo se hizo dueño de su universidad y llegó a ser famoso en España por su sabiduría, su riqueza y su prestigio, pues gracias a sus conocimientos de las leyes, al soborno continuado de jueces y magistrados, a la colaboración de la Inquisición, y de todos aquellos que ejercen las profesiones sobre las que se ha de asentar el buen orden social, llegó a gobernar a toda su ciudad de modo tan sabio que, persiguiendo siempre y ante todo sus intereses, hizo florecer el bien común en el mismo momento en el que el Imperio Español estaba comenzando a derrumbarse.