El sentido común nos dice que la economía se basa en la producción y el reparto de las riquezas. Quien más tiene es rico, y quien menos, pobre. Cuando los bienes que se producen se consumen, la economía está en equilibrio. En el proceso productivo los beneficios se reparten entre quienes poseen el capital y quienes ponen su trabajo. Una economía es productiva cuando el capital se invierte en crear riquezas y empleos y cuando los trabajadores mejoran su nivel de vida porque pueden consumir más mercancías gracias a sus buenos salarios, lo que a su vez permite producir más y crear buenos empleos.
En los últimos años se ha querido ocultar una verdad tan simple y se ha dicho que sólo el capital crea la riqueza y reparte filantrópicamente el empleo, ya que en realidad los salarios de los trabajadores no son más que un obstáculo para la producción; por eso hay que bajarlos cuando llega la crisis. Como la economía se basa en la técnica y los productos más innovadores arrinconan en el mercado a los obsoletos, por eso se ha pasado también a afirmar que es el conocimiento el que crea la riqueza, viviendo el mundo en la economía del conocimiento.
Pero no se dice que el conocimiento ni se pesa ni se mide, y que sólo cuando una nueva técnica es financiada por quien tiene dinero, entonces el conocimiento pasa a crear riqueza, junto con el trabajo, lo que viene siendo así desde el siglo XIX. Pero además se oculta que en los últimos años la economía productiva, la que crea bienes y empleos, ha sido arrinconada por la economía financiera o especulativa, que logra gigantescos beneficios en plazos cortos moviendo el capital a velocidad de vértigo en los mercados bursátiles. Eso fue lo que generó la burbuja financiera.
A la par de esto, el peso de los salarios reales en el mundo ha retrocedido estrepitosamente frente al de los beneficios del capital. No sólo se han empobrecido los trabajadores de nivel medio o bajo, sino que se ha dado en los paises más desarrollados un proceso de proletarización de los científicos, ingenieros, investigadores y profesionales especializados, que han llegado a los límites del mileurismo. Esto fue posible por la entrada en el mercado de tecnólogos procedentes de países en desarrollo, como China e India, y de los antiguos países del bloque soviético, cuya formación es igual o superior a la de las viejas metrópolis, y que están contribuyendo, junto con los trabajadores de esos países con sus sueldos de 100 o 200 euros, a la generación de inmensos beneficios financieros que bailan en el casino de las bolsas del mundo.
La economía del conocimiento, alabada por banqueros, políticos y algunos académicos, no es la que hace rico a quien más sabe, sino la que hace más rico a los que ya tenían dinero y más pobres a todos los trabajadores del mundo, tengan cualificación baja, media o elevadísima, y que cada vez deben saber más para ganar menos. Cuando los trabajadores y técnicos van al paro, los directivos se reparten primas millonarias en las empresas tecnológicas. Los políticos, los altos mandos militares en los EEUU, por ejemplo, aspiran a culminar sus carreras en los consejos de administración de la empresa y la banca. Muchos lo consiguen, y profesores, científicos y técnicos aspiran a imitarlos mientras los contemplan embobados. Y es por eso que dicen que la economía y las ciencias demuestran que la riqueza es ahora sólo conocimiento. Conocimiento de los ricos.