La culpa colectiva de la Universidad española

 

“Se encontraron las tinieblas

y fueron a tientas al mediodía

como si fuese de noche”

Job, V, 14.

 

En la España que ve asomarse con temor el final del año 2011 nadie parece ser capaz, o no quiere, juzgarse a sí mismo o a sus conciudadanos de acuerdo con criterios morales, y ello a pesar de que en lenguaje imperante de la corrección política, compartido por empresas, instituciones públicas y partidos, no deja de apelarse constantemente a los códigos éticos y de buenas prácticas de todo tipo, unos códigos de los que todo el mundo habla y en los que parece que nadie en realidad cree.

Y es que, en realidad, parece ser un sentimiento socialmente compartido que todo el mundo actúa persiguiendo sus propios intereses en un juego en el todo puede llegar a valer como estrategia, en el que todo se puede manipular a la hora de hablar para justificar cualquier postura, y en el que parecen haber desaparecido los hechos, puesto que, en nombre de unos principios supuestamente democráticos, se sostiene la idea de que todo el mundo tiene derecho a opinar lo que quiera de todo lo que desee, porque todas las opinones son sagradas e igual de respetables, no existiendo en realidad los hechos, ya que todo puede interpretarse de mil maneras distintas. No deja de ser curioso que, en un país en el que los medios de comunicación son cada vez menos libres y están cada vez mas condicionados por los intereses económicos y la sumisión a los poderes políticos, se quiera dar la impresión de que todo el mundo tiene acceso a una esfera de la opinión que en realidad ha dejado ya de existir, asfixiada por los lemas vacíos de los partidos políticos, los sofismas baratos de decenas de tertulianos y supuestos analistas que copan con éxito todos los medios de comunicación, dejando la verdad, la realidad y los hechos ocultos bajo la espesa capa del silencio.

Decía Thomas Jefferson en una carta a Edward Carrington del día 10 de enero de 1787: “si me dieran a elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un instante en escoger lo segundo” (Gardner, 2011, p. 51). Tenía razón, pero al contrario que en su época lo que ahora ocurre en España y sus universidades es que los gobienos y los períodicos son lo mismo, puesto que quienes ejercen el poder no sólo consiguen constantemente ahogar la opinión, sino ocultar la verdad.

En las universidades españolas del crepúsculo del año 2011 podríamos decir que son ciertas dos célebres frases: la del Qohelet, (9, 10), cuando este sabio judío afirmaba que “mucha sabiduría conlleva mucha aflicción y quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor”, y la de un mujer judía alemana de fines del siglo XVIII, Rahel Varnhagen, que decía que: “la verdad es muy dificil de encontrar y además hay que ocultarla (Arendt, 2000).

Hoy, día 24 de noviembre del año 2011, se publica en la prensa una sorprendente noticia. En Afganistán, una mujer violada por un hombre casado es juzgada y acusada de adulterio, aunque puede redimir su pena casándose con su violador. Está claro que esta sentencia es una auténtica burla al derecho y a la dignidad humana, pero por desgracia el modo de razonar en que se basa es absolutamente habitual en nuestra sociedad y en nuestras instituciones. España no es Afganistán, a pesar de que, según se dice, sus tropas junto con muchas otras han conseguido instaurar allí una democracia y salvaguardar la libertad y los derechos humanos. En España no podría pasar esto porque difícilmente lo toleraría la opinión pública, a pesar de estar acostumbrada a escuchar algunas sorprendentes sentencias judiciales. Pero en España, en sus debates políticos, en sus medios de comunicación y en muchas de sus instituciones a veces se razona formalmente también así.

Si una mujer que se acuesta con un hombre casado es una adúltera, nuestra víctima lo es, claro está, si prescindimos de los hechos y las circunstancias y obviamos la violación, pero como la ley es la ley, si quiero puedo aplicarla utilizando una verdad a medias, porque así me conviene. En las formas actuales de la argumentación pública los hechos se utilizan parcialmente, de forma artera, cambiándose los argumentos en cada caso. Lo que vale para uno no vale para otro. Lo que dice un político sobre el mismo hecho cambia según esté en el gobierno o en la oposición y todo es revisable, opinable y manipulable, porque parece haber desaparecido el respeto a la verdad y todo parece haberse convertido en una ficción, en la que nadie es responsable de nada.

 Decía Fréderic Bastiat que “el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo” (“L’État”, en Journal des Débats, 25-IX-1848, p.3 9). Si era verdad en su época, cuando el Estado era muy pequeño en poder económico y político, ahora lo es aun mucho más en todas y cada una de sus partes. Y es que es un sentimiento compartido en España que todo se puede conseguir del Estado, siendo los destinaratarios de sus beneficios los partidos políticos los empresarios y en menor medida los ciudadanos, a los que no deja nunca de recordárseles que están viviendo gracias al Estado del bienestar.

La política y las instituciones públicas españolas parecen ser sólo un campo de juego en el que sobreviven mucho mejor los tahures ventajistas, ya sean grandes o pequeños banqueros, empresarios pillados o no in fraganti en redes de corrupción, o simples maquiavelitos provinciales, locales o institucionales, cuyo mayor timbre de gloria es ser capaces de agotar toda su inteligencia en el tejido y destejido de redes y tramas económicas o institucionales de todo tipo.

En este mundo sobreviven los que se creen mejores por ser más capaces de maniobrar, y el único patrón moral que comparten es el logro de su éxito, ya que todos ellos se creen plenamente legitimados para moverse en un tablero de juego en el que ya nadie es responsable de los fracasos ni de los daños causados a los demás o a las instituciones públicas, puesto que los beneficios que cada cual se apunta siempre serán privados: sólo los daños son públicos y compartidos.

En la moral y el derecho son esenciales las nociones de responsabilidad y la de culpa. La responsabilidad y la culpa son básicamente individuales, pero pueden darse casos en los que surja una auténtica culpa colectiva, como cuando toda una nación o una sociedad, con su silencio, su cobardía y su complicidad facilita que se cometa un crimen de grandes dimensiones y consecuencias irreparables. Este fue el caso del Holocausto, tal y como señaló el filósofo alemán Karl Jaspers (Jaspers, 1947), quien acuñó el concepto de Schuldfrage o culpa colectiva del pueblo alemán, de sus jueces, militares, policías, médicos, empresarios, profesores y muchos ciudadanos de a pie que ampararon con su complicidad y su silencio, e incluso jusitificaron y negaron, una catástrofe de la que fueron espectadores y cómplices.

España no es Afganistán, y en ella no se está practicando un genocidio, claro está, pero sí que se está viviendo una gran crisis económica, social e institucional, una crisis en la que el primer muerto ha sido la verdad, de la que hasta ahora se decía que era la primera baja que se producía cuando estallaba una guerra real.

Y esa verdad desaparecida en el fragor de la crisis y silenciada por todos ha caido hace años en primera línea también en la universidad española, lo cual sería lógico si consideramos que no es más que un parte de la sociedad. Sin embargo, este caso es mucho más grave si tenemos en cuenta que en las universidades la verdad debe buscarse y enseñarse. Y aunque sin duda muchos siguen haciendo esto en su trabajo a nivel individual, sin embargo parece haberse dejado de hacer a nivel colectivo, es decir, en lo que se refiere a los discursos públicos que las universidades y sus gobernantes ofrecen sobre sí mismos.

La pérdida del respeto a la verdad, omnipreseente en el discurso que la universidad ofrece sobre sí misma, va a la par de la idea de que en las universidades no hay ninguna responsabilidad institucional, ningún inocente y ningún culpable. Sus supuestos éxitos se exhiben al público con técnicas de marketing de vendedor de feria, sus fracasos se ocultan o se atribuyen a los demás: a los políticos, si son del partido contrario, a la economía, a la falta de interés de los estudiantes, a la incomprensión de la sociedad, etc.

En la universidad nadie es responsable de ningún fracaso. Si un rector deja su universidad endeudada hasta las orejas, la culpa será de un sistema de financiación insuficiente – cosa que ocurre en general a todos los endeudados, ya que sus gastos son mayores que sus ingresos -, pero los endeudados normales acaban viviendo en la calle, las empresas endeudadas van a la quiebra y sus trabajadores al paro. Sólo las universidades endeudadas en España pueden seguir proclamando en sus balances contables su absoluta falta de responsabilidad, pues sus rectores saben que sus sueldos seguirán asegurados y sus funcionarios – de momento- no van a ser despedidos.

La ausencia de responsabilidad y consecuentemente de culpa de quienes vienen gobernando las universidades españolas en las últimas décadas es más fácil de comprender si tenemos en cuenta que no son responsables de sus actos en el terreno económico, como ocurriría si dirigiesen empresas y las llevasen a la quiebra. Las universidades se rigen por el derecho administrativo, que cubre las responsabilidad personal en el ejercicio de la función pública, lógicamente excepto en los casos en los que se incurra en responsabilidad penal o en falta disciplinaria. Y como los rectores españoles – de acuerdo con la ley – son las más altas autoridades sancionadoras en el campo disciplinario de sus propias universidades, siendo sus resoluciones solo recurribles en la juridiscción contencioso-administrativa, consecuentemente disfrutan de un gran margen de inmunidad, lo que explica la libertad que a veces pueden tomarse en el ejercicio de sus cargos, justificándose a veces todo lo que creen que pueden hacer en nombre de la autonomía univeristaria (un derecho constitucional que debería amparar a las universidades frente a un control ideológico que curiosamente sus propios gobernantes intentan implantar cada vez más).

La sensación de impunidad que se vive en la universidad española es meramente subjetiva, porque en España sí que existe un estado de derecho que regula el ejercicio de la responsabilidad pública y privada cuando es sabido y llega a hacerse público el incumplimiento de las leyes. Con el fin de intentar evitar que esto llegue a producirse, quienes gobiernan intentan desesperadamente controlar la opinión pública en el seno de sus instituciones, e influir además en la opinión pública general a través de los políticos. En esta labor nuestros gobernantes académicos han sido unos auténticos maestros, intentando convencer a la sociedad española de que sin las universidades, tal y como ellos las conciben, el país entero se hundirá, razón por la cual se merecen continuar siendo financiados del mismo modo en un época de crisis global que en una de abundancia, lo que lleva a que reclamen que se amorticen sus cuantiosas deudas a costa de las arcas públicas.

Dicen nuestros rectores que las universidades crean el conocimiento y que el conocimiento es riqueza, por lo cual hay que poner en sus manos cada vez una riqueza mayor, ya que en manos de estos supuestos reyes Midas todo lo que toquen se convertirá en oro. Sin embargo ocultan, a pesar de que lo saben, pues son personas cultas, inteligentes y bien formadas – o al menos deberían serlo -, que eso que ellos tan machaconamente afirman no es verdad en modo alguno.

En contra de lo que parecen querer decir, se puede afirmar que no hay una clase de conocimiento – siempre convertible en dinero -, sino muchas, y un descubrimiento científico sólo creará riqueza si pasa a formar de un proceso productivo en el que alguien consigue que ese conocimiento con alguna aplicación técnica concreta funcione como parte de un capital empresarial. Pero para que eso sea cierto el conocimiento se tiene que convertir primero en propiedad de alguien, que será quien legitimamente obtenga beneficios de él. Y los propietarios de las empresas, en nuestro mundo, no son las comunidades académicas ni la sociedad en general, sino los empresarios, razón por la cual nuestras autoridades académicas los admiran cada vez más, aspirando en algunos casos a convertise en uno de ellos, pero eso sí, sin dejar el seguro castillo de la función pública, desde el que predican sus alabanzas a favor del mercado libre y la empresa privada.

Las universidades españolas no sólo no crean riqueza, sino que básicamente la consumen, consumen la renta del Estado, y parecen creer que al Estado todo el mundo le puede dar, continua y legalmente, sablazos, aunque sólo muy pocos puedan hacerlo a gran escala. Las universidades españolas triplicaron su financiación para la investigación en el mismo periodo de tiempo en el que se gestó y estalló la burbuja inmobiliaria. Es cierto que no son responsables de ella, aunque se financiaron con la alegría de los fondos públicos que en parte esa burbuja generó, pero también lo es que no han sido ni serán capaces de crear otro tejido productivo alternativo gracias a su labor investigadora, para que se pueda absorber los millones de parados de un país en el que la mano de obra no cualificada aun sigue siendo esencial.

Del mismo modo, también es cierto que en su discurso las autoridades académicas confunden el conocimiento con las meras publicaciones en revistas científicas reconocidas (unas revistas que son un gran negocio para sus editores, nunca españoles, que sí son empresarios de verdad). Los universitarios españoles viven en gran parte al margen de la realidad y por ello confunden su sistema de honores académicos, al que han convertido en un suma y sigue de cientos de papers, con la acumulación de capital y riqueza en el mercado productivo, en el que no vivieron ni viven, y cuya implacable dureza sólo sabrán apreciar si algún día, para su desgracia, tienen que vivir en él. Mientras tanto se conformarán con seguir pidiendo dinero.

Pero en España llegó un momento en el que la renta pública se vio seriamente comprometida, en el que se alzaron unas amenazantes tinieblas y en el que nuestros sonámbulos académicos tuvieron que comenzar a andar a tientas en pleno día. Ese momento es ahora mismo. ¿Cómo están reaccionando ante él? Pues negando la realidad y siendo incapaces de ver que es básicamente su torpeza la causa de sus males, pues como decía el viejo Cicerón, “omnia malorum stultitia est mater” (Rhetorica ad Herennium, II, 2).

Nadie parece querer saber qué es lo que está pasando en la universidad española, la única institución del país en la que al parecer todo estaba bien. La institución que había conseguido desarrollar la más alta cota de autotestima colectiva en España, un país aficionado a denigrarse a sí mismo, por otra parte. Y es que ¿cómo puede pasar algo si todo estaba bien, si todos lo hacían todo bien, si todo lo malo venía de fuera? ¿Cómo es posible que en ese mundo perfecto y feliz en el que todo parecía estar tan bien para todos, aunque para algunos todo estuviese mucho mejor que para los demás, algo estuviese yendo mal? ¿Cómo es posible que en ese mundo en que muchos se sentían tan a gusto porque se sentían muy reconocidos en sus méritos y en algunos casos recompensados en sus bolsillos, oscuras nubes de tormenta amenazasen el horizonte? No podía ser posible, ya que por supuesto todos somos inocentes, no existe ningún culpable y nadie hizo nada mal, porque la responsabilidad y la culpa no existen. Nadie pudo casi nunca hablar de nada verdaderamente negativo, y por eso se llegó a creer que todo estaba marchando muy bien. Y eso fue posible gracias al gigantesco silencio colectivo que cubrió las universidades españolas a partir del primer mandato de J.L. Rodriguez Zapatero, sólo interrumpido esporádicamente por el eco de algunas palabras sueltas que apenas resonaban al caer en el pozo de ese silencio.

Pero lo cierto es que sí existen la responsabilidad y la culpa. En el mundo hay inocentes y culpables. Hay personas que toman decisiones y otras que sufren sus consecuencias, y si algo tendría que enseñar la universidad es a ver cómo ocurre eso en la realidad, cómo se puede analizar, cómo se puede prever, y si es posible corregir las consecuencias de los errores de quienes la gobiernan.

Situándonos en este punto de vista moral, que no es más que el de cualquier ciudadano consciente y de cualquier profesor responsable, a continuación pasaremos a enumerar las responsabilidades políticas y morales cuya dejación ha permitido que las universidades españolas hayan llegado a la situación en la que están en la víspera de su reconversión, transformación o remodelación.

En las universidades españolas han sido culpables y responsables colectivamente de su crisis:

1)- Los rectores, como máximos responsable académicos de cada universidad y del conjunto del sistema universitario español, por las razones siguientes:

a)- por olvidar que las universidades públicas, financiadas por el Estado, son un servicio público destinado a la formación de los ciudadanos, y consecuentemente que en ellas la función docente es prioritaria y esencial, teniendo que estar la función investigadora integrada en ella.

b)- por haber entrado en una competencia disparatada e irresponsable entre ellos a la hora de la implantación de titulaciones, cayendo en una lucha de todos contra todos y buscando como fin prioritario favorecer el crecimiento de su propia universidad a costa de todas las demás.

c)- por haber administrado de modo poco responsable sus ingresos, cayendo en el endeudamiento y considerando prioritarios gastos no esenciales, partiendo siempre del principio de que el dinero público es inagotable y que su institución es merecedora de grandes cotas de él.

d)- por primar los intereses de promoción académica personal del profesorado y los funcionarios frente a las necesidades reales del servicio, generando en muchos casos plantillas – sobre todo de profesores – hinchadas, desequilibradas entre áreas y campos y cada vez menos funcionales.

e)- por generar un discurso falso de la universidad como empresa, contradicho en su labor diaria por su propia formar de entender y gobernar a sus propias instituciones.

f)- por permitir, en aras de ese discurso, la progresiva intromisión de bancos y empresas en las universidades, favoreciendo los intereses de los mismos, que pueden ser legítimos, a costa de los de su propia institución.

g)- por hacer entrar a las universidades en todos los juegos políticos partidistas, favoreciendo las rivalidades locales, autonómicas o de otro tipo.

h)- por subordinar en algunos casos su cargo a su futura promoción política o empresarial, lo que pudo condicionar el ejercicio del mismo, aun respetando la legalidad de sus actuaciones.

i)- por crear a sabiendas sistemas de control enormemente costosos, pero ineficaces, concebidos por mimetismo con la empresa privada, y por destinar partidas presupuestarias cada vez mayores a ellos, junto con las plantillas de profesores y admisnistrativos necesarios para ponerlos en funcionamiento.

j)- por admitir un doble discurso y una doble moral, en el que lo que se afirma por una parte se niega por otra, en aras de justificar unas situaciones de hecho y el mantenimiento de determinados sistemas de privilegios insitucionales y personales.

k)- por haber asumido, alabado, ampliado y consolidado el discurso politico y económico que hizo posible la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, al someterse a los intereses particulares de los partidos y algunas empresas

l)- por contribuir a crear un ambiente general de control y asfixia de la opinión académica y generar sistemas de incentivos que favorecen la sumisión de profesores, funcionarios y estudiantes.

m)- por contribuir a generar, mantener e incrementar un caos normativo, del que son plenamente conscientes, pero que defienden porque amplía su libertad y capacidad de maniobra.

2)- Los profesores como colectivo son responsables y culpables.

a)- por haber abandonado su responsabilidad institucional y su espiritu critico.

b)- por avalar y justificar con su silencio colectivo la situación global de hecho.

c)- por su creencia de que expresarse de modo crítico – lo que es no solo su derecho, sino también su obligación – podría perjudicar su carrera profesional.

d)- por su sumisión a cualquier tipo de autoridad académica, racional o no.

e)- por su docilidad en admitir todo tipo de criterios de valoración de su investigación y su docencia, aun sabiendo que suelen ser arbitrarios y ajenos al desarrollo del verdadero conocimiento científico.

f)- por practicar una doble moral, siendo conscientes de todos los males de su institución pero admitiéndolos, comprendiéndolos y justificándolos bajo una sonrisa.

g)- por pretender buscarse soluciones personales dentro de sus universidades, en las empresas o en la política, pero sin dejar nunca sus puestos de funcionarios.

h)- por asumir una supuesta reforma de la docencia y la investigación sin denunciar sus defectos, de los que son plenmamente conscientes.

i)- por hacer dejación de su responsabilidad institucional permitiendo la creciente ineficacia en el ejercicio del gobierno, y siendo conscientes y consintiendo que se esté produciendo la promoción de personas cada vez menos aptas.

j)- por renunciar a crear un discurso público alternativo y crítico sobre su institución, al contrario de lo que ocurre en los principales países desarollados.

k)- por abandonar la solidaridad con sus compañeros y su institución, creyendo que cada uno de ellos podrá salvarse individualmente a costa de todos los demás.

l)- por asumir activa o pasivamente el seudo-discurso empresarial sobre la universidad creado por las autoridades académicas y políticas.

3)- El personal de administración y servicios como colectivo es responsbale y culpable, aunque en mucha menor medida:

a)- por aceptar un juego sindical y profesional en el que la promoción individual puede llegar a hacerse al servicio de unos pocos y en contra de los intereses de su propia institución.

b)- por asumir pasivamente el discurso creado por las autoridades académicas y hacer dejación de sus responsabilidades como funcionarios publicos críticos y ciudadanos responsables.

c)- por permitir la degradación de la actividad sindical que ha llevado a convertir a los principales sindicatos en defensores acríticos de determinados intereses, en muchos casos, e instrumentos de promoción política de algunos de sus miembros.

4)- Los estudiantes como colectivo son responsables y culpables en menor medida:

a)- por hacer dejación de su función crítica.

b)- por entrar de buen grado en los juegos de intereses de profesores y autoridades académicas cuando participan en órganos colegiados de gobierno, a pesar de que acaban siendo, por lo general, víctimas de esos mismos juegos.

c)- por creer que su promoción como futuros profesores e investigadores en la propia universidad ha de hacerse a costa de los demás y mediante un mecanismo de sálvese quien pueda, favorecido por sus propios profesores.

d)- por admitir de modo ciego todo el discurso universitario sobre el valor de la investigación y la docencia, de las que se están beneficiando cada vez menos, debido a la degradación de las mismas.

e)- por su desinterés creciente por lo público y por su renuncia cada vez mayor a formarse para poder analizar la realidad de un modo crítico, lo que es su deber como ciudadanos y estudiantes universitarios.

f)- por aceptar cada vez con más resignación su propia falta de futuro y perspectivas de desarrollo profesional.

Han sido todos estos factores, todo este entrelazado juego de dejaciones y silencios, lo que ha hecho posible que la universidad española haya llegado a ser lo que es: una institución desestructurada hasta el caos, costosa, ineficaz y aislada del mundo real. Ha sido todo este juego el que ha permitido generar una institución tan aislada de la realidad que es incapaz de analizar el mundo del que es parte, que es totalmente acrítica e incapaz de analizarse a sí misma o comprender como álguien puede ver algún defecto en ella. Una universidad hecha por y para los profesores, muchas veces demasiado satisfechos de sí mismos, orgullosos de sus saberes y privilegios, a la vez que sumisos a cualquier tipo de autoridad, impotentes e inermes a la hora de poder analizar y enfrentarse a las evidentes amenazas que les vienen del mundo exterior.

Desde el seguro balcón de la universidad española, tanto quienes la gobiernan de su peculiar modo como los demás miembros que forman parte de ella, contemplan desde la resignación y el silencio culpables las amenazas de un mundo que ellos ya no entienden, y que quizás les haga saber, más pronto o más tarde, que a pesar de las antiguas apariencias y de los discursos mutuos de autocomplacencia que se han venido intercambiando los académicos y los políticos, en realidad a los universitarios tampoco casi nadie los apreciaba nada. Y por eso se podría dar el caso de que se llegase a prescindir de muchos de ellos, cuando quienes gobiernan de verdad el mundo real y quienes detentan el poder económico y el control de las riquezas consideren que muchos de esos orgullosos profesores ya no les son útiles. Entonces éstos encontrarán las tinieblas y andarán a tientas al mediodía como si fuese de noche.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah (2000): Rahel Varnhagen. Vida una mujer judía, Barcelona, Lumen (New York, 1957).

Gardner, Howard (2011): Verdad, belleza y bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI, Barcelona, Paidós (New York, 2011).

Jaspers, Karl (1947): The Question of German Guilt, New York, Dial Press.

El nuevo cortesano, o el arte de progresar en la Academia


El diálogo tiene lugar en el claustro de alguna universidad de la decadente España imperial.

Protagonistas:

Filodoro. Maestro en Artes.

Teódulo. Novicio meritorio.

 

Teódulo. Buenos días Maestro Filodoro, he llegado a la Corte guiado por el ansia de lograr el dominio de la antigua y la nueva sabiduría, gracias al estudio de los antiguos maestros y de sus grandes obras, y al esfuerzo y a la dedicación que fuere menester aplicar para el logro de este gran empeño.

Filodoro. Comparto Teódulo tu ansia y deseo por lograr el saber, pues todo saber al fin y cabo proviene de Dios y es precisamente gracias al dominio de todos los saberes como Nuestro Señor consigue conocer primero y luego controlar y dominar el universo mundo.

Teódulo. Pero Maestro, no me guía a mi un ansia, ni siquiera leve, de lograr dominio alguno, sino solo el desinteresado afán de obtener el placer que el conocimiento de la naturaleza de Dios Nuestro Señor y de sus obras en los reinos de este mundo suscita en nuestra alma, ese placer que solo ha de estar movido por lo que los antiguos maestros – que Ud. tan bien conoce – llamaron el amor Dei intellectualis.

Filodoro. Comprendo Teódulo tu afán por el saber pero para poder conseguir tan noble fin has de comenzar por aprender las más básicas reglas de la vida y la disciplina de los académicos claustros, ya que solo en ellos es donde puede resplandecer la luz de la verdad, que siempre ha de estar guiada por la recta regla de la autoridad, cuya aceptación y respeto ha de ser siempre el comienzo de todo clase de sabiduría.

Teódulo. Comprendo Maestro lo que bien decís, pues el vano orgullo y la humana insolencia no han de ser el faro y guía que deba conducirnos al encuentro de la divina sabiduría, pero me da la impresión, fruto quizás de mi inmadurez e impericia, que si lo que he aprender en el académico claustro no es más que la sumisión a la autoridad, más bien debería escoger la via de la humana milicia que la erudita república de los sabios.

Filodoro. Has de saber Teódulo que en este mundo no se han de hacer demasiadas sutiles distinciones, pues a veces en él todo se confunde, si no se dispone de las reglas justas para la dirección de nuestro ingenio, como te enseñaré a continuación, otorgándote así el placer de poder disfrutar de tu primera lección.

Teódulo. Ardo en deseos de escucharos, Maestro.

Filodoro. Verás, querido Teódulo, no puede sostenerse que la búsqueda de la verdad y la sumisión a la autoridad sean cosas opuestas, ni mucho menos contradictorias, sino que son en realidad la misma cosa.

Teódulo. Y ¿cómo es ello?

Filodoro. Pues verás Teódulo, hay dos fuentes diferentes de las que emana la verdad, la aceptación de la evidencia indiscutible que proviene de la observación de los propios hechos, o la sumisión a la sabiduría y la autoridad de aquellos que, o bien ya los observaron en el pasado, o bien reflexionaron mucho sobre ellos.

En ambos casos, conocer la verdad es someter a nuestra voluble e inconstante voluntad a la regla superior de una voluntad más general, que dimana de la propia naturaleza, que es obra de Dios, o del propio Dios, que nos la ha revelado a través de su palabra, palabra que solo podemos comprender gracias a las intepretaciones que de ella han hecho los Santos Padres y los Antiguos Sabios. Es por ello por lo que decimos en el académico claustro que el llamado argumentum ad baculum es la regla mas recta para lograr la verdad.

Teódulo. Pero, ¡oh maestro! si hallar la verdad no es nada más que someter nuestra frágil voluntad a la de un poder superior, ¿cómo podremos disfrutar del placer del conocer violando nuestra propia naturaleza? ¿Es que acaso el conocimiento de la verdad va contra el libre disfrute de nuestros humanos placeres?

Filodoro. Claro está, querido novicio, conocer es negar, es negarnos a nosotros mismos y renunciar a nuestros placeres más inmediatos, aplazándolos para un futuro remoto, el de la vida eterna, o próximo, el de nuestro porvenir como eruditos.

Teódulo. ¿Y en qué consiste ese próximo futuro?

Filodoro. Pues en el logro de la fama, la distinción y el poder en el claustro, que es lo que más puede asemejarnos humildemente a Dios, en cuanto que seamos reconocidos y admirados por los demás miembros de nuestros claustros y los de las académicas repúblicas de los sabios.

Teódulo. Pero maestro, ¿no sería acaso ello dar pábulo a la más humana vanidad?

Filodoro. En modo alguno, querido niño, ¿o es que acaso pretendes afirmar que Dios es vanidoso cuando en las Sagradas Escrituras señala insistentemente: “no reconocerás a otro Dios que a mí”, o “yo soy tu Dios”?

Teódulo. Pero es que solo Dios es Dios.

Filodoro. Claro está, pero ¿es malo que los humanos pretendamos imitarlo y dejemos de buscar en nosotros mismos esa pequeña chispa divina que Él ha depositado en nosotros?

Teódulo. No, claro que no.

Filodoro. Y ¿no es cierto que Dios reconoce que Él todo lo ve y todo lo sabe, que Él está en todas partes y conoce el pasado el presente y el futuro y hasta nuestros más ocultos pensamientos?

Teódulo. Sí, por supuesto.

Filodoro. Luego Dios es el primer admirador de sus propios méritos y de sus propias obras, a lo que nosotros en nuestros claustros llamamos curriculum. La única diferencia es que su curriculum es perfecto, eterno y solo plenamente apreciable por Él mismo, mientras que nuestro curriculum es meramente humano y hemos de desarrollarlo en nuestra vida y es por eso que lo llamamos curriculum vitae.

Teódulo. ¿Tiene algo que ver, ¡oh maestro! ese largo recorrido por la vida terrestre con lo que llamaron los Antiguos Maestros itinerarium mentis ad Deum?

Filodoro. Claro está, ingenuo aprendiz, es lo mismo. Pero tu deberías darte cuenta de que no puede darse un camino de la mente hacia Dios si no lo compartes con los demás hombres. Y por ello que a ese viejo itinerarium ahora lo llamamos curriculum.

Teódulo. O sea, que podría decirse que mi curriculum es aquello que los demás creen que yo sé, o conozco, y no lo que yo conozco.

Filodoro. Pues claro, querido niño.

Teódulo. Pero entonces, si ello fuese así, sería cierto que la apariencia sería más importante que le esencia, lo que metafísicamente no es posible, ya que la apariencia dimana de la propia esencia.

Filodoro. Eso sería así si pudiésemos conocer las esencias, tal y como son, pero ello solo es posible con la visión beatífica, que no nos es dada en este mundo. Por lo que paradójicamente podríamos afirmar que, ya que el mundo solo es para nosotros una apariencia, lo único importante es la apariencia.

Teódulo. ¿Y también consecuentemente aparentar?

Filodoro. Claro, pues de no hacerlo, pretenderíamos violentar nuestra propia naturaleza, hacernos semejantes a Dios y cometeríamos así un gravísimo pecado de orgullo.

Teódulo. Un orgullo quizás recalcitrante si nos llevase a no reconocer a nuestros maestros, es decir, a todos aquellos que en los pasados siglos conocieron las apariencias y el arte de exponerlas.

Filodoro. Veo que ya comienzas a aprender.

Teódulo. Pero, si solo puedo conocer las apariencias y he de someterme a la voluntad de sus más expertos conocedores, o sea, quienes mejor aparentaron las apariencias, ¿acaso no acabaré convirtiéndome en maestro del fingimiento?

Filodoro.  Efectivamente

Teódulo. Y, dado que no podrá otorgarme ello ningún saber, ¿acaso podría o darme algún placer?

Filodoro. Claro, el placer de someter a los demás a tu autoridad.

Teódulo. Pero entonces mi placer solo puede derivar de su dolor, pues placer y dolor son términos contradictorios.

Filodoro. Por supuesto, piensa que ya Tomás de Aquino nos explicó que el mayor placer que nos ha de proporcionar la vida eterna no ha de ser el de ver directamente a Dios, pues ello nunca será posible, al ser nuestra mente finita, sino ver cómo sufren los que estarán eternamente en el Infierno.

Teódulo. Pero, ¿no sería ello contrario a la caridad e incluso similar a la crueldad vesánica?

Filodoro. En modo alguno, ya que en el Cielo no puede haber nada malo, y consecuentemente no puede en él practicarse ningún vicio.

Teódulo. Luego el sadismo eterno es loable.

Filodoro. Claro está, puesto que si no lo practicasémos en la vida futura seríamos comprensivos con el mal, y por lo tanto malos.

Teódulo. O sea, que ser bueno es ser eternamente malo.

Filodoro. Podría decirse así, sí, por parte de aquellos ingenuos que no tengan el suficiente conocimiento.

Teódulo. Entonces lo que yo he de aprender será ante todo a someterme a la autoridad para luego, a mi vez poder imponerme sobre los más débiles y hacerlos sufrir.

Filodoro. No se puede decir tan crudamente, ya que no te impondrás a los demás por mero capricho, sino por tu saber, al ser tu alma racional en mayor grado que la de ellos. Por lo que podría afirmarse, siguiendo la autoridad de Aristóteles, que tu autoridad sobre ellos solo redundará en su propio beneficio.

Teódulo. Claro, porque yo sabré mejor cómo son ellos que lo que ellos mismos lo podrán nunca saber.

Filodoro. Naturalmente.

Teódulo. Pero, ¿cómo será ello posible si yo solo puedo conocer las apariencias?

Filodoro. Pues porque nuestra vida en esta tierra no es más que una mera apariencia y una auténtica representación teatral en la que cada cual ha de representar su papel.

Teódulo. Luego todos somos actores o comediantes y debemos fingir.

Filodoro. Por supuesto. Si un actor no finge y se cree que es, por ejemplo, Julio César, no es un actor, sino un loco. El verdadero actor es un fingidor que siempre debe saber que finge y nunca creerse lo que está fingiendo.

Teódulo. Parece un poco triste, pero claro, es cierto. ¿Podría decirse que también Jesús fingió ser un hombre en este mundo?

Filodoro. Claro está, porque continuó siendo Dios. Él solo vino a representar su papel en el drama de la salvación y cuando lo remató se fue de nuevo al Cielo.

Teódulo. Seamos consecuentes, pues. ¿Qué he de hacer para prosperar en el claustro a costa de los demás y dominando solo las apariencias?

Filodoro. Te lo explicaré de la mejor forma, o sea, con una serie de sentencias, tal y como hizo Pedro Lombardo en su libro tan citado y comentado.

Subióse Filodoro al púlpito desde el que dictaba sus lecciones y sentóse Téodulo en un banco, tomando nota palabra por palabra, tal y como se hacía en las antiguas universidades, de las sentencias de su maestro. Y según las iba copiando no dejaba de admirar cada vez más su agudeza, su sabiduría, la precisión de sus palabras y la asombrosa finura de cada uno de sus conceptos, que iban manando del flujo de los conceptos anteriores y dando origen a los que les iban sucediendo en su discurso.

Quedó recogida esta célebre lectio divina en un pergamino que Teódulo conservó toda su vida en su celda, no dejando nunca de reflexionar sobre cada una de sus palabras.

Esta fue la lección de Fildoro:

 

REGLAS PARA LA DIRECCIÓN DEL ACADÉMICO ESPÍRITU

 

Regla primera: antepón tu interés a todo y al de todos, pues solo así podrás desarrollar tu curriculum vitae. Pero no lo hagas por mera vanidad sino movido por la sincera búsqueda de la más superficiales apariencias.

Corolario a la regla primera. Pues si todo lo que se puede conocer es una mera apariencia, se deduce que una apariencia aparente es mejor que una apariencia profunda. Ya que si la apariencia fuese profunda no sería tan aparente y al dejar de ser aparente vendría a ser consecuentemente una apariencia falsa.

 

Regla segunda: no aceptes apariencia alguna que no sea reconocida por los demás, pues si lo haces, o bien te enfrentarás a la autoridad del saber – que es solo apariencia – o bien no conseguirás que los demás crean en la nueva apariencia que tu descubras.

Corolario a la regla segunda: ello es así porque solo del consensu omnium deriva el saber y el reconocimiento – de los de arriba y de los de abajo. Y dado que una apariencia no es apariencia si no es compartida, conocer las apariencias es lo mismo que reconocer la autoridad. Y como toda autoridad deriva del pasado, aunque solo en el presente se ejerce in actu, de ello se deduce que solo aceptando el saber y la autoridad del pasado podremos desde el presente concebir la autoridad  que será activa en el futuro.

 

Regla tercera: busca el placer en el hallazgo de las apariencias.

Cuando lo halles, intenta lograr que los demás las conozcan también, compartiendo contigo tu placer, de modo tal que reconozcan tu autoridad como descubridor. Y avanza siempre con firme paso en este recto camino.

Y piensa que, si el bien consiste en el conocimiento de las apariencias aparentes y en el reconocimiento de los que conocen la apariencia de las apariencias aparentes, de ello ha de dimanar espontáneamente un placer natural, llamado libido sciendi.

Corolario a la regla tercera: a)- todas las obras de Dios son buenas dentro del orden de la naturaleza y el respeto de su voluntad.

b)- conocer la naturaleza en sus apariencias forma parte del plan providencial de Dios, pues es Él quien más sabe. Y dado que conocer es bueno y el dolor es malo, consecuentemente el conocer ha de proporcionarnos placer.

c)- y, puesto que por naturaleza solo podemos conocer las apariencias, si somos reconocidos por los demás, negarnos a disfrutar de este placer de ser reconocidos o admirados es un acto antinatural, egoista y contrario a la voluntad de Dios.

 

Regla cuarta: has de buscar todos los bienes de este mundo, según su jerarquía, puesto que todo lo que Dios ha creado es bueno.

Pero esos bienes ha de estar subordinados a la búsqueda del conocimiento de las apariencias, que solo es posible en la comunidad del académico claustro. Por ello es por lo que quienes lo buscan con afán han de ser sufragados en sus necesidades, lo que deberán hacer aquellas otras personas cuya vida ha de estar dedicada a las diferentes clases de labores, y que por ello son siempre ignorantes.

Coralorio a la regla cuarta: a)- todo lo que existe, excepto Dios, es condicionado por algo. Consecuentemente la sabiduría de las apariencias solo puede existir si existe un condicionante diferente a ella misma, que sea a la vez su causa.

b)- dado que la sabiduría no puede ser engendrada por sí misma, consecuentemente podríamos afirmar que la sabiduría de las apariencias existe gracias a la ignorancia. Ya que si no existiese la ignorancia no podríamos diferenciar lo que sabemos de lo que ignoramos.

c)- consecuentemente será necesario que existan los ignorantes para que puedan también existir los sabios. Y los ignorantes han de continuar siendo siempre ignorantes, ya que de lo contrario serían sabios, y ello supondría contradicción en los términos.

d)- será pues la misión de los que saben hacer que los ignorantes sigan siendo ignorantes de modo continuo y creciente, pues solo así ellos podrán incrementar su sabiduría.

 

Regla quinta: puesto que existe una jerarquía en la naturaleza, a la que llamamos la gran cadena del ser, y que va de las piedras hasta Dios, debe haber pues bienes superiores e inferiores.

El superior de todos los bienes es la sabiduría y corresponde a Dios. Por ello es justo en la tierra que todos los bienes y todas las personas contribuyan a favorecer el orden que sitúa en su cumbre a los que más saben. Pero como en este mundo solo se pueden conocer las apariencias, los que conocen las apariencias en la tierra deben poseer la mayor parte de los bienes terrenales, derivándose ello del principio de la jerarquía ascendente en la gran cadena del ser.

Corolario a la regla quinta: a)- si ello no fuese así se alteraría el orden de la creación. En ese orden el que manda debe ser obedecido por los que reciben las órdenes, porque si no no podría mandar nada y eso sería una contradicción en los términos, es por eso por lo que unos pocos deben mandar y los demás obedecer.

b) Pero para dar órdenes es necesario saber. Y como todo el saber no son más que apariencias, son los que conocen las apariencias los que han de dar las órdenes verdaderas.

c)- como, a su vez, los que conocen las apariencias las conocen porque sus apariencias son reconocidas por otros, serán aquellos que mejor finjan y conozcan las apariencias más aparentes los que tendrán derecho a gobernar a los demás ignorantes, en beneficio de su propia naturaleza, incapaz de lograr el conocimiento de la apariencia de las apariencias aparentes.

 

Regla sexta: no aspires a enseñar a los que, por estar fuera de los claustros no pueden saber, sino a ayudarles de acuerdo con su naturaleza  haciendo que te otorguen parte de sus bienes, pues ello forma parte del plan providencial.

Corolario a la regla sexta: a)- ello es así porque los ignorantes, al serlo, no pueden saber que ignoran, y consecuentemente no pueden ser capaces de aprender nada.

b)- no obstante, aunque no puedan poseer el supremo bien, sí pueden tener otros, pero no pueden hacer buen uso de ellos a causa de su ignorancia.

c)- consecuentemente su única forma de participar, aunque fuese de una forma lejana, del terrenal saber de las apariencias, será entregar sus bienes a beneficio de los que saben, quienes, al aceptarlos, los acercarán así Dios, por ser éste el único modo en el que los que no saben podrán disfrutar de la sabiduría.

 

Son estas, querido Teódulo, las reglas de orden general por las que has de regir tu mente.

Teódulo. Podrían parecer contradictorias pero son veraderamente sorprendentes metafísicamente hablando. Pero, ¿además de guiar mi espíritu, también han de guiar mi conducta, ya no con los ignorantes, cuya ignorancia me esforzaré en fomentar de forma acendrada para cumplir mis deberes, sino también con mis compañeros de los académicos claustros y las repúblicas de las letras y la erudición?

Filodoro. Por supuesto, si así no lo hicieres incurrirías no solo en contradicción lógica, sino en pecado mortal, por no someter tus deseos a los principios superiores del pensamiento que han de guiar tu conducta.

No obstante soy consciente de que la dificultad de mi argumentación puede hacer difícil su compresión para aquellas mentes metafísicamente poco avezadas. Por ello redactaré para ti y para enseñanza de los aspirantes futuros a la sabiduría unas tablas de la ley que han de guiar la conducta humana en el futuro. Y estas pétreas tablas de la ley han de estar a partir de ahora siempre expuestas en lugares muy visibles de los académicos claustros.

 

MANDAMIENTOS SUPERIORES DE LA VIDA ACADÉMICA

 

Primer mandamiento

Haz a los demás lo que no desearías que te hiciesen a ti. Puesto que, si actuases de otro modo, podría darse el caso de que todos llegasen a ser iguales, desapareciendo así la jerarquía y con ella el conocimiento de las apariencias.

 

Segundo mandamiento

No digas munca lo que piensas, pues ello sería vanidad. Ya que de ser así pretenderías afirmar que el conocimiento corresponde a la esencia y no a la apariencia.

 

Tercer mandamiento

Utiliza a los demás como medios para el logro de tus fines. Ya que, al no poder conocerse más que las apariencias, si supusieses que los demás también pueden pretender lograr un fin tan legítimo como el tuyo, pretenderías estar conociendo su verdadera naturaleza, lo que es imposible, además de vano.

 

Cuarto mandamiento

Acepta lo que pueda perjudicarte en un momento si puedes convertirlo en beneficio tuyo en el futuro. Es decir, sométete a la autoridad cuando veas que te conviene.

Quinto mandamiento

Haz sufrir a los demás en el futuro el sufrimiento que tu has tenido en el pasado. Pues así actuarás en su propio beneficio, poniéndolos en el verdadero camino de la búsqueda de las apariencias, el reconocimiento y la autoridad.

 

Sexto mandamiento

 No desprecies los bienes conseguidos a costa de los ignorantes, ya que así contribuyes a su propio beneficio. En efecto, como no puede haber un bien malo, ya que ello sería una contradicción en los términos, el desprecio de algún bien es en sí mismo perverso. Y dado que los ignorantes nunca pueden conocer su uso, utilizándolos tu contribuirás a hacerlos partícipes del recto orden de la creación.

 

Séptimo mandamiento

Piensa siempre que cualquier medio es bueno para lograr un fin, si ese fin es el tuyo en el desarrollo de tu curriculum vitae. Ello será así si ese curriculum sigue su natural camino de búsqueda de las apariencias e incremento de tu autoridad y tus riquezas.

 

Octavo mandamiento

Dedica toda tu inteligencia al cálculo y estudio de las apariencias de la vida claustral, pues es de tu integración en ella de donde derivará toda tu sabiduría.

 

Noveno mandamiento

No cumplas nunca tus promesas ni respetes la palabra dada, pues si así lo hicieses incurrirías en el pecado de vanidad. Lógicamente, al considerar que esas promesas eran verdaderas y algo más que una mera apariencia.

 

Décimo mandamiento

Considera siempre que solo tu y tus intereses son lo más importante para el bien de la comunidad y subordina a ello todos tus pensamientos, intenciones y acciones.

 

Filodoro. Esta ha sido pues, querido Teódulo, la primera lección que has de aprender en la vida académica.

Teódulo. ¡Y qué magistral lección!

Filodoro. Espero que con ella inicies tu andar por la senda de la sabiduría que nos ha de conducir a todos nosotros sin duda alguna a la vida eterna.

Teódulo. Pues claro, ya que he tomado buena nota de todo y he decidido aplicar todos tus principios consecuentemente.

 

Al caer la noche, cuando la luz de la Luna iluminaba las grises paredes del académico claustro, todos los novicios y profesores se retiraron a sus celdas. Envueltos en sus mantas y bien arropados para defenderse del frío y la humedad que emanaban las vetustas piedras de su morada, cada uno de ellos comenzó a hacer un esfuerzo para poder conciliar el sueño.

Uno de ellos repasaba mentalmente todos los teoremas de Euclides hasta que las líneas de sus figuras se le iban haciendo cada vez más borrosas y el sueño envolvía sus ojos, otro conjugaba los verbos griegos irregulares, mientras quizás alguno más fuese repitiendo de memoria los artículos del Digesto.

 

EL SUEÑO DE TEÓDULO

 

Teódulo se quedó ese día dormido al instante y pronto comenzó a soñar que se le aparecía un pequeño coro de ángeles vestidos de blanco, de cabellos rubios y que llevaban ceñidas en sus cabezas guirnaldas de flores, de modo tal que más se parecían a las Ninfas, Náyades o Nereidas de las que hablaban los poetas de la gentilidad que a las potestades celestiales, tal y como las podemos conocer.

Levantaron a Teódulo de su lecho y lo ayudaron a subir por una gran escalera de mármol blanco, llegando a una gran antesala en la que celebraban un banquete, mientras escuchaban música, una serie de célebres personajes que en el pasado habían sido reyes, emperadores, papas, y que habían desempeñado con sabiduría las artes del buen gobierno.

Conversaba allí Edipo de Tebas, que había accedido al trono al matar justamente a su padre en un cruce de caminos, movido por la justa indignación que siempre suscitan en todos nosotros los accidentes de tráfico de los que no somos culpables, con Rómulo, fundador de la ciudad eterna. Señalaba Edipo que quizás el error de su vida hubiese sido el casarse, sin saberlo, con su madre, movido por esa extraña atracción hacia las mujeres maduras que él no lograba comprender. Mientras, le indicaba Rómulo que él había tenido que matar a su hermano Remo para evitar un conflicto en la sucesión al trono de Roma.

Ambos se sentían a gusto, pues estaban muy bien acompañados por el dios Crono, que había castrado a su padre Urano para poder gobernar el reino de los cielos; por Zeus, que había mandado a su padre al destierro para evitar que siguiese teniendo la manía de comerse a sus hijos. Y por otros tantos reyes y emperadores, como Sargón de Acad, Calígula, Nerón, que para conseguir el justo fin de hacerse con el poder y mantenerse en él habían tenido que utilizar medios de diferentes tipos.

A todos ellos les estaba dando clase Maquiavelo, que siempre iba a su aula vestido de romano, no solo para parecer más antiguo, sino también más sabio, y que no dejaba de ilustrar con cientos de ejemplos del pasado su idea de que todo el mundo quiere el poder, quiere conseguir el poder, aumentarlo y mantenerlo, y que para ello se deben utilizar todo tipo de medios.

Hubo en el sueño de Teódulo tantos personajes que la noche se le pasó volando. Se despertó muy descansado y por eso al día siguiente se acostó muy tarde. Se dice que alguien lo vió moverse de noche entre las sombras del claustro. Puede ser; al fin, volvió a su celda. Y tras despertarse a la mañana siguiente oyó gritos en su colegio, unos gritos que anunciaban que alguien había asfixiado esa noche al Deán Filodoro con su propia almohada, por lo que habría que elegir un sucesor.

Téodulo, depositario de la sabiduría de Filodoro, comenzó a pensar que por tener en sus manos el pergamino de la lección magistral, y gracias al sueño que había tenido la noche anterior a la muerte del Deán, él debería ser su sucesor.

Para conseguir su justo fin comenzó a establecer sus redes de influencia con algunos profesores y novicios, convenciéndolos de su candidatura, gracias a sus ofrecimientos de honores, beneficios y otros bienes de diferentes tipos. Pero sobre todo cuando les narró su sueño, que sin duda se interpretó como un posible signo de su designación divina.

Pasaron así unos días, y con ellos sus noches; en una de ellas Teódulo volvió a tener otro sueño, en el que continuó subiendo por la misma escalera de blanco mármol y pudo de nuevo disfrutar de la sabiduría de antiguos perosnajes de la literatura pagana, que le fueron explicando cómo habían ido eliminando a sus parientes, a sus hijos, sus suegros y a sus yernos. Allí estaban  Teseo, rey de Atenas, Medo, Anfión, Jasón, Tereo y Tiestes, todos ellos personajes de gran prestigio literario con los que algunos italianos de la familia Borgia conversaban acerca de las propiedades de algunas plantas.

Guiado por este sueño, y una vez que hubo desaparecido misteriosamente el cadáver de Filodoro – alguien comentó que quizás el aspirante Teódulo hubiera podido tener algún interés en ello-, Téodulo decidió que, una vez elegido, no cumpliría ninguna de las promesas que le había hecho a los que lo hubiesen promovido para su cargo.

Volvía soñar cada noche, seguía subiendo escaleras y observando cada vez más y mejores ejemplos de la pasada historia, sagrada y profana. Al despertar otro día, tras haber tenido una conversación con Odiseo y el rey Néstor, que le contaron sus hazañas: capturando esclavas, ganado, trípodes de bronce, y joyas de oro, a la vez que le indicaban, sobre todo Odiseo, cómo en su camino de vuelta a casa para recuperar su reino, es decir en su curriculum vitae, había mentido al Cíclope Polifemo, habiéndolo dejado ciego, y engañado a las diosas Circe y Calipso, concluyó Téodulo que debía deshacerse de sus compañeros y aliados claustrales.

Siendo consciente, de acuerdo con la lección magistral de Filodoro, de que todos los bienes son buenos, ya que por eso se llaman bienes – si no se llamarían males – decidió Teódulo buscar aliados fuera del claustro. Unos aliados que fuesen fieles a sus principios y antepusiesen siempre su interés al de los demás, que utilizasen a los demás como medios para sus fines, pero eso sí ,respetando siempre la jerarquía marcada por la gran y ascendente cadena del ser, por la que Téodulo creía ir ascendiendo en la escalera de su sueño

Fue así como los contrabandistas de su ciudad – en aquella España de fines del siglo XVII- comenzaron a ser sus más fieles aliados a la hora de fomentar las virtudes del comercio, base de la verdadera civilización. Con ellos fueron un día a reunirse en un banquete los profesores y novicios que habían promovido a Teódulo, y (nadie llegó nunca a saber por qué), ese mismo día desaparecieron para siempre.

Y como el servicio de las letras y el servicio del comercio no es posible sin el servicio de las armas, Teódulo favoreció en extremo, en orden a la consecución de sus justos fines, a los mercenarios de distintas partes de Europa que pululaban por el reino, redimiendo a algunos criminales cautivos, gracias al noble servicio de las mismas armas. Y, naturalmente, puesto que, como se solía decir: “los nervios de las batallas son dineros”, buena parte de las académicas rentas fueron destinadas al recto fin del mantenimiento del orden civil, labor imposible sin el uso de la fuerza. Un uso del que derivan toda clase de beneficios y que también ha de permitir el moderado uso del placer que a mercenarios, bandoleros y contrabandistas, y a buena parte de los hombres en general proporciona el llamado mundo de la mala vida.

Como en la España de su tiempo las mujeres que desempeñaban sus menesteres en ese mundo eran guiadas por la Iglesia, que luego las conducía hacia el camino de la salvación, de acuerdo con el ejemplo de María Magdalena, Teódulo decidió completar la labor de su gobierno integrando en el mundo de la vida académica, para beneficio de esas mismas mujeres, a aquellas que ejercían su oficio de modo más excelente. Se dio a su vez cuenta de que lo mismo que ellas hacían lo habían hecho también las grandes princesas, cortesanas y amantes de los dioses del Olimpo, con las que una noche conversó en el último de sus sueños, cuando alcanzó la terraza a la que por fin conducía aquella blanca escalera.

De este modo Teódulo se hizo dueño de su universidad y llegó a ser famoso en España por su sabiduría, su riqueza y su prestigio, pues gracias a sus conocimientos de las leyes, al soborno continuado de jueces y magistrados, a la colaboración de la Inquisición, y de todos aquellos que ejercen las profesiones sobre las que se ha de asentar el buen orden social, llegó a gobernar a toda su ciudad de modo tan sabio que, persiguiendo siempre y ante todo sus intereses, hizo florecer el bien común en el mismo momento en el que el Imperio Español estaba comenzando a derrumbarse.

Los profesores huecos

LOS PROFESORES HUECOS Y “EL FIN DEL CONOCIMIENTO”

 

José Carlos Bermejo Barrera

 

 

Si tuviésemos que acuñar un lema que pueda describir a la sociedad española actual, podríamos pedir prestado a Chris Hedges el título del libro con el que ganó el Premio Pulitzer del año 2009: El imperio de la ilusión. El fin de la cultura y el triunfo del espectáculo (Hedges, 2009), puesto que en muchos aspectos las sociedades española y americana, que al fin y al cabo no son más que dos partes del complejo mundo del capitalismo global, son semejantes en muchos aspectos.

La sociedad española del año 2011 está fuertemente condicionada, en efecto, por la existencia de una auténtica red de desinformación construida por los grandes medios de comunicación, tal y como ha analizado Max Otte (Otte, 2010), que no necesitan necesariamente mentir de un modo palmario o dar noticias falsas, sino construir una estructura de la información en la que el mejor modo de ejercer el control es administrar las correspondientes dosis de silencio a todas aquellas noticias o personas cuya presencia o cuya existencia pudiese poner en peligro el discurso que se plasma en los medios de comunicación impresos, digitales o audiovisuales.

Esa estructura informativa se estructura, según Hedges en cinco ilusiones o apariencias: la apariencia de la cultura, la apariencia del amor, la apariencia del saber, la apariencia de la felicidad y la apariencia de la nación. Todas ellas se basan en la creación y difusión masiva de imágenes, eslóganes y patrones discursivos que tienen dos propósitos fundamentales: dar la sensación de que agotan el mundo y describen la realidad, y silenciar y apagar cualquier posibilidad de debate real, de discusión o de disidencia.

En el imperio de la ilusión, uno de cuyos elementos en España es el llamado “proceso de Bolonia”, al que C. Hedges llamaría la “ilusión de la sabiduría”, son fundamentales los componentes siguientes. En primer lugar, conquistar el control absoluto de los mecanismos de generación de la información en un mundo en que se supone que existe el libre mercado, y la libertad de opinión, expresión y prensa. En segundo lugar, acuñar eslóganes vacíos que parezcan esconder la clave más profunda del acceso a la realidad, pero que de hecho no son más que mera propaganda, diseñada por expertos en marketing, ya sea comercial, político o cultural. En tercer lugar, empobrecer el lenguaje mediante la reducción del vocabulario, la simplificación de las formas de razonamiento y la anulación de la capacidad de reflexión y diálogo. En cuarto lugar, crear un sistema de metáforas que permitan describir ese mundo de apariencias, y en esas metáforas en España desempeña un papel esencial el fútbol, cuya presencia en los medios de comunicación es desproporcionada, ya sea en el tiempo que ocupa en los informativos generales de radio o televisión, o en las páginas de la prensa no deportiva, y que se ha convertido en la forma básica del pensamiento de la que políticos e intelectuales extraen gran parte de sus símiles cuando pretenden explicar una verdad profunda. Y por último, crear un espacio cerrado de silencio, al que se condena a todas aquellas personas, acontecimientos y realidades cuya sola presencia pudiese poner en peligro el imperio de la ilusión, puesto que su mera existencia podría resultar hiriente, en tanto que no se pueda justificar, ni muchos menos explicar.

El imperio de la ilusión es el imperio de la superficialidad y al servicio de ella se pueden poner increibles medios técnicos, informáticos, electrónicos o de otro tipo, cuya complejidad, perfección y eficacia se utilizan como coartada para señalar el interés y la profundidad de los mensajes, los conceptos y las palabras de estos discursos banales, siendo ambas cosas perfectamente compatibles.

En el imperio de la ilusión que en nuestro caso encarna el llamado “proceso de Bolonia”, se han dado una serie de transformaciones económicas e institucionales de la educación superior española que nadie sabría definir, pero que se ofrecen bajo una máscara de modernidad, renovación y transformación global. Y en él los mecanismos de desinformación están funcionando de un modo magistral, cumpliendo todos y cada uno de los parámetros anteriores.

En primer lugar se ha conseguido monopolizar los mecanismos de generación y difusión de la información dentro de un marco académico en el que se afirma que existen formas democráticas de gobierno y en el cual todos los profesores, alumnos y personal administrativo pueden expresarse libremente.

En segundo lugar se han creado lemas vacíos, necesarios para ocultar el verdadero propósito del llamado proceso, como son las ideas de la necesidad de ajustar las universidades a la demanda del mercado y la empresa, que por otra parte poco parecen necesitarlas; la idea de que toda reforma solo debe ser formal y no tener contenido, que se ha aplicado magistralmente en la elaboración y en los mecanismos de verificación y comprobación de grados, másteres y en los sistemas de evaluación del profesorado y de sus publicaciones, que siempre han de ser valoradas sin ser leídas ni discutidas, sino solo por el contexto externo, por el lugar en el que se sitúan.

En tercer lugar se ha empobrecido el uso del lenguaje y se han anulado la capacidad de pensar y de analizar con sentido crítico ningún aspecto de la realidad. En ese proceso está siendo parte fundamental el notorio desprecio por los libros, sean del tipo que sean, que muestran las autoridades académicas españolas, y que comparten muchos profesores y la mayoría de los alumnos (que al fin y al cabo son instruidos por sus maestros).

El desprecio por los libros se está plasmando en una política muy clara y cuantitativamente comprobable de empobrecimiento de las bibliotecas universitarias y sus adquisiciones, en la decadencia de la edición científica y universitaria en general, y en el descenso del préstamo de libros en las bibliotecas universitarias, registrable informáticamente. Los libros son despreciados por las autoridades académicas, los profesores y los alumnos, porque se dice de ellos que con ellos no se crea la ciencia, lo que se hace solo con los papers de las revistas de referencia. Se dice también que los científicos no escriben libros, lo que es cierto en España, pero no en otros países más desarrollados académicamente, como los EE.UU., Alemania, Inglaterra o Francia, países que controlan los mercados de la edición universitaria internacional. Y también se afirma que todo lo que se puede encontrar en los libros está ya en internet, razón por la cual los libros desaparecerán muy pronto.

Hay muchas cosas en internet: por ejemplo, el 50% de su contenido es pornografía, como señala Hedges (Hedges, 2009, pp. 55/ 87), lo que responde a una cierta demanda del mercado y cumple una función al servicio de la sociedad. En internet están las revistas científicas, que no se pueden consultar gratuitamente, sino a precios desorbitados impuestos por las tres multinacionales que controlan ese tipo de mercado, y en internet también hay miles y miles de libros. Un libro es un libro, ya esté grabado en piedra, arcilla, pergamino, papel o en un soporte electrónico. Un libro es un texto más o menos largo y complejo que exige un esfuerzo de lectura y comprensión, ya sea siguiendo un relato, un argumento, un discurso o una demostración matemática. El desprecio hacia los libros que se están implantando en España dentro del llamado “profeso de Bolonia” no puede ser un desprecio al papel impreso sino que en realidad es un desprecio al pensamiento.

En el uso de internet, como han analizado Nicholas Carr y Franck Frommer (Carr, 2011; Frommer, 2011), se puede caer bajo el dominio de la superficialidad. Los programas informáticos facilitan la búsqueda de datos previamente registrados y detectables mediante programas de búsqueda (los no registrados ni detectables pasan simplemente a no existir), por lo cual quien controla el registro y el patrón de búsqueda controla y crea la realidad. En una búsqueda de datos de tipo x con un programa y, todos los usuarios acaban por hallar los mismos datos, razón por la cual intenet puede ser un instrumento esencial a la hora de uniformizar el pensamiento. Y es por eso por lo que los diseñadores del “proceso de Bolonia” admiran al Gran Hermano de internet.

Por otra parte intenet, como señalan N. Carr y F. Frommer, privilegia la conectividad sobre el flujo lineal mediante el uso constante de links, cada vez más breves, más numerosos, que obligan a desplazar constantemente la atención y a abandonar la trama narrativa, discursiva o demostrativa, haciendo que el internauta pueda perderse por los caminos del bosque. Internet y todas las herramientas digitales existentes, cuyo diseño es el fruto del trabajo, el esfuerzo y la inteligencia, son eso, herramientas utilizables para un fin, mejor o peor, según la inteligencia y los conocimientos de quien las utilice. En España, por el contrario, y en el “proceso de Bolonia” en concreto, internet es la bandera bajo la que se está predicando el odio al pensamiento, a la inteligencia y al espítitu crítico, y bajo la que se pretenden uniformizar y someter a las comunidades académicas dentro de un común molde de mediocridad.

En el universo mental que se está implantando en España el complemento esencial de internet es el fútbol, que se ha convertido en la forma básica de la comunicación y en la forma más compleja de pensamiento. Y ello es así porque el fútbol exige la acumulación e interpretación personal de la información en un proceso continuo: la liga. Y para entender esa liga es necesario manejar múltiples variantes, partidos, combinaciones, fichajes, opciones posibles de futuro, estrategias, y manejar una memoria personal de conocimientos de otras ligas. Además, como el resultado de un partido no puede ser predicho ni es calculable, sino que en gran parte es fruto del azar, el análisis del fútbol no puede ser llevado a cabo a través de programas informáticos diseñados a base de algoritmos, sino gracias a la intuición e inteligencia personales, razón por la cual parece haberse convertido en España en el único campo en donde el pensamiendo personal puede desempeñar algún papel, aun dentro de un deporte de masas nortoriamente alienante, y que puede servir como un mundo perfecto que cada fin de semana nos permite alejarnos de la realidad, para volver a aceptarla el lunes.

El fútbol proporciona a las autoridades académicas sus metáforas básicas: “fichajes de científicos”, “ligas” en la que se consigue un premio, en su caso la excelencia, “rankings” de revistas, de citas, “cracks” en las diferentes especialidades, premios, recompensas constantes y triunfos científicos, que son los equivalentes de las diferentes copas, “marcas” de universidad, similares a los nombres de los grandes de la liga… Y todo ello en un país en el que el deporte no desempeña ningún papel en la vida académica, al contrario que en EE.UU. (Bok, 2010; Ginsberg, 2011) donde el deporte universitario es fundamental en algunas ligas y constituye una parte de los ingresos de sus universidades. Sin embargo que secretari@os de Estado, ministr@s o rector@es muestren tal admiración por las metáforas deportivas no es en modo alguno contradictorio, a pesar de que no exista en España el deporte universitario de alta competición, porque también muestran una admiración absoluta por el mundo de la empresa, siendo todos ellos funcionarios públicos. Lo hacen porque se limitan a repetir el discurso dominante del imperio de la ilusión.

Por último, en el “proceso de Bolonia” se está administrando también magistralmente el silencio, gracias a la asfixia informativa, que se hizo posible por la total coincidencia de las ideas, los propósitos y las estrategias de la educación superior de los grandes partidos, PP y PSOE, y de los principales sindicatos que colaboraron en la construcción de un sistema que comienza a volverse en su contra al iniciarse un nueva etapa de crisis económica, pero del que han sido también sus grandes beneficiarios.

El silencio de Bolonia se aplica a los escasísimos profesores disidentes, a los movimientos estudiantiles, que pasan a ser considerados como amenazas para el orden público y los que se ha asfixiado mediante la creación el día 31 de diciembre del año 2010 de un Consejo del estudiante universitario a nivel estatal, único y obligatorio órgano reconocido de diálogo estudiantil, que preside nada más ni nada menos que el ministr@ de Educación, y que ha sido aceptado sorprendentemente sin ningún tipo de resistencia por estudiantes y profesores. Y ese mismo silencio se quiere aplicar al pasar a considerar a los profesores que no quieren entrar en este sistema como “viejos”, “anticuados”, “incapaces de realizar el esfuerzo que Bolonia exige” y torpes porque no son capaces de entender que una gran reforma de la educación superior no debe tener contenido, sino solo forma, que los protocolos han de ser seguidos por todos porque son perfectos, como perfecto es el sistema – disfuncional, costoso, inutil y además basado en la doble moral que afirma que no pasa nada si no se cumple – en donde los nuevos profesores “jovenes”, en edad o en “mente” si son quienes mandan y ya tienen sus años, se reconocen mutuamente en ese nuevo imperio de la felicidad académica, solo amenazable por el cierre del grifo del dinero público.

El discurso del “proceso de Bolonia” es un discurso vacío y que choca frontalmente con la realidad de las universidades españolas, públicas en su mayoría, que viven al margen del mercado y la sociedad, disfuncionales en su distribución, faltas de planificación e instrumentos al servicio de sus profesores. Pero es partiendo de ese mismo discurso como esas mismas universidades han ido cavando la fosa para sus ataúdes, cuando el discurso neoliberal que tanto admiran les sean aplicable en realidad, y cuando tengan que enfrentarse a la realidad de un mercado con cuatro millones de parados y a a una sociedad y a un país por el que no hacen ya prácticamente nada, al haber relegado a un segundo plano su función docente.

El “proceso de Bolonia” ha tenido un propósito fundamental: sentar las bases para una reconversión radical de las universidades, gracias a la connivencia, a la torpeza y a la falta de dignidad académica de la mayor parte de sus profesores que lo han aceptado por inercia, por ignorancia y pensando, en algunos casos, que ellos iban a ser sus grandes beneficiarios. Veamos cómo.

Para comprender lo que está ocurriendo en las universidades españolas debemos tener en cuenta que en éstas se ha producido una gigantesca disonancia cognitiva, ya que se ha definido como transformación radical lo que no fue sino una espectacular vuelta atrás. Una vuelta atrás que ha consistido en crear unas universidades burocratizadas hasta la esclerosis, aisladas de la realidad, incapaces de analizarse a sí mismas, gracias a los patrones de medición que ellas mismas diseñan para impedirlo, y formadas por profesores sumisos, que aceptan sin crítica todo tipo de disciplina, que se están quedando al margen de la evolución real de sus verdaderos saberes, y que se ven cada vez más controlados y vapuleados por unas complejísimas tramas de control y gobierno que van siendo copadas por las únicas personas que pueden desenvolverse en ellas: los profesores que creen – y algunos de ellos con buena voluntad – en la uniformidad de los protocolos burocráticos e informáticos, que admiten que el pensamiento en sí mismo no tiene valor, sino solo lo que pueden ser sus signos externos, que toda disidencia es criticable, condenable, y cuando no reprimible, y que todo es perfecto el imperio de la ilusión académica, siempre y cuando se siga recibiendo todo el dinero que se pide para estos fines prioritarios. Unos profesores cuyos cargos se incrementan desproporcionadamente, en el resto del mundo y en España, y que forman lo que Benjamin Ginsberg llama el mundo de los deanlets (“decanitos”) en la universidad omniadministrativa (Ginsberg, 2011), que concuerda con todas las características intelectuales, discursivas y normativas anteriormente señaladas.

La universidad española que va a nacer con el “proceso de Bolonia” no será un nueva universidad moderna, dinámica, actualizada en sus saberes, flexible y adaptada a las necesidades sociales y económicas de su entorno, sino por el contrario una universidad burocrática, rígida, aislada del mundo real, autocomplaciente, incapaz de analizarse a sí misma críticamente y dispuesta a aplastar progresivamente cualquier tipo de disidencia, mediante el silencio, o con medios disciplinarios, como los que se anuncian para los estudiantes como complemento del Real Decreto que crea el Consejo del estudiante universitario (BOE 31-XII-2010), cuya cara B será un nuevo reglamento de disciplina académica.

La nueva universidad española se va a parecer más al mundo de la Restauración borbónica de fines del siglo XIX y comienzos del XX que al de las universidades de investigación alemanas o anglosajonas, o al de las universidades del nuevo mercado capitalista (Slaughter y Rhoades, 2010; Newfield, 2003 y 2008), que se basan cada vez más en profesores precarios, unidos al proceso creciente de digitalización de los contenidos y al paso a la enseñanza virtual, que no necesita de procesores fijos con salarios elevados, sino solo de tutores.

Ello es así porque el “proceso de Bolonia” ha creado una nueva mentalidad académica en la que se exacerban todas las características de la mentalidad burocrática y que está consiguiendo crear unas nuevas élites académicas, no basadas en el saber, ni en la jerarquía del conocimiento, sino en su capacidad de manejar protocolos fijos y a la par de desarrollar un doble discurso mediante el cual su habilidad meramente cortesana que les permite moverse en un mundo cerrado, como es el mundo universitario, se convierte en el mecanismo básico de la generación y el reconocimiento de la distinción académica. Veámoslo punto por punto.

Sociológicamente considerados los burócratas tienen las siguientes caracterísiticas: a)- poseen la capacidad técnica de desarrollar un proceso pautado racionalmente en el campo de la administración y el gobierno; b)- desarrollan sus funciones de un modo neutro y objetivo, sin atender a favoritismos ni filiaciones políticas, económicas o sociales de cualquier tipo; c)- admiten, respetan y admiran la jerarquía y la autoridad, pues sin ella su labor sería imposible; d)- desean promorcionarse en la pirámide burócratica; e)- de esa promoción derivan la mayor parte de sus ingresos; f)- renuncian a analizar críticamente, o no son capaces de hacerlo, ni su situación personal ni el propio sistema del que forman parte y con cuyos valores se identifican plenamente; g)- admiten y apoyan el castigo y la represión de los enemigos de ese sistema, sean exteriores o interiores (Merton, 2002; Mosca, 1939; Mills, 1957; Wittfogel, 1966).

En el caso de la universidad burocrática del “proceso de Bolonia”, cada una de estas características se configura de un modo parcialmente perverso, puesto que lo que se hace a nivel se niega en otro. Veámoslo punto por punto:

a)- las autoridades académicas, los profesores y los funcionarios universitarios españoles se componen básicamente – al igual que ocurre en todos los grupos sociales, las organizaciones y las empresas – de tres grupos: una minoría muy reducida de personas que destacan por sus conocimientos, sus capacidades y su inteligencia, una mayoría de personas capaces y competentes en su trabajo, un trabajo que realizan con toda la honradez posible, y una minoría de personas poco capaces, que se mueven a veces en los límites no solo de la competencia, sino de la honradez.

En un sistema burocrático racional es el grupo intermedio la columna vertebral de cada institución. Ese grupo admira a aquellos que considera que encarnan en el mejor grado los valores del institución y la profesión, y considera que esas personas o bien son las que deben gobernar en un sistema burocrático pirámidal, o por lo menos deben ser objeto de respeto y consideración intelectual. En el “proceso de Bolonia” se está produciendo una perversión de este principio porque las capacidades de gobierno y administración responden a un doble lógica: se alaba el mercado desde la universidad pública, se predica la movilidad laboral desde el empleo fijo y se desvirtúa el papel de la universidades, al relegar los valores de la docencia a favor de un discurso supuestamente a favor de una investigación para el mercado, cuando el mercado no la demanda, sumándose a ello posibles mecanismos de distorsión económica mediante la creación y configuración de redes de empresas dentro de la universidad, a la que, desde un discurso del servicio público se acepta poner al servicio de los intereses (legítimos en su campo, pero no en el de la universidad) de las empresas privadas.

Todo ello que supone una pérdida de la racionalidad burocrática, que es gravísima desde el momento en el que se construye sobre la función pública todo un discurso falso, el imperio de la ilusión, que la hace caer en el descrédito, dentro y fuera de las propias instituciones. Como dijo en una ocasión una autoridad académica, que por respeto no citaré, “nuestras normativas son de obligado cumplo y miento”, lo que le hizo merecedor del calificativo de cínico por parte de un alumno asistente en un acto en el que se debatía algo tan esencial para el futuro de la educación como lo es el máster docente.

b)- partiendo de esto será fácil comprender que la duda de que los funcionarios universitarios desempeñan su labor de un modo neutro y objetivo extiende cada vez más su negra sombra. La opinión pública española y la opinión mayoritaria en el mundo académico asume que no hay neutralidad en la universidad, que hay una doble moral muchas veces, que se ponen muchas veces las instituciones al servicio de intereses ajenos a sus fines y que parece estarse generando un río revuelto que favorecerá las ganancias de algunos pescadores en los mecanismos de creación de plazas, de promoción, de captación de fondos de investigación, e incluso en la creación de centros y construcción de edificios.

Todo ello se se está haciendo dentro de los márgenes que la ley permite. Lo que ocurre es que mucha gente pasa a creer que la ley en España y en sus universidades se puede manejar, e incluso manipular por quien es más habíl. La administración pública, como ya no es neutral y objetiva, pasa a ser el dominio de los listos, que en la universidad pasarían a dejar en la sombra a los inteligentes y a los que saben, pervirtiendo así el sentido de la institución, al incumplir flagrantemente este segundo criterio.

c)- al pervertirse el sentido de la institución, desde el momento en el que pierde su neutralidad, su eficacia, no responde a sus fines y abandona el conjunto de valores que son consustanciales a la existencia de toda institución, se destruyen los criterios de jerarquía y autoridad. El ascenso en la escala del poder en la pirámide burocrática deja de obedecer a las reglas propiamente académicas y se convierte en un campo de juego para personas o grupos de personas que consideran, en la universidad al igual que en la política española, que basta con moverse para acumular votos, recursos y controlar determinados órganos y protocolos de control investigador, docente o de captación de fondos para copar el poder académico y utilizarlo, si así se desea, para la propia promoción académica, social, económica o política.

Todo ello trae consigo una crisis de autoridad y legitimidad en el marco institucional y el desarrollo de un proceso que se conoce en sociología como la anulación y extinción de las élites, previo al desmoronamiento de un sistema institucional que pierde su legitimidad.

d) y e)- si se produce un proceso de deslegitimación de la autoridad y dado que todos los funcionarios desean promocionarse dentro de sus instituciones, porque de ello derivan su satisfacción y su reconocimiento profesionales y personales, así como una mejora de su ingresos, el conjunto de los miembros de una insitución pasan a pensar que cualquiera puede desempeñar los cargos y ejercer la autoridad y que en último término todo el mundo lo hace solo por su propio interés profesional o personal o simplemente para enriquecerse, con lo cual la sombra de la corrupción se extiende sobre toda la función pública, tal y como está ocurriendo en España.

Por supuesto que esta acusación es injusta, tanto para la función pública como en concreto para la universidad en general, puesto que sigue habiendo en ella un núcleo básico de personas competentes, trabajadoras y honradas, así como de personas que ocupan cargos intentando lograr el bien común y mejorar la situación de la institución. Pero es lo mismo, la crisis de legitimidad de una institución basada en la burocracia, y sobre todo la crisis de autoridad dentro de la misma, arrastra a la institución en su conjunto, a menos que desde su interior aquellos que representan la parte sana alcen su voz ante la opinión pública, denuncien sus males y pidan su reforma y la aplicación de los mecanismos correctores, que sin duda ya existen, pero no se aplican.

Como esto no está ocurriendo en la universidad, su crisis de legitimidad se hace evidente. Pero es que además se pretende corregirla no haciéndola volver a su lógica institucional específica, basada en la función docente, sino con una reconversión neoliberal cuyas consecuencias son imprevisibles porque las universidades españolas no pueden sobrevivir en el mercado libre y mucho menos en el mercado salvaje. Los responsables de ello serán quienes han llevado a sus universidades a la situación en la que están y quienes están dispuestos a ponerlas al servicio de una serie de empresas de las que ellos mismos esperan obtener recompensas a costa de sus propias instituciones, de sus compañeros y basándose en la perversión del principio de promoción burocrático-racional.

f)- la inmensa mayoría de los profesores españoles han renunciado a denunciar lo que está pasando en sus universidades, ya sea por miedo, por comodidad, por indiferencia, por resignación o por cinismo, o lo que es lo mismo, porque a algunos de ellos en este sistema les va francamente bien.

En el año 2011 hay menos nivel de disconformidad en los profesores españoles que en los últimos años del franquismo, en los cuales el movimiento de los PNN (profesores no numerarios) llegó a ser bastante crítico con el sistema. Y ya no digamos entre los años 1978 y 2000, aproximadamente, en los que el nivel de debate, crítica y confrontación fue muy elevado.

Sin embargo, desde el primer gobierno de José Mª Aznar la situación cambió notoriamente con la introducción de un sistema basado en la evaluación y los pequeños incentivos que poco a poco fue generando la situación actual. Como la política universitaria del PP fue seguida por todos y cada uno de l@s ministr@s de Zapatero, la práctica totalidad de la izquierda española asumió el mismo discurso neoliberal en su versión doble sobre la universidad que provenía de la etapa anterior y silenció todo tipo de crítica en aras de la defensa del supuesto socialismo, que encarnaba el gobierno estatal, o de las políticas y los intereses de los partidos nacionalistas que compartieron también el mismo discurso y los mismos propósitos.

En ese discurso los términos genéricos y vacíos fueron la clave para ocultar la realidad. Así por ejemplo se habló de “proceso” en vez de reforma, de “espacio” en lugar de sistema, de “mercados” en lugar de intereses financieros, de “recursos humanos” o de “capital humano” en vez de profesores, de “clientes “ en lugar de alumnos, de “investigación” uniforme para todo y para todos en lugar de creación de conocimiento, de “docencia”, en lugar de enseñanza, de “proyectos competitivos” en lugar de proyectos concedidos por redes de funcionarios evaluadores, de “innovación” uniforme y siempre tecnológica y a ser posible digital, por simplificación y estandartización de la enseñanza, etc.

Ese discurso, como el discurso neoliberal en la economía, apela a conceptos abstractos porque así consigue hacer creer que tienen valor científico y neutro, a pesar de que, en el campo de la economía por ejemplo, ninguno de sus modelos haya funcionado desde el inicio de la crisis financiera. Lo mismo ocurre en la universidad, pero en ella el hecho ha sido más grave, ya que se supone que los profesores universitarios, como científicos, buscan desinteresadamente el conocimiento, lo ponen al servicio de la comunidad científica de modo público y son siempre escépticos, críticos y están dispuestos a cambiar constantemente sus modelos, dejando de ser científicos y profesores cuando no lo hagan. Pero lo han hecho y:

g)- han pasado a apoyar el telón de silencio en el que se han visto envueltas las universidades y ellos mismos, siendo cómplices y culpables del mismo por omisión. Los científicos españoles, los profesores españoles, muchos de ellos excelentes profesionales, están aceptando un sistema burocrático que premia la mediocridad, que se basa en un lenguaje vacío, que a veces ni siquiera se creen quienes lo enuncian. Ellos mismos aceptan ser controlados y estar sometidos por quienes en muchos casos ni siquiera poseen los mínimos méritos científicos reconocidos, como se puede ver en tantos y tantos curricula de ministr@s, secrertari@s de estado, rector@s y todo tipo de cargos académicos. Aceptan las descalificaciones de quienes solo saben pronunciar palabras y lemas vacíos, de quienes son incapaces de argumentar, de hablar en público con corrección en muchos casos, razón por la cual huyen del debate e intentan siempre exponer su discurso en actos oficiales en los que solo ellos pueden hacer uso de la palabra.

Los científicos y profesores españoles en la inmensa mayoría de los casos asisten impertérritos, cuando no comparten, los lemas de quienes hablan del mercado sin entender el abc de la economía, de quienes creen que el uso de herramientas informáticas (en el que les podrían impartir un máster la mayoría de los adolescentes españoles) ha de ser la mayor aspiración de los profesores que progresivamente dejan de conocer sus materias, ya que desprecian los libros, la lectura y el auténtico trabajo intelectual.

Los científicos y profesores españoles en muchos casos ya no buscan el conocimiento sino solo publicar lo que se pide, y en la forma como se pide en las revistas que ellos controlan o en las que ellos publican. Y por ello gran parte de los científicos y profesores españoles están siendo corresponsables de ese proceso de extinción de las elites académicas, de promoción en algunos casos de mediocres a altos cargos, desde cuales lo único que saben hacen es expresar su admiración por el dinero bajo el discurso del emprendimiento, y por el poder político bajo el discurso del interés social. Y desde los que están sentando las bases para una futura reconversión de la universidad de la que algunos de ellos esperan salvarse como las famosas ratas del dicho que abandonan siempre el barco justo antes del naufragio.

Referencias bibliográficas

Bok, D. (2010), Universidades a la venta. La comercialización de la educación superior, Valencia, Publicacions de la Universitat de València (Princeton University Press, 2003).

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Frommer, F. (2011), El pensamiento PowerPoint. Ensayo sobre un programa que nos vuelve estúpidos, Barcelona, Península (París, 2010).

Ginsberg, B. (2011), The Fall of the Faculty. The Rise of the All-Administrative University and Why it Matters, Oxford, Oxford University Press.

Hedges, C. (2009), Empire of Illusion. The End of Literacy and the Triumph of Spectacle, Nueva York, Nation Books.

Merton, R.K. (42002), Teoría y estructura sociales, México, FCE (según la ed. de 1968).

Mills, C.W. (1957), La élite del poder, México, FCE (Nueva York, 1956).

Mosca, G. (1939), The Ruling Class, Nueva York, McGraw-Hill.

Newfield, C. (2003), Ivy and Industry. Business and the Making of the American University, 1880-1980, Durham y Londres, Duke University Press.

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Otte, M. (2010), El crash de la información. Los mecanismo de la desinformación cotidiana, Barcelona, Ariel (Berlín, 2009).

Slaughter, S. y Rhoades, G. (2004), Academic Capitalism and the New Economy. Markets, State, and Higher Education, Baltimore, The Johns Hopkins University Press.

Wittfogel, K.A. (1966), Despotismo oriental. Estudio comparativo del poder totalitario, Madrid, Ediciones Guadarrama (New Haven, 1963).

Los doctores de Bolonia

LOS DOCTORES DE BOLONIA.

Un diálogo casi platónico

 

José Carlos Bermejo Barrera

 

Die bloss technische Rechwissenschaft

ist eine Hure die für alle und zu allem zu haben ist

(La ciencia jurídica meramente técnica es una prostituta

a disposición de todos y para todos)

(Erich Kaufmann, 1927)

 

 

El diálogo se desarrolla en algún lugar de Europa a fines del siglo XV, en el claustro de una universidad recién fundada.

Protagonistas:

Maese Escribonio, Doctor Iuris

Maese Nomoteto, Doctor Utriusque Iuris

 

Escribonio: Buenos días Nomoteto, hace muchos meses que no nos vemos.

Nomoteto: Es que he viajado a Bolonia, cuna del nuevo derecho que ha de regir nuestros destinos y allí he obtenido el grado de doctor Utriusque Iuris.

Escribonio: ¿En utriusque iuris?

Nomoteto: Sí, en los dos derechos, o sea, en el uno y en el otro.

Escribonio: ¿Y quiénes fueron tus maestros?

Nomoteto: Pues dos angélicas inteligencias, el Maestro Gundisalvo y su cuñada Hrosvita.

Escribonio: ¿También una mujer?

Nomoteto: Sí, la monja Hrosvita, una doncella de inteligencia y agudeza ejemplares.

Escribonio: ¿Y qué has aprendido allí, que tan resplandeciente pareces?

Nomoteto: Pues la nueva ciencia del derecho que viene a sacar a la luz cuan equivocadas estaban nuestras vetustas ideas.

Escribonio: Explícamelo, pues.

Nomoteto: Verás, sostiene Gundisalvo, y asiente en ello Hrosvita, que no puede defenderse que el derecho se base en la idea de una ley escrita.

Escribonio: Presa soy de mi asombro.

Nomoteto: No te acongojes, puesto que si consideras que toda ley ha de derivar de una fuente y que esa fuente es la voluntad que hace de un precepto ley, lo lógico sería pensar que si existiese una voluntad pura e incondicionada que establezca en cada momento lo que es y lo que no es ley, entonces nunca caeríamos en contradicción alguna.

Escribonio: Esa voluntad pura ha de ser la voluntad de Dios.

Nomoteto: En modo alguno, esa voluntad pura es lo que llaman Gundisalvo y Hrosvita la voluntad volitiva, que quiere lo que desea y desea lo que quiere cuando así lo considere oportuno.

Escribonio: Me temo que ello daría rienda suelta a la arbitrariedad-

Nomoteto: En modo alguno, ya que esta voluntad volitiva pura e incondicionada no puede desear nada diferente a lo que quiere, y en este sentido, pero sólo en este sentido, es siempre infalible.

Escribonio: Pero entonces será infalible siempre, puesto que la voluntad volitiva siempre tendrá que saber lo que quiere.

Nomoteto: No exactamente, puesto que si bien es cierto que siempre ha de saber lo que quiere, a veces puede decidir no querer lo que sabe. Y por ello dicen estos angélicos maestros que la verdadera libertad de la voluntad ha de consistir en actuar de tal modo que no se es libre cuando se hace lo que se piensa, sino cuando no se piensa lo que se hace.

Escribonio: Paréceme esto una versión llevada al extremo del voluntarismo de William of Ockham, que él sólo aplica a Dios.

Nomoteto: No, en realidad su teoría es más global. Sostiene Gundisalvo, y asiente Hrosvita, que la verdadera ley no ha de ser nunca fijada por escrito.Y ello es así, porque todo texto es una limitación, en tanto que dice lo que dice y no puede decir lo que no dice. Y consecuentemente limita le libertad legislativa de la voluntad volitiva incondicionadamente pura. Toda ley es una aberración y su aplicación a cada caso es también una anomalía y una excepción.

Escribonio: ¡Pero por Dios!, ¿qué estás diciendo?

Nomoteto: Lo que ellos magistralmente defienden. Y es que, dado el carácter universalmente puro e incondicionado de la ley, su aplicación a un caso o persona concretas sería siempre una contradicción en los términos, además de ser injusto.

Escribonio: ¡Santo cielo! ¿Entonces a dónde va a parar el viejo principio de que no puede haber una ley para una sola persona, fijado por los antiguos?

Nomoteto: A donde tiene que ir, al basurero del monasterio. Puesto que es sólo en el acto de creación de una ley singular e irrepetible para cada uno, cuando la ley es verdaderamente universal.

Escribonio: ¿Quéee?

Nomoteto: Claro, ya que la universalidad de la ley no viene de su contenido sino de la universalidad de la voluntad que la crea. Y si esa es la voluntad volitiva absolutamente incondicionada, todo lo que de ella salga será la ley en su forma más pura y no contaminada por las circunstancias

Escribonio: Pero entonces nada sería previsible y estaríamos al albur del azar, cuando no del capricho de la voluntad volitiva. ¡Has de basar tu afirmación en alguna fuente sacra!

Nomoteto: Me lo pones muy fácil. Lo haré. El carácter absolutamente incondicionado e imprevisible del devenir humano en aquello que más le interesa, la propia salvación de su alma, queda demostrado por esta estrofa de nuestro gran poeta:

“El niño Jesús nació en un pesebre,

Donde menos se piensa salta la liebre”.

Si de Jesús depende el perdón de nuestros pecados, la redención de nuestras penas y el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra, un Reino que es el de la Justicia, y nace así de sorpresa y modo imprevisibles, sostiene Gundisalvo y asiente Hrosvita, entonces debemnos reconocer el puro azar y la imposibilidad de previsión como la base de nuestra seguridad.

Escribonio: Pero entonces ya no se respetará nada. Si la ley se crea en cada momento y luego desaparece, entonces se podrán aplicar las leyes retroactivamente, en contra de la vieja y sabia doctrina. Y ello no es posible puesto que dice el Génesis que cuando Dios fue dando órdenes y creando las leyes que rigen el mundo lo hizo de modo ordenado, siguiendo la sucesión del tiempo y los días. ¿O es que Dios hizo la creación con efecto retroactivo?

Nomoteto: Claro que sí. Lo que que ocurre es que como el Génesis es un texto escrito, por ello tiene carácter limitado. Pero si se prescinde de su texto para interpretarlo correctamente, como hacen Gundisalvo y Hrosvita, entonces se vería que los días de la creación podrían ser retroactivos sin contradicción alguna. El Génesis no sabe explicarlo dada su naturaleza finita y contingente y la obsesión de algunos intérpretes en sostener que sólo puede decir lo que dice y no lo que no dice no es más que un obstáculo para comprender lo que dice.

Escribonio: Pretenden Gundisalvo y Hrosvita ser más sabios que Dios. ¡¡¡Sean anatemas!!!

Nomoteto: Podría entenderse así literalmente, pero no si vemos la idea desde la teoría del acto puro e incondicionado de la voluntad volivita, según la cual nunca se puede saber que se dice y lo que no se dice, ni quién lo dice o no lo dice en un determinado momento.

Fue por ello que en un claustro de la Universidad de Bolonia, al celebrarse una disputatio sobre la quaestio de si Dios podría ser merecedor de un viático sexenal (o remuneración por su obra en su sexenio), se decidió negarle el viático. Él tenía a su favor, es cierto, que hizo el mundo en siete días, o sea, más o menos un sexenio, pero claro: ¡Dios es autor de un solo libro, y por lo tanto no puede ser valorado su trabajo! Y además incluso se alegó que algunos críticos han sostenido por escrito y por oral, que Dios no es su autor en realidad. Por ello se consideró justificada la negación del viático sexenal. Sin ánimo blasfemo alguno.

Escribonio: ¿Cómo que sin ánimo blasfemo?¿Pretendeis tener más méritos que Dios?

Nomoteto: Parecería así si lo dijésemos literaliter. Pero no si se acepta nuestra teoría del acto volitivo puro e incondicionado de la voluntad volitiva.

Escribonio: Ya, o sea, dice vuestra teoría que Dios créo el mundo con efecto retroactivo, que se equivocó cuando decidió dictar los mandamientos, y que no supo cuándo tenía que encarnarse y lo hizo sin darse cuenta y por eso le salió bien.

Nomoteto: Pues claro. Es evidente.

Escribonio: Admito la mayor. Pero entonces tendrás tú que admitirme que se pueden cambiar antecedentes y consecuentes, e incluso decir que los hijos son anteriores a sus padres.

Nomoteto: Claro que sí. Gundisalvo y Hrosvita lo expusieron así en una de sus Summmulas, con amplia base en la Historia sagrada. Sostiene Gundisalvo, y asiente Hrosvita, que María la Virgen es abuela de su propio hijo, siguiendo esta genial cadena deductiva:

María es la madre de Dios.

Dios es el padre de todos los humanos

María es humana,

luego Dios es el padre de María.

 

Pero:

María es la madre de su padre, puesto que es la madre de Dios.

La madre de mi padre es mi abuela.

Luego María es la abuela de Jesús

 

Nomoteto: ¡Qué horror, iréis de cabeza al Infierno, sois una caterva de herejes! Sois peor que los arrianos: ¡sois unos megalonósticos!

Nomoteto: Pero, ¿porqué?

Escribonio: ¿Cómo que por qué? Porque disparatáis.

Nomoteto: En modo alguno. Incluso podría afirmarse que Jesús no es hijo de Dios sino su bisnieto, puesto que como Dios, es padre del hijo de la abuela de Dios considerado como hombre.

Escribonio: ¿Pero qué pandemonio es eso de Bolonia? O sea, que Dios hizo el mundo con efecto retroactivo, que no sabe escribir, que nació sin darse cuenta, que no sabe distinguir el bien del mal y que no sabe quién es su madre. ¡Deberían quemaros a todos, o por lo menos llevaros a los conventos para frailes lunáticos y poseídos por el Diablo! ¡Sólo falta que me digais que Gundisalvo y Hrosvita defienden la confusión entre el todo y la parte y el sujeto y el predicado!

Nomoteto: Pues claro. Es que tienen razón si consideramos los hechos desde su teoría del acto puro e incondicionado de la voluntad volitiva.

Escribonio: O sea, que si se dice que todos los cuervos son negros, se puede concluir que consecuentemente todos los negros son cuervos. ¡A donde ha ido a parar la silogística del Gran Maestro Aristóteles!

Nomoteto: Pues a donde tiene que ir a parar, a la celda de los trastos inservibles. Pues Hrosvita en su Itinenarium mentis ad diversos locos (o sea, Camino de la mente hacia lugares distintos) consiguió plasmar esta idea en forma poética, como puede verse en la más famosa de sus plegarias que ilustra muy bien su pensamiento, plegaria que ella y sus hermanas rezan a la Santísma Virgen y que dice:

“Virgen Santísima, tú que concebiste sin pecar,

haz que nosotras pequemos sin concebir”.

En lo cual no hay contradicción alguna, si lo consideramos desde el punto de vista de la teoría del acto puro de la voluntad volitiva de Hrosvita y su hermanas. Ellas desean pecar sin concebir no por un motivo contingente y finito, ni por la búsqueda del placer y la atracción de la lascivia, sino como manifestación incondicionada de su voluntad no condicionada en lo que a esa clase de actos finitos se refiere.

Escribonio: ¡Virgen Santísima, acúdeme! ¡El Maligno se ha apoderado de los eruditos y académicos claustros! ¿Cuál será vuestro límite?

Nomoteto: ¿Qué límite? La idea de límite, sostiene Gundisalvo y asiente Hrosvita, es inaceptable, puesto que condiciona la pureza indeterminada de la voluntad volitiva.

Escribonio: O sea, que cada uno puede hacer lo que desee.

Nomoteto: De ninguna manera. No puede generalizarse. Las personas concretas y singulares no, puesto que son finitas y limitadas, pero quien posee la voluntad volitiva incondicionada sí.

Escribonio: ¿Y quién posee la voluntad volitiva incondicionada, tú, Gundisalvo, Hrosvita y sus hermanas en religión, o alguien más?

Nomoteto: No se puede plantear esa cuestión de ese modo simple y antropomórfico, pues hasta podría entreverse la existencia de cierto resentimiento en quien tal cosa sostuviere.

Escribonio: ¿Ah, nooo?

Nomoteto: Claro que no. Sólo quien en el acto de enunciar que posee la voluntad volitiva pura lo hace de forma absolutamente incondicionada tiene la capacidad de encarnar su voluntad en las obligaciones que los demás han de tener con respecto a él. Pues sólo él es el que lo sabe, aunque también puede darse el caso de que no lo sepa, si su voluntad sigue siendo pura e incondicionada.

Escribonio: Y ahora que ya lo sabes, ¿qué vas a hacer?

Nomoteto: Esperar que me nombren Deán.

Escribonio: Como a Gundisalvo.

Nomoteto: Claro.

Escribonio: ¿Y tú también conoces a muchas monjas devotas como Hrosvita?

Nomoteto: Aún no. Pero todo se andará.

 

Escribonio se sintió apesadumbrado al ver que Nomoteto había decidido esperar sentado a que le llegase al fin su nombramiento. Nomoteto le había dicho que nunca jamás volvería a leer un libro. Lo que era lógico, ya que si los libros sólo dicen lo que dicen y no pueden decir lo que no dicen, entonces apenas sirven para nada.

Imbuido de la melancolía se retiró, pues, Escribonio a su celda y decidió ponerse a leer el Apocalipsis de San Juan para poder saber si Nomoteto y los juristas de Bolonia no serían en realidad más que una encarnación del Maligno.

Tras largas noches de insomnio y ansiedad, Escribonio llegó a la conclusión de que Nomoteto no era en realidad el ángel exterminador del Apocalipsis, puesto que el Apocalipsis ya había tenido lugar en el pasado con efecto retroactivo, claro está. Aliviado así de sus pesares, decidió Escribonio mover sus influencias hasta obtener plaza de capellán en el convento de la monja Hrosvita y sus hermanas con el fin de poder ayudarlas a rezar su oraciones, con el mayor fervor.

¿Qué iba a hacer si no?

FINIS

 

Universidades: las fortalezas vacías

La Constitución reconoció a las universidades su autonomía como un derecho irrenunciable. Desde 1978 han crecido en profesores y alumnos, han mejorado sus recursos e incrementado su financiación. Sin embargo el camino iniciado hace más de 30 años se ha visto truncado porque se han convertido en un coto cerrado, manipulable por los intereses electorales de los partidos desde el nivel municipal al nacional, y que sirve básicamente a los intereses de los profesores y los funcionarios que no ven en ellas más que un medio de incrementar sus plantillas.

Las universidades necesitan una reforma radical que las lleve a asumir su función docente y las ponga al servicio de la sociedad. Para ello es necesario una nueva ley estatal y una reestructuración de sus funciones, sus ingresos y sus plantillas. En España las universidades son todo menos racionales. Tienen un número excesivo de alumnos (1.400.000 matriculados en grados y licenciaturas a comienzos del curso 2010-11), un número desproporcionado de profesores (105.034 para unas 60, mientras que las 2000 universidades de los USA sólo tienen 675.000: si les aplicásemos nuestra ratio deberían pasar de los 3.300.000 profesores). Unos profesores mal distribuidos por áreas de conocimiento: unos están sobrecargados de trabajo y otros rozan el ocio académico. Y además con un número inverosímil de titulaciones: Cataluña ofrece este curso 408 másteres y 239 doctorados, y la provincia de Madrid 261 y 221 respectivamente. Másteres y doctorados de ínfimo nivel en muchos casos, diseñados para recaudar fondos y servir como escenario para que algunos profesores exhiban sus méritos.

Las universidades tienden al autismo porque no colaboran entre sí. Sus profesores son los únicos funcionarios que no se pueden trasladar, ni siquiera dentro de su Comunidad, y están adscritos a áreas que no se cambian desde hace más de 30 años. Esos profesores son gobernados por unos rectores que son los únicos cargos públicos que resuelven los recursos contra los acuerdos de su universidad, enviando a sus recurrentes al país de irás y no volverás que es el mundo de lo contencioso administrativo. Los rectores españoles han incrementado sus gastos administrativos en los últimos 20 años y definen sus competencias de modo casi obsesivo. El DOGA del 18 de agosto publica la delegación de competencias del Rector de la USC a su equipo, y esas competencias pasan ampliamente de las 200.

Las universidades no contribuyen al crecimiento económico, a pesar de la subida de sus ingresos. El número de sus publicaciones desde 1996 es casi el mismo aunque los fondos de investigación casi se han triplicado, asi como sus plantillas. Pero sí publican normas prolijas hasta el disparate: el decreto que regula el Consejo de Estudiantes ocupa 27 hojas de letra menuda del BOE. Unas normas contradicen a otras superiores y su conocimiento es casi imposible, pero con ellas están consiguiendo que sus profesores sean sumisos, porque crean incentivos mínimos y todo el mundo ha llegado a creer que sólo puede sobrevivir a costa de los demás aunque reconociendo siempre a quien manda y a sus decisiones casi inapelables, guardando silencio ante sus mensajes propagandísticos que asfixian a la opinión pública. Las universidades ni se gobiernan democráticamente ni cumplen su función básica ni administran bien sus recursos, y por ello deben ser reformadas de arriba abajo. ¿Por quién?

La carcoma: carta abierta a la Vicerrectora Eva Castro Caridad, con motivo de su marcha

“Tres personas pueden guardar un secreto si dos de ellas están muertas”
Benjamin Franklin, Poor Richard’s Almanac.

Querida Eva: decía el viejo Cicerón que le faltarían los días si quisiese contar a las personas buenas a las que les ha ido mal y a la malas a las que les ha ido bien (De natura deorum, 5), y el viejo Cicerón, que vio desaparecer las instituciones de la república romana y cómo pasaban a ser sustituidas por el poder personal, sabía muy bien lo que decía. También afirmaba que la historia es una maestra para la vida. Y por esta razón como profesor, como compañero y como estudioso del mundo antiguo, al igual que tú, querría ofrecerte estas reflexiones en voz alta.

Nosotros, a los que nos llaman “de letras”, quizás debido a que seamos de los pocos que aún saben leer; nosotros, que leemos libros viejos en idiomas raros, podemos aún permitirnos el lujo de contemplar al mundo con el desapasionamiento que nos proporciona la distancia, y observarlo con una mirada a la vez tierna y desencantada, pensando quizás que así también nos podrá ver alguien en un lejano futuro cuando ya no estemos en él.

Cuentan nuestros viejos libros que hubo una vez un gran imperio, el Imperio de Roma, que murió contemplando extasiado su propia perfección. A partir del siglo III d.C. el Imperio romano comenzó a ser cada vez más eficaz en su administración, a la que vez que se iba descomponiendo. Creció el número de funcionarios y se incrementó el control de cada parte del territorio, de cada persona y de cada bien. Aumentó el número de las leyes, se las sistematizó y se las estudió. Y así nació una corte imperial, en la que en torno a la figura omnipotente y omnipresente del emperador se crearon cargos con nombres que hoy en día nos pueden parecen pomposos, a la par que absurdos.

Vivió el emperador rodeado por gentes como el “conde de los sagrados dispendios”, el “prefecto de la sagrada alcoba”, el “conde de las cosas privadas”, el “conde de las cosas públicas”, el “secretario de las cartas griegas”, o el “secretario de las cartas latinas”. Y así todo se gobernó, todo se reguló. Se reguló el ancho de las franjas de púrpura que algunos podían llevar en sus togas, cuáles habían de ser sus telas, quién podía llevar una corona de oro, y con cuántos rubíes o cuántas perlas, ya fuese el emperador, la emperatriz, o alguna que otra mujer que supiese ascender en la corte, como la inefable Teodora.

Y como a tal señor tal honor, el emperador se vió necesitado de profesores, oradores o gramáticos que cantasen sus alabanzas. Para ellos se crearon algunas cátedras públicas con el fin de que sus ocupantes compusiesen panegíricos, es decir, discursos laudatorios con los que se solía recibir al emperador o a las cada vez más numerosas autoridades cuando visitaban una ciudad, una región o un palacio.

Creían los panegiristas que sin ellos el emperador no podría subsistir. Y por eso estaban seguros de que sus cantos a la bondad del gobierno y a las virtudes de quienes lo ejercían sólo podrían ser el digno tema de unos letrados tan cultos como ellos, que eran quienes con sus palabras de adulación creaban la verdadera dignidad de quien los nombraba y los mantenía. Uno de estos gramáticos, originario del norte de África y de nombre Aurelio Agustín, llegó un día a la corte imperial a Milán con el fin de poder obtener una cátedra y hacer a la vez carrera política, pero se quedó muy asombrado cuando, al entrar en una basílica, vio a un personaje, un clérigo llamado Ambrosio, que estaba leyendo un libro en silencio. Como en esta época los libros se leían en voz alta, Agustín se quedó conmocionado al observar que se podía leer con la boca callada, y poco a poco se dio cuenta que debía leer sus libros en silencio.

Agustín dejó la ciudad y se fue al campo y, según fue profundizando en la filosofía y abandonando la oratoria y las pretensiones de medrar en la corte , llegó a la conclusión de que el poder y el saber tenían que ser incompatibles, de que el poder político y el ansia por las riquezas eran dos caras de la misma moneda, a las que a su vez solía ir unida la búsqueda desmesurada del placer sexual.

Pensaba también Agustín que podía existir una comunidad de personas en la que la búsqueda de la verdad podía ir unida a la búsqueda del bien común, en la que unas personas pudiesen trabajar para otras y transmitir su legado de conocimientos y los frutos de sus obras a quienes les vendrían a relevar en el mundo. Agustín murió en el norte de Africa, cuando su ciudad, Hipona, estaba sitiada por los vándalos en ese imperio que se considerada a sí mismo racional, perfecto y destinado a perdurar para la eternidad.

Al imperio romano le pasaba lo mismo que le pasa a la madera cuando está colonizada por las termitas. Las termitas son unos insectos fotófobos, no les gusta trabajar a la luz pública, pero poco a poco van corroyendo las maderas, las vigas y las casas por dentro, dejando, eso sí, las superficies impolutas, hasta que llega un día en el que todo se derrumba, como el imperio romano, corroido por todo tipo de tensiones económicas, sociales y militares bajo su brillante apariencia de púrpura, oro y autocomplacencia. Las termitas tienen en sus colonias a obreros, u obreras, especializados, que segregan ácidos que les permiten hacer pequeños canales en la piedra y poder pasar así de una casa a otra, extendiendo poco a poco su dominio.

Nosotros, como estudiosos del pasado y como profesores del presente, sabemos lo peligrosos que pueden ser los bárbaros cuando se alían con quienes gobiernan el mundo para sí, en su propio beneficio y contemplándose a sí mismos, arrobados por su propia perfección. También sabemos lo dañinas que pueden ser las termitas, sólo aletargadas por el frío del invierno.

Nosotros, los que ante todo somos profesores y no nos avergonzamos de ello, sino al contrario, conocemos el valor de la educación, el valor del conocimiento, y sabemos cuál es nuestro deber y a quién nos debemos, y también sabemos a quién no tenemos que servir. Nosotros, los que ante todo somos profesores, sabemos que es posible gobernar bien, si se hace racionalmente, que se pueden hacer leyes razonables, pero también irracionales, y que el objetivo del gobierno es el logro del bien común, y no la satisfacción de la libido dominandi de los gobernantes, como decía Aurelio Agustín. Y por eso, como él, sabemos cuándo tenemos que retirarnos a esperar que lleguen los vándalos, o que las termitas acaben su trabajo. Pero eso sí, seguiremos intentando salvar lo que aun pueda quedar del conocimiento en los viejos y en los nuevos libros, intentando enseñarlo e intentando salvar lo que aun quede de nuestras instituciones.

En el año 1933, cuando en Alemania ya les empezaba a ir más que bien a muchos malos, una chica judía que había realizado su tesis doctoral sobre Agustín abandonó Alemania para no volver nunca más. Ella pudo ver como todas las tradiciones culturales y académicas de su pais quedaron arruinadas y fueron prostituidas al servicio de una causa política demencial, que sin embargo fue apoyada por la mayor parte de sus compatriotas y aceptada con entusiasmo por la inmensa mayoría de los profesores, los científicos, los intelectuales y los juristas de la que había sido la nación más culta de Europa y la creadora de sus mejores tradiciones científicas.

Sería más adelante esta chica una de las más importantes filósofas políticas del siglo XX. Por eso sería bueno acabar esta carta con unas palabras suyas, especialmente oportunas en este momento y que deberíamos no olvidar.

Decía Hannah Arendt:

“La educación es la clave en la que tenemos que decidir si amamos lo suficientemente al mundo como para responsabilizarnos de él e intentamos salvarlo, o lo dejamos arruinarse. Y también para saber si apostamos por su renovación y admitimos que será inevitable la llegada de lo nuevo y lo joven. Del mismo modo es también en la educación donde tendremos que decidir si amamos lo suficientemente a nuestros hijos para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos ir a la deriva, arrancándoles de sus manos la oportunidad de hacer algo nuevo, algo que nosotros no podíamos preveer, o bien los preparamos para su misión de renovar nuestro mundo común”.

Hannah Arendt: Between Past and Future, Penguin Books, New York, 1968, p. 196.

La educación superior fue, y debería seguir siéndolo, la misión fundamental de la universidad, acosada ahora por los vándalos, como lo estuvo en su tiempo el Imperio Romano, y, como el resto de nuestra sociedad, también carcomida por las termitas.

A la memoria de Serafín Moralejo Álvarez (1945-2011)

A LA MEMORIA DE SERAFÍN MORALEJO ÁLVAREZ (1945-2011)
CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE DE LA USC
CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE MEDIEVAL DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD

PARA MI MAESTRO

Nacido de una vez por todas en el silencio

un gran dolor acabó sin ninguna canción que lo cantase.

¡Quién pudiese estar a tu lado tan cerca del Paraiso!

Cuando ante nuestros ojos brillaba en el altar

el cuchillo ante el que temblaban el carnero y el hijo.

Y estar ahora en el silencioso manicomio

donde viven las sombras colgadas de las vigas del techo

como murciélagos cansados por la luz del día,

hasta que los despierte una señal de radar

y les haga ver señuelos gigantes en el blanco muro de piedra.

¿Cómo puedo dejarte solo en esa casa con tu pequeña cojera?

¿No hay ya más santos ni más brujos

para cantar sus hazañas con tus alumnos?

¿Ya no queda ningún mal que fulminar

con el rayo de tu lengua afilada?

¿Te confundieron con el Mesías visto en el espejo

y quedaron tranquilos porque al fin habías llegado?

Déjame llorar ahora a tu lado, maestro,

porque también yo me cobijo bajo ese tenebroso techo

como un hijo honrado que entra sin miedo en la casa de su padre.

Leonard Cohen ( Trad. J.C. Bermejo Barrera)

1º de mayo: ricos sabios, sabios pobres

El sentido común nos dice que la economía se basa en la producción y el reparto de las riquezas. Quien más tiene es rico, y quien menos, pobre. Cuando los bienes que se producen se consumen, la economía está en equilibrio. En el proceso productivo los beneficios se reparten entre quienes poseen el capital y quienes ponen su trabajo. Una economía es productiva cuando el capital se invierte en crear riquezas y empleos y cuando los trabajadores mejoran su nivel de vida porque pueden consumir más mercancías gracias a sus buenos salarios, lo que a su vez permite producir más y crear buenos empleos.

En los últimos años se ha querido  ocultar una verdad tan simple y se ha dicho que sólo el capital crea la riqueza y reparte filantrópicamente el empleo, ya que en realidad los salarios de los trabajadores no son más que un obstáculo para la producción; por eso hay que bajarlos cuando llega la crisis. Como la economía se basa en la técnica y los productos más innovadores arrinconan en el mercado a los obsoletos, por eso se ha pasado también a afirmar que es el conocimiento el que crea la riqueza, viviendo el mundo en la economía del conocimiento.

Pero no se dice que el conocimiento ni se pesa ni se mide, y que sólo cuando una nueva técnica es financiada por quien tiene dinero, entonces el conocimiento pasa a crear riqueza, junto con el trabajo, lo que viene siendo así desde el siglo XIX. Pero además se oculta que en los últimos años la economía productiva, la que crea bienes y empleos, ha sido arrinconada por la economía financiera o especulativa, que logra gigantescos beneficios en plazos cortos moviendo el capital a velocidad de vértigo en los mercados bursátiles. Eso fue lo que generó la burbuja financiera.

A la par de esto, el peso de los salarios reales en el mundo ha retrocedido estrepitosamente frente al de los beneficios del capital. No sólo se han empobrecido los trabajadores de nivel medio o bajo, sino que se ha dado en los paises más desarrollados un proceso de proletarización de los científicos, ingenieros, investigadores y profesionales especializados, que han llegado a los límites del mileurismo. Esto fue posible por la entrada en el mercado de tecnólogos procedentes de países en desarrollo, como China e India, y de los antiguos países del bloque soviético, cuya formación es igual o superior a la de las viejas metrópolis, y que están contribuyendo, junto con los trabajadores de esos países con sus sueldos de 100 o 200 euros, a la generación de inmensos beneficios financieros que bailan en el casino de las bolsas del mundo.

La economía del conocimiento, alabada por banqueros, políticos y algunos académicos, no es la que hace rico a quien más sabe, sino la que hace más rico a los que ya tenían dinero y más pobres a todos los trabajadores del mundo, tengan cualificación baja, media o elevadísima, y que cada vez deben saber más para ganar menos. Cuando los trabajadores y técnicos van al paro, los directivos se reparten primas millonarias en las empresas tecnológicas. Los políticos, los altos mandos militares en los EEUU, por ejemplo, aspiran a culminar sus carreras en los consejos de administración de la empresa y la banca. Muchos lo consiguen, y profesores, científicos y técnicos aspiran a imitarlos mientras los contemplan embobados. Y es por eso que dicen que la economía y las ciencias demuestran que la riqueza es ahora sólo conocimiento. Conocimiento de los ricos.

Mentiras adecuadas: El mundo veinte años después del fin de la historia

“El cine no tiene futuro”
Louis Lumière

Os voy a contar una historia. Hace un poco más de veinte años, en un país muy grande que está situado al otro lado del océano, se produjo un gran acontecimiento. Un escritor hasta entonces desconocido publicó un pequeño artículo que apareció simultánemente en decenas de periódicos de todo el mundo, como por ejemplo el diario EL PAÍS, en el que se decía que la Historia ya se había acabado.

El trabajillo alcanzó un éxito sorprendente. Los historiadores profesionales no parecían estar muy de acuerdo con el asunto, porque pensaban que si la historia se había acabado, a lo mejor ellos se iban a quedar sin empleo, por la misma razón por la que algunos eclesiásticos parecen creen que el ateísmo en sí mismo puede suponer una amenaza para su futuro laboral. La Historia, pues, según ellos, no se podía acabar, ya que todavía era, y lo sigue siendo, una disciplina académica si no pujante por lo menos respetable, como todo lo que, por definición, se enseña en las universidades.

Sin embargo, filósofos, politólogos, periodistas y políticos en activo saludaron el trabajo como si fuese un descubrimiento científico, o un nuevo Big Crunch, que hubiese puesto fin al Big Bang con el que se supone que debería haber comenzado primero la historia del universo y luego la historia de la humanidad. En realidad lo que todos ellos querían decir no era exactamente que se hubiese acabado la historia, sino que definitivamente habían muerto el marxismo, el utopismo y cualquier vana ilusión de intentar cambiar radicalmente el orden del mundo, triangulado por los vértices del mercado y el capitalismo, la tecnociencia y la democracia parlamentaria, todos ellos límites inapelables de la realidad mundial.

Si analizásemos la tesis sostenida en el artículo, que por otra parte no era más que una mera divulgación de la filosofía de la historia de Hegel expuesta en el formato del Reader Digest por parte de un autor que reconocía no haber leído directamente al maestro alemán (tal y como casi nadie lo hace ya en los EE.UU. una vez muertos y enterrados todos los miembros de la escuela neohegeliana de Chicago), nos encontraríamos con una pequeña paradoja.

La filosofía anglosajona, es decir, la filosofía sin adjetivos, ya que el resto de la filosofía occidental no es más que filosofía continental, se centra en, y hasta se obsesiona con el análisis del lenguaje científico y del lenguaje ordinario. Pues bien, en el lenguaje ordinario no es posible decir que la historia se ha acabado y contarlo, porque contar que la historia se ha acabado es también otro tipo de relato.

Todo relato presupone la figura de un narrador. Y ese narrador puede situarse en el exterior de la acción que narra – llamándose entonces heterodiegético – o dentro de ella – y se llama entonces homodiegético. Francis Fukuyama era un narrador heterodiegético porque hablaba de la historia universal desde fuera de ella, achacando a los demás, a quienes sostenían que podían hablar desde el seno de la propia historia en la que vivían, el hecho de ser eso,  homodiegéticos. O lo que es lo mismo, narradores carentes de perspectiva, sumidos en su propia durée y víctimas de las grandes corrientes del río de la historia.

Fukuyuma, como Hegel, hablaba de la historia universal desde el punto de vista de Dios, lo cual era esencialmente correcto en el caso del profesor de Berlín y cuestionable en el caso de un autor que pretendía hacer un análisis científico de la realidad histórica.

 

Sostuvo Hegel en uno de los apéndices a sus Lecciones sobre filosofía de la Religión que el argumento ontológico, triturado por el viejo Kant en la primera de sus Críticas, era la auténtica clave de la filosofía. Lo que es lógico en un autor que pensaba que el ser y el pensar eran sólo dos caras de la misma realidad. No sólo en estas Lecciones, sino también en la Ciencia de la Lógica sostuvo Hegel que el desarrollo del pensamiento desde la nada al ser y del concepto a la idea coincidía con el antiguo despliegue que tuvo lugar en el pensamiento de Dios antes de crear el mundo.

Ser y pensar son, pues, dos caras de la misma moneda y ambos son parte del devenir, que sería idéntico al despliegue de lo que es real, siendo ese devenir plenamente racional, puesto que en él todo lo que es real es racional, siendo a su vez racional todo lo que es real. El devenir del pensamiento y de la historia humana se habrían desplegado, pues, bajo la bandera de la necesidad. La contingencia no sería en él más que una parte orgánica de esa misma necesidad y por esa razón la historia universal sería una teodicea, en la que todos los males del mundo y todos los sufrimientos de la humanidad tendría su sentido como parte de un proceso que se habría exhibido hasta el presente en toda su plenitud ontológica.

Todo esto está muy bien en un filósofo continental, un filósofo del que Lenin había dicho que nadie que no hubiese leido su Ciencia de la Lógica podría entender en absoluto a Marx. Todo ello también estaría muy bien en las mentes de los pensadores del totalitarismo y sus ideologías, ya fuesen Lenin, Gentile, en el caso del fascismo italiano, o casi todo el resto de los grandes filósofos alemanes, agrupados por Karl S. Popper bajo esa misma rúbrica.

Pero lo que es un poco difícil de comprender es cómo este hegelianismo del Reader´s Digest pudo haberse vendido como una especie de descubrimiento científico, o como una muestra del falsacionismo popperiano, según el cual el hundimiento fulminante de la antigua URSS y de todos sus países satélites podría considerarse como la prueba definitiva de la falsedad de una teoría, el marxismo, de la que sin embargo habría también que decir que su victoria, con los 20 millones de muertos que la URSS había aportado a la causa aliada durante la segunda Guerra Mundial, podía haber sido considerada otra muestra de la fecundidad de la teoría entre 1941 y 1945.

Un narrador heterodiegético hegeliano habla desde la perspectiva de Dios porque él, en tanto que piensa, es efectivamente parte del lógosdivino, siendo igualmente su pensamiento otro mínimo destello del propio nous o intelecto divino, al cual debemos lo poco que podemos alcanzar del conocimiento del bien, de la verdad y de la percepción de la belleza. Y por lo tanto su perspectiva es coherente, es correcta . Pero un pragmatista americano, un científico, o un filósofo analítico no pueden hablar así de ninguna manera.

El lenguaje ordinario – en la perspectiva analítica – se compone de cadenas de enunciados. Todo enunciado posee un componente fónico (es un hecho físico compuesto de un sonido), y otro compenente fático, se refiere a algo o a varias cosas a la vez, lo que sería su componente rético, en el célebre análisis de J.L. Austin (Austin, 1962).

Cuando un científico, natural o social, un historiador o un politólogo hablan, se supone que sus enunciados tienen referencias y están dotados del valor de verdad. O lo que es lo mismo, que son enunciados constatativos. En mi opinión el artículo de Fukuyama, su libro posterior del mismo título, y el conjunto de su obra, son básicamente muestra del despliegue de otro tipo de enunciados: los enunciados performativos, que no pueden ser considerados verdaderos ni falsos, sino solo adecuados o inadecuados.

La serie de enunciados que afirman que la historia ha alcanzado su fin no se referirían a la realidad histórica, aunque lo prentendan, sino que solo serían enunciados perlocutivos ilocutivos, o lo que es lo mismo, enunciados que marcan la culminación de una acción y el comienzo de otra.

La tesis: la historia ha terminado pretende ser locutiva, y así se vendió, como el descubrimiento científico de una realidad nueva, pero no lo era en absoluto. Lo que quería decir exactamente era: empezad una nueva etapa de vuestras vidas colectivas en las que no tendréis más remedio que ajustaros a la triple realidad del mercado, la democracia parlamentaria y la tecnociencia, porque  ya se ha acabado todo lo que podría ser distinto a eso. ¡Es una orden! Y yo os puedo dar esta orden no porque yo pueda crear la realidad, sino porque ya no tenéis a nadie que pueda dar la orden contraria – todo su sistema político, económico y militar ha entrado en quiebra –, y por lo tanto no os podrá defender de las órdenes que ahora yo os doy.

La tesis la historia ha terminado es un ejemplo de un enunciado performativo ejercitivo unido a una serie de enunciados performativos expositivos de razones, siempre en la terminología de J.L. Austin. Veamos por qué ello es así.

Todos los relatos poseen una estructura común, según la teoría de Kenneth Burke (Burke, 1945; 1950). En ellos tenemos los siguientes componentes:

Acto – escena – protagonista – medios y fin

Analizada la historia como relato en esta perspectiva, la historia universal hegelianamente considerada y también la versión miniaturizada de la misma que ofreció Fukuyama, consistiría en lo siguiente.

La humanidad ha desarrollado su acción vital como especie en un escenario que es el planeta Tierra, un escenario que está ahora definitivamente espacial, económica y políticamente unificado, y del que ella misma forma parte. En ese escenario la humanidad ha buscado constantemente el reconocimiento, con el fin de poder desplegar plenamente su naturaleza en los campos político, ético, económico, tecnocientífico e intelectual.

El reconocimiento es un fenómeno mutuo y recíproco, de modo tal que no sólo A ha de ser reconocido por B, sino que todos han de ser reconocidos por todos en la esfera de la sociedad civil, por ejemplo, en el caso hegeliano. Para Fukuyama ese despliegue sería un fenómeno más complejo, puesto que para que el ser humano se autodetermine como tal necesita de la libertad para producir mercancías, para crear mercancías nuevas y para ponerlas en circulación. Y es ese despliegue infinito en la producción y circulación de las mercancías el que, al crear la riqueza y la seguridad, fruto de la expansión del conocimiento sin trabas políticas, hará que los hombres pueden ser verdaderamente libres cuando la producción y el consumo desplieguen su propia lógica, que es a su vez la lógica de la razón científica, en el ámbito civil y político que sólo la democracia parlamentaria y los sistemas políticos partidistas pueden garantizar.

El autodespliegue del mercado y el pensamiento científico habrían sido frenados por los obstáculos políticos que supusieron los sistemas totalitarios, que habrían asfixiado la economía, la ciencia libre – encadenada por la censura – y la libertad política y la dignidad humanas. Pero una vez superado el obstáculo político, los medios coadyuvantes del despliegue de la especie humana le permitirían alcanzar su fin: la reconciliación y la unión entre los dos polos que estructuran la narración.

En Marx, hegeliano de la primera hornada, esa reconciliación sería la supresión de las sociedades de clases, de la propiedad privada y del estado en el estadio histórico final del comunismo, que recuperaría la unión inicial del hombre y la naturaleza que se daba antes de la caída que supuso el comienzo de la historia universal. En Hegel se habría alcanzado con el reconocimiento de los derechos del hombre tras la Revolución francesa.

En Fukuyama, cuando esos derechos, amparados por la bandera de la libertad en torno a la que orbitan, reconcilien la libertad con la propiedad y ambas con la soberanía política del estado, única garante de la vida y la dignidad de las personas – según él –, y no también, como había señalado Hegel, instrumento privilegiado que permite a los grandes hombres aplastar a los pequeños con el fin de que la historia alcance su plenitud como teodicea, una teodicea que aportó 60 millones de muertos a la Segunda Guerra Mundial, entonces se producirá la reconciliación final.

La tesis de Fukuyama es un relato, un relato como otro cualquiera. Y como todos los relatos se estructura, tal y como ha señalado Frank Ankersmit en su Narrative Logic (Ankersmit, 1983; 1996) en dos tipos de componentes: los hechos y las sustancias narrativas, siendo la filosofía de la historia de Hegel, Marx o el artículo de Fukuyama ejemplos sin más de esas sustancias narrativas.

En los relatos historicos, a diferencia de los relatos literarios, debemos partir de hechos y series de hechos que tienen que haber sido reales y que además puedan ser documentados mediante protocolos aceptados por las comunidades científicas de los historiadores.

Los hechos históricos reales – como por ejemplo que Adolf Hitler fue el líder de la Alemania nazi – se expresan en enunciados. Y losenunciados históricos han de ser constatativos. No es cierto, y no se puede decir que Francisco Franco fue un faraón egipcio de la XVIII dinastía, ni que Pontevedra fue una provincia del imperio chino. Se puede decir, claro, pero no defender que esos sean hechos históricos.

Los hechos históricos se agrupan en estructuras sucesivas que están dotadas de una temporalidad interna. La temporalidad histórica es un construcción lingüística, no una realidad física, psicológica ni social, aunque intencionadamente se pretendan confundir todos estos niveles.

La percepción del tiempo es la base de la identidad personal. Nuestra conciencia es un mero flujo, se le llame como se le llame, y las alteraciones en la percepción del tiempo son una de las claves en el diagnóstico psiquiátrico, por ejemplo, en lo que se denomina el futuro interno (Minkowski, 1970; Melges, 1982), La ruptura de la percepción del tiempo pasado remoto y la irrupción del pasado lejano es una característica básica de enfermedades neurológicas como el Alzheimer, la fragmentación violenta en la percepción del futuro interno es un síntoma esencial de la esquizofrenia, y el miedo a la pérdida del futuro y la necesidad de acelerarlo es una característica básica de la ansiedad y el trastorno bipolar en su fase maníaca. Por el contrario, la incapacidad casi absoluta de sentir el futuro es el síntoma específico de la depresión.

Nuestro tiempo interno es indisociable de nuestra identidad y nuestra identidad es a su vez narrativa, pero ese relato personal no coincide con el relato literario ni con el relato histórico. Y lo mismo ocurre en el caso de las identidades y los tiempos compartidos.

Somos seres sociales, y nuestra identidad se construye básicamente en una relación yo–tú, en un nosotros gracias al cual nos integramos en el mundo, como magistralmente había puesto de relieve Hegel en su Fenomenología del Espíritu. Todos nosotros tenemos identidades múltiples: familiares, de género, locales, lingüísticas, culturales, religiosas, políticas, ideológicas, identidades que se superponen entre sí formando redes y sistemas muy complejos.

No hay ninguna narración, ni literaria ni histórica, que pueda dar cuenta simultánea de todas ellas, del mismo modo que no existe ni una ciencia de la realidad ni una ciencia ni una teoría del todo. Nuestras percepciones son fragmentarias, nuestros conocimientos también, y del mismo modo nuestras ciencias, nuestras explicaciones y nuestros relatos.

Sin embargo, y a pesar de ello, todos los relatos se nos presentan como una totalidad, como un universo cerrado. La idea y la sensación de que percibimos la totalidad a través de un relato se debe a la propia estructura del relato, no a que podamos captar la realidad en su totalidad. Un relato es una estructura temporal, con su propia temporalidad artificial interna, y ha de tener un comienzo, un medio y un fin, ya sea de forma lineal o en otras formas más complejas, con desplazamientos, encabalgamientos, adelantos y retrocesos, o bien con historias encajadas en círculos concéntricos o encadenadass en otra sucesión mayor. Esto último es muy característico de la historia universal, en la que cada cultura, o cada pueblo o nación, con su temporalidad propia se encadena con otro anterior y otro posterior pasándole la gran antorcha en la que resplandece el sentido de la historia de la humanidad.

Cada relato, señala F. Ankersmit, es una mónada, un cerrado universo leibniziano, sin puertas ni ventanas. Ninguna mónada puede comunicarse con las demás, y sin embargo todas ellas forman parte de un universo en el que una armonía preestablecida las mantiene en equilibrio. Diferentes universos narrativos pueden y deben convivir entre sí. Por eso Ankersmit sostiene que el único sistema político razonable ha de ser una democracia parlamentaria, basada en la pluralidad ideológica y en la que nadie puede pretender ser el único poseedor de la verdad histórica, narrativa y política, sosteniendo que sólo su relato es el verdadero, porque no puede haber ningún relato verdadero, porque el valor de verdad corresponde a los enunciados que se refieren a los hechos históricos, pero de ningún modo a las mónadas que forman las sustancias narrativas. En este sentido proclamar el fin de la historia, de todos los relatos, en nombre de un relato único, el relato de la muerte de todos los relatos, sería todo menos democrático.

Los historiadores no tienen el pasado a su disposición. El pasado, por su propia naturaleza, no puede ser observado, ni puede ser simulado bajo condiciones artificiales en un laboratorio para diseñar un experimento crucial. Los historiadores no observan el pasado, ni tampoco se puede decir exactamente que lo estudien: los historiadores estudian los documentos, sean del tipo que sean, lo que les hace posible extraer indicios con el fin de establecer conjeturas que les permitan hacer diferentes reconstrucciones racionales del pasado.

La historia es solo la reconstrucción parcial y fraccionaria de un pasado desaparecido para siempre, pero además de ello la historia es la evocación de una ausencia y la expresión finita de un deseo infinito, el deseo de seguir viviendo y de seguir siendo conscientes de la vida.

Los historiadores recopilan información, la estructuran, e intentan elaborar, además de relatos, y a veces también dentro de los relatos, explicaciones racionales fragmentarias de algunos aspectos del pasado: aquellos que son capaces de concebir. Pero a todos esos fragmentos de información necesitan otorgarles un sentido, darles una unidad, y eso se consigue con el cemento de la evocación.

La evocación no es una entidad mística, ni una facultad psicológica recóndita, sino un aspecto esencial del pensamiento humano, que se corresponde con la imaginación (Brann, 1984). La evocación es el intento de hacer presente en nuestras mentes la presencia del pasado. La presencia del pasado coincide a veces con lo que se suele llamar el efecto de la realidad, que es un efecto retórico que se consigue con determinados tipos de relatos de tipo realista, tal y como en su momento señaló Erich Auerbach en su célebre libro Mímesis (Auerbach, 1950 ).

Pero la evocación es también algo mucho más profundo que un mero efecto retórico, aunque ese efecto retórico consiga reproducir en nuestras mentes una cierta sensación de realidad, porque es inseparable de la propia sensación de la realidad.

La sensación de lo que ocurre y de que lo que ocurre es real es parte esencial del funcionamiento de nuestra mente y de nuestro cerebro. La desrealización es un síntoma psiquiátrico presente en diferentes tipos de enfermedades, como el stress postraumático o la esquizofrenia, pero tambén puede crearse a través del lenguaje, como señaló Wilbur Marshal Urban (Urban, 1952), o ser utilizada como un instrumento en el pensamiento filosófico y científico, tal y como estudió Charles Crittenden (Crittenden, 1991).

Un relato histórico ha de saber combinar las sensaciones de desrealización y sensación de lo real, y ello solo puede ocurrir en el segundo de sus niveles: en las propias sustancias narrativas. Toda obra de arte y todo texto es un mundo aislado dentro del mundo. Una característica esencial de la historia, según Aristóteles, sería la mímesis. En la historia, en la épica, el más claro precedente de la historia, o en el teatro y la novela, los lectores o los espectadores somos cómplices de una ficción. Hacemos como si creyésemos que lo que vemos o leemos fuese real, aunque sabemos que no lo es. Esto sería lo que Denis Diderot llamó la paradoja del comediante. El mejor comediante es aquel que consigue hacernos creer que lo que vemos, que sus alegrías, sus sufrimientos, sus acciones y sus palabras son reales, pero si él creyese que lo que dice y hace es real no sería un comediante, sería un loco, y consecuentemente nosotros ya no lo creeríamos.

El comediante es aquel que nos hace creer una ficción, una mentira porque es verosímil. Todos sabemos que es mentira, pero la compartimos un poco como un juego, o bien porque nos divierte, o bien porque lo necesitamos para poder vivir, para poder seguir soportanto la otra realidad, la que es inapelable. En este sentido podríamos afirmar que la historia, las historias, son necesariamentementiras verosímilesmentiras adecuadas, mentiras compartidas, las mentiras compartidas que cada comunidad y que cada individuo necesitan, que necesitamos para poder vivir.

La necesidad de la historia es, pues, la necesidad de compartir una ficción, una mentira, intentando evocar un pasado desaparecido. Pero, ¿por qué necesitamos evocar el pasado desaparecido?

Durante miles y miles de años la humanidad ha vivido sin necesitar la historia, tal y como nosotros la entendemos. El mismo papel que ella ahora cumple lo cumplió durante mucho tiempo la mitología, la poesía épica, o las historias de tipo sacral. O simplemente la memoria compartida a través de los recuerdos orales familiares, de los ritos, de las costumbres, de los usos higiénicos, culinarios, o de las canciones y el folklore, unidos a la pasión por conservar una lengua propia. Ese fue el caso de los judíos, el pueblo más memorioso del mundo, el más preocupado por su memoria cultural y su identidad y que durante casi dos mil años, desde la destrucción del templo de Jerusalén hasta la fundación de el Estado de Israel, no cultivó en modo alguno la historiografía, como señala muy bien Josef Hayim Yerushalmi (Yerushalmi, 1984).

La evocación del pasado se realiza siempre desde el presente, individual o colectivo. Y como tal es inseparable de la percepción de nuestro futuro interno (Melges, 1982; Minkowski,1970). La percepción del futuro interno es el instrumento clave mediante el cual nuestro cerebro y nuestra mente construyen nuestra orientación espacio-temporal, y por ello podríamos afirmar que esa percepción, y consecuentemente tambien la capacidad de evocar nuestro propio pasado, individual o colectivamente, es un instrumento clave para lograr nuestra adaptación a la realidad, nuestra inserción en ella.

Por esa razón se puede comprender fácilmente por qué la historia, o las otras formas de evocación del pasado, son instrumentos clave para el mantenimiento, no solo de la identidad personal y colectiva, sino del orden social. Nuestro pasado es nuestro pasado vivido, como personas o como grupos, y no tenemos más remedio que asumirlo, no podemos escapar de él, a menos que nuestra conciencia se escinda, como en el caso de la esquizofrenia (Minkowski, 1970). Podríamos decir, de un modo un poco humorístico, que nuestro pasado es obligatorio.

Dice el Talmud que Dios puede cambiarlo todo menos el pasado, lo que parece bastante evidente. Los historiadores sin embargo parecen en este sentido haberse creído que pueden superar a Dios. Nosotros no podemos cambiar nuestro pasado, nuestro pasado nos pesa como una losa y es constitutivo de nuestra identidad. Ahora bien, ya hemos visto que los historiadores no estudian el pasado, ya que no lo pueden observar, y si así fuese tampoco podrían observarlo todo, y sobre todo, ningún historiador podría vivir ni revivir un pasado que no es ni puede ser el suyo de ninguna manera.

Los historiadores nos ofrecen visiones globales del pasado en sus sustancias narrativas en las que agrupan sus informaciones fragmentarias, intentando darle sentido con la capacidad limitada de sus modelos explicativos. El problema es que de ninguna manera parecen reconocerlo así. La práctica totalidad de los historiadores desprecian, e incluso odian la filosofía, del mismo modo que muchos filosófos aun parecen intentar pensar situándose en un lugar hiperuránico, que si bien no es ya ni el platónico mundo de las ideas, ni el intelecto divino que a todos nos gustaría compartir, sí que es un lugar semejante que el aislamiento de la realidad de nuestras burbujas académicas casi nos hace posible concebir.

Sobre todo si gustamos de situarnos en esa tradición análitica – aplastante en los EE.UU., el mundo de Fukuyama – políticamente inocua de algunos profesores de filosofía que conciben su labor filosófica como uno de entre otros muchos rituales que se pueden practicar en un College, a la vez que se fuma en pipa.

Unos filósofos, como Fukuyama, que desearían ver transmutada a la filosofía en una ciencia, para poder llegar así a ser totalmente respetables y poder demostrar a quienes tienen el poder político y económico que ellos no son en modo alguno peligrosos, sino que además también pueden contribuir a ayudarles como asesores, como justificadores de los diferentes órdenes mundiales que surgieron y seguirán surgiendo desde que en 1989 se produjo la caída del Muro de Berlín.

Y es que lo más destacable de la endeble tesis filosófica de Fukuyama es que no se presentó como una muestra más de filosofía especulativa “continental”, ni tampoco como un análisis histórico stictu sensu, pues le faltaban miles de datos y se ocultaban partes esenciales de la realidad, como que la tecnociencia no es inseparable del mercado ni de la democracia, puesto que los logros tecnológicos de la URSS en el campo más complejo, como es el industrial-militar, eran perfectamente equiparables a los de los EE.UU.

Por no hablar de las contribuciones de otro totalitarismo, el nacionalsocialista, a todos los campos de la ciencia y la tecnología. A lo que podríamos añadir, como Fukuyama no tendría más remedio que admitir en el año 2004 (Fukuyama, 2004), la existencia de otro protagonista fundamental, ausente en su formulación inicial, el Estado, que puede ser el garante de los derechos y las libertades del individuo, o el aniquilador de los mismos, bien en sistemas políticos que no admiten ni la libre empresa ni el mercado, o bien en otros como la China del siglo XXI, que aúna la más absoluta carencia de libertades políticas con el funcionamiento absolutamente libre del mercado.

Si pretendemos comprender a qué se debió el éxito del artículo y el primer libro de Fukuyama tendríamos que analizar en primer lugar la imponente campaña mediática gracias a la cual se difundió y fue conocido en todo el mundo. Esta labor ha sido minuciosamente llevada a cabo por Israel Sanmartín (Sanmartín, 2007). Pero además de ello es esencial tener en cuenta la idea esencial con la que estamos trabajando: la idea de que el pasado histórico es obligatorio.

Roman Jakobson dijo una vez en tono humorístico que el lenguaje era por su propia naturaleza fascista, porque en la lengua todo aquello que no está prohibido es obligatorio, idea muy lógica en un estructuralista. Algo similar puede ocurrir con la historia, en tanto que un estado, una nación, una iglesia o una confesión religiosa consiguen imponer una determinada visión del pasado a través de la educación.

La historia, desde el siglo XIX, fue parte esencial de la educación nacional en los nacientes estados–nación europeos, desde el nivel primario hasta el superior. La historia nacional y su enseñanza, unidas a la enseñanza de la lengua oficial y de su ortografía, claves en todos los procesos de normalización lingüística, que consiguieron transformar a diferentes dialectos en lenguas únicas (suele decirse que una lengua es un dialecto que tiene consigo un ejército), fue un instrumento básico en la construcción e imposición de las diferentes identidades colectivas nacionales en Europa y en el resto de los continentes a lo largo de los siglos XIX y XX. Por eso puede decirse que la historia globalmente cumple una función performativa, más que constatativa.

Las identidades nacionales existen, pero no son plenamente formulables a nivel verbal. Sin embargo se hacen construcciones verbales de las identidades nacionales, que por un lado, como en el caso de la historiografía, intentan agrupar elementos dispersos bajo un modelo o un prisma únicos. Pero que por otra parte – y como eso es imposible hacerlo – imponen un sentido único a sus modelos, del mismo modo que lo hacen los historiadores al construir sus sustancias narrativas.

La tesis de Fukuyama puede ser considerada, pues, como una sustancia narrativa que se quiso imponer, gracias a una impresionante campaña mediática a lo largo de todo el mundo. Y que anunció la llegada de una nueva razón neoliberal y del pensamiento único, que en nombre de la libertad individual pretendió romper todas las trabas estratégicas, políticas, sociales e ideológicas que estaban intentando controlar la acción salvaje de los mercados, lo que llevaría al desarrollo de una nueva fase del capitalismo en la que los mercados financieros desregulados darían lugar a dos grandes burbujas especulativas, la de las TIC y la inmobiliaria, que llegarían a poner en peligro la propia existencia del sistema capitalista, al quedar liberado de sus frenos morales y jurídicos, que no son de naturaleza estrictamente económica, pero sin los que la propia naturaleza de la economía capitalista puede acelerar su extinción (Baker, 2005), sencillamente porque la economía no es una realidad aislada, ni la realidad histórica esencial, sino solo una de las partes cambiantes de esa propia realidad histórica.

La tesis de Fukuyama sería, como hemos dicho, de carácter performativo, ilocutivo y perlocutivo. Los enunciados performativos no pueden ser ni verdaderos ni falsos, sino sólo adecuados o inadecuados. Sin embargo en su caso podríamos decir que la teoría que desarrolla tiene en común con los enunciados performativos el ser adecuada; pero que además de ello es falsa, es mentira. Es una mentira adecuada.

Su tesis esconde una orden, una especie de amenaza e intenta crear, configurar la realidad, pero bajo la forma de una teoría neutra de carácter meramente constatativo. Cuando un juez dice a una pareja: “os declaro marido y mujer” crea una realidad y condiciona el futuro de los contrayentes. Esas palabras solo las pueden decir un juez o un sacerdote en el lugar adecuado y en el momento adecuado. Un niño de nueve años no puede decirles a sus padres mientras desayuna: “os declaro marido y mujer”, no tiene autoridad para hacerlo y además ni es el lugar ni es el momento adecuado para decirlo.

Fukuyama no tenía autoridad para configurar personalmente el futuro del nuevo orden mundial. Sin embargo esa autoridad se la dio la inmensa campaña mediática que sirvió para lanzar su artículo, y se la confirmaron los políticos e ideólogos que vinieron a saludar su tesis como un descubrimiento objetivo. Un descubrimiento que no descubrió nada, porque era un mal resumen de Hegel, y porque todos los hechos transcurridos en los últimos veinte años en los campos de la economía, la estrategia y la política vendrían a falsar popperianamente el valor de sus afirmaciones.

En el campo de la economía la liberación de los mercados de las supuestas cadenas que los tenían atados no trajo consigo ni más seguridad militar, ni mayor libertad política, ni siquiera mayor bienestar económico para la mayoría, sino todo lo contrario.

Aunque tras Fukuyama, y siguiendo la tradición keynesiana, los economistas decidieron borrar del mapa de la teoría económica un concepto básico como es la propiedad, y las figuras de quienes trabajan, de los trabajadores, que pasaron a ser considerados solo una variable más del proceso productivo, pasando a ser denominados recursos humanos, situándolos al nivel de de los recursos financieros y tecnológicos; la realidad nos pone de manifiesto que en el mundo siguen existiendo los trabajadores, las personas y que en los últimos veinte años se ha producido una contracción de los salarios a nivel global, tal y como señala R.W.Baker (Baker, 2005), un banquero que no es en modo alguno enemigo del capitalismo.

Antes de 1989, en 1989 y después de 1989, las rentas de un país o del mundo entero se dividen entre las rentas del capital y las rentas del trabajo. En nuestro mundo el capital, que se divide entre capital productivo y capital financiero, ha estrangulado las rentas del trabajo produciéndose un emprobrecimiento global de los trabajadores y haciendo posibles sorprendentes logros de economías emergentes, como la china.

En la China comunista actual se ha cambiado también la interpretación oficial de la historia, sustituyéndose el concepto de Revolución por el concepto de modernización (Huaiyin, 2010). Los historiadores y economistas chinos pasan ahora a considerar que la creación de la riqueza de su país se debe básicamente a la dinámica propia del capital. Ningún país es responsable de la pobreza de otro, afirma un historiador como David Landes (Landes, 2000). La economía posee una dinámica propia, que si se desarrolla libremente creará riqueza y que no lo hará si se le ponen obstáculos en su camino.

Tras la caída del Muro de Berlín, en el lenguaje de los economistas y los políticos han desaparecido los términos trabajador y empresario, introduciéndose masivamente las palabras gestiónemprendedor y economía del conocimiento. La diferencia entre el empresario y el trabajador no es la enorme diferencia en sus propiedades, sino cómo gestiona cada uno sus recursos, humanos y materiales, en un mercado libre y gracias al uso de su inteligencia.

De todo esto se deduce que sería un modelo la China comunista, el país más capitalista del mundo en el momento actual. Sin embargo el milagro económico chino, su modernización como dice el discurso político dominante en China, se debe a sus salarios enormemente bajos, entre 100 y 200 euros, que han permitido un gigantesco proceso de acumulación de capital. Un capital que no se invierte en el desarrollo del propio país ni en la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes, sino en los mercados financieros internacionales, por lo que es considerado como un socio muy respetable e interesante.

Los chinos están realizando enormes inversiones y compras en África, pero es que además de ello la China comunista es el principal comprador de deuda pública de los EE.UU. O lo que es lo mismo, la economía del país más capitalista, más poderoso y más libre del mundo se sostiene en el dinero de un país milenario gobernado por una dictadura. En China no hay libertad política, ni libertad sindical, solo hay libertad para el capital. Y en la China tampoco existe libertad de pensamiento ni libertad de expresión, y sin embargo sí que se da un increíble desarrollo de la ciencia y la tecnología, que le permiten poseer, entre otras cosas, un impresionante poder militar.

China es respetada como socio financiero, como economía emergente y como gran mercado del futuro. Por eso apenas hay críticas a su sistema político en los medios de comunicación de los EE.UU., reservándole los honores de dictadores por antonomasia a Fidel Castro y a Chaves. La represión que ellos pueden, o no, practicar es totalmente censurable, mientras que esa misma represión en la China, como sus ejecuciones públicas, puede entenderse como parte de su tradición cultural milenaria.

En el capitalismo de los últimos veinte años la liberación de los mercados no solo no ha traído consigo más libertad ni más bienestar, ni tampoco más seguridad, sino que ha permitido la desregulación de los mercados financieros a nivel planetario. En el mundo de las TIC los flujos de capital son totalmente incontrolables, por la velocidad a que se pueden producir. En ese mismo mundo la economía financiera se desvinculó de la economía productiva, a la que ahora se denomina “economía real”. Y ello permitió el logro de asombrosas rentabilidades financieras, a costa del empobrecimiento global de la población.

En ese mismo mundo, para frenar la caída del consumo, consecuencia inevitable de la caída de la masa salarial global, se recurrió al uso generalizado e indiscriminado del crédito, lo que trajo como consecuencia el estallido de la burbuja financiera, el mayor peligro de liquidación del capitalismo, generado por el capitalismo mismo. En el mundo de los flujos financieros globales ha desaparecido, como señala también Baker, la distinción entre dinero sucio y dinero legal.

El dinero sucio circula libremente en paraísos fiscales, en los que se registran hasta decenas de empresas por habitante, pasa de una inversión a otra en transacciones complejas, casi imposibles de detectar. Unas transacciones en las que el capital legal se mezcla con el dinero obtenido del tráfico de drogas, del terrorismo, de la venta ilegal de armas y de la trata de mujeres. Y un dinero que, al no estar controlado fiscalmente, debilita y empobrece el poder de los estados.

El capitalismo ha sido puesto en la picota por la avaricia de los capitalistas, políticos como Obama y Merkel lo han dicho numerosas veces, a la vez que numerosos economistas. Es la avaricia el talón de aquiles del capitalismlo, como señala Baker, banquero y filósofo a la vez, no la sombra de las ideologías y los sistemas totalitarios, lo que muestra la falsedad de una parte esencial de la tesis de Fukuyama.

Los sistemas totalitarios, como la URSS, no se derrumbaron porque en ellos estuviese asfixiado el mercado. Como ha señalado N. Hayoz (Hayoz, 1997), el colapso soviétivo fue mucho más social e ideológico que meramente económico, y en él un factor clave fue el factor militar.

El mundo de la URSS llegó a ser un mundo falso, en el que una fachada política y social ya no pudo mantener por más tiempo la mentira adecuada de la igualdad y el socialismo orientados al interés del pueblo, en un país en el que la inexistencia de la propiedad privada no fue obstáculo a la existencia de la explotación económica, puesto que fue el mismo Estado y el Partido Comunista de la URSS los que se convirtieron en mecanismos básicos de generación de la desigualdad, y los que crearon, mediante la instauración de sistemas de privilegios y prebendas, una desigualdad económica real, basada en el usufructo de miles de bienes de los que no se tenía sin embargo, teóricamente, la propiedad.

La modernización de la URSS, un país en el que inexistencia de la banca privada hacía imposible la existencia del capital financiero, consistió en que los antiguos oligarcas del sistema (del partido, el ejército y la administración), pasaron a convertirse en oligarcas capitalistas, adoradores del mercado, saqueadores de su propio país y explotadores de una población a la que la llegada del mercado le supuso un grado mayor de empobrecimiento. Lo que vuelve a poner de manifiesto la inanidad de la tesis de Fukuyama.

El desarrolllo del mercado no tiene porque ser solidario del desarrollo de la libertad política, ni del desarrollo de la ciencia y el conocimiento. Se trata de tres variables independientes, no dependientes. Pero es que además el desarrollo sin control del mercado y el debilitamiento del estado, como el propio Fukuyama tuvo más tarde que admitir, unidos al desarrollo de una tecnología desarrollada para garantizar la supremacía militar y para incrementar los beneficios de las empresas y el capital financiero, tampoco ha sido la garantía del bienestar, ni del bien común o la seguridad mundial.

En contra de lo que creían en el siglo XIX filósofos defensores de la libertad política y el libre mercado, como Hebert Spencer, el desarrollo del capitalismo no supuso el paso de la sociedad militar a la industrial, o lo que es lo mismo, de la guerra a la paz. El siglo XX conoció las guerras más mortíferas de la historia, que fueron posibles gracias al desarrollo de la tecnociencia y de la industria, y en las que se ahogó la libertad y se cercenaron las vidas de millones de personas.

En el siglo XXI el capitalismo se configura como lo que Naomi Klein ha llamado el capitalismo del desastre (Klein, 2007), una doctrina y unas prácticas según las cuales los desastres, como las guerras – por ejemplo la invasión de Irak – serían formidables mecanismos de creación de riqueza. Ello se debería a que, al partir de cero en países como Irak, Afganistán u otros, la rica dinámica del mercado permitiría el surgimiento de maravillosos procesos espontáneos de creación de riqueza y bienestar.

La realidad ha demostrado lo contrario. Irak fue invadido, su estado fue destruido, su capital financiero expoliado. Su población llegó a niveles de pobreza extremos, la inseguridad se generalizó. Se consiguió crear un vivero de terrorismo en un país en el que el terrorismo no existía. La economía se arruinó y el costo militar y financiero de la invasión fue enorme para los EE.UU., aunque la invasión fuese rentable para muchas empresas de armamento, de seguridad privada, del campo de la energía, etc. Todo ello unido a la degradación moral, tanto de la población del país o los países invadidos, como de los ejércitos invasores, en los que se instaló la corrupción económica, se institucionalizó la tortura y se consistió la violación general de las leyes y los usos internacionales de la guerra.

El hundimiento de la URSS y la quiebra del estado en ella supuso un claro debilitamiento de su poder militar. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial el orden estratégico mundial se estructuró en dos polos: EE.UU. y la URSS enfrentados en la Guerra Fría, sumidos en una impresionante carrera armamentística que aseguraría indirectamente la paz, al basarse la doctrina militar en la idea de “destrucción mutua asegurada”.

De acuerdo con esta doctrina, la guerra nuclerar sería prácticamente imposible porque supondría la destrucción de ambos contendientes, no tendría ningún beneficio ni ningún sentido estratégico: nadie podría explotar o disfrutar de la victoria. La realidad fue muy diferente J. Carrol (2007) ha demostrado cómo esa guerra pudo haber estallado varias veces y cómo en esa carrera alocada la principal responsabilidad correspondió al Pentágono.

El propio presidente D. Eisenhower, un militar de carrera, advirtió del peligro que podría suponer para la seguridad de los EE.UU. el conglomerado que él llamó el “complejo militar industrial”. Ese complejo, que controla la mayor parte de la investigación en I+D del mundo, es uno de los principales motores de la industria en la actualidad. Muchos de los propietarios de industrias de defensa, y de otro tipo, como Donald Rumsfeld, han sido las autoridades que han controlado el Pentágono durante decenas de años.

J. Carrol, un ferviente creyente, no sólo en Dios – es un sacerdote católico –, sino en los valores constitucionales de los EE.UU., afirma y prueba documentalmente que la política exterior norteamericana está dirigida de modo autónomo por el Pentágono, aunque no exactamente por sus mandos militares, sino por los civiles que lo controlan políticamente, y que toman decisiones, como las invasiones de Irak y Afganistán, desanconsejadas por los estrategas.

En la Guerra Fría, EE.UU., la URSS y en menor medida la China de Mao se enfrentaron a través de países satélites. Con el hundimiento de la URSS, aunque la amenaza nuclear mundial sigue igualmente presente, puesto que el número de armas nucleares fabricadas multiplicaba por más de diez el necesario para lograr la destrucción mutua segura del planeta, se ha creado un nuevo panorama estratégico.

La única superpotencia militar real en el mundo son los EE.UU., que gastan la mitad del presupuesto mundial de defensa (Bobbit, 2002). Solo los EE.UU. pueden intervenir militarmente, o sea invadir, cualquier lugar del mundo, excepto la China, puesto que sus dimensiones, la magnitud de su población y su paraguas nuclear la hacen inviolable.

Esa capacidad de intervención sin rival ha hecho que los EE.UU. tomen decisiones estratégicas erróneas, porque al ser hegemónicos subestiman el poder del adversario (pecado mortal para un estratega). Y sobre todo porque no pueden mantener su gigantesco gasto de defensa para asegurar su presencia en todo el mundo. Bobbit da las cifras a este respecto. Los EE.UU. han tenido que jubilar varios de sus grupos navales de combate, y además, al no estar en vigor el servicio militar, ni allí ni en casi ningún país del mundo, se han creado notorios problemas de reclutamiento, que limitan su capacidad de intervención por escasez de efectivos, que no de recursos armamentísticos.

Se están creando en el mundo nuevos ejércitos, más reducidos, basados en el uso de armas muy sostificadas y con tal capacidad de destrucción que hacen casi casi imposible pensar en una guerra larga basada en batallas complejas convencionales (Keegan, 1976; Hanson, 2004). Pero en esos ejércitos surgen dos clases de combatientes y dos grupos sociales: el de quienes manejan los instrumentos y armas más sofisticados, que suelen ser ya oficiales y que en los EE.UU. son de mayoría blanca, y el de las tropas de choque y de ocupación del territorio, formadas por hispanos, negros y “basura blanca” en el caso norteamericano, puesto que solo a ellos les pueden resultar interesantes las condiciones económicas del reclutamiento, pudiendo además ser sustituidos por mercenarios extranjeros, en el caso de las empresas privadas de seguridad militar, tal y como ha indicado la propia N. Klein (Klein, 2007).

El ejército de los soldados de infantería sigue siendo esencial en el mundo de la guerra más sofisticada, porque solo él puede ocupar el territorio. Esta idea clásica ha vuelto a estar en vigor con el desarrollo del nuevo escenario estratégico que supuso el 11-S y la amenaza global del terrorismo islámico, indisociable de la vuelta a las identidades religiosas, étnicas o nacionales, que Fukuyama consideraba como desaparecidas. Y en eso han insistido hasta la saciedad los estrategas, que son conscientes de que la nueva guerra contra el terrorismo global ya no será una guerra técnica, ni mucho menos limpia, sino una especie de contraterrorismo terrorista que puede acabar con la propia democracia.

S. P. Huntington (Huntington, 1997) había puesto de manifiesto cómo el análisis estratégico basado en la confrontación de dos grandes sistemas económicos, unidos a sendas ideologías políticas, ya no servía para nada tras el fin de la Guerra Fría; y cómo tras ella el panorama mundial no estaría marcado por el idilio del mercado, la libertad y la ciencia, sino por otros factores menos racionales, pero totalmente reales, como las identidades religiosas o étnicas, patentes con el terrorismo islámico.

Hay que introducir estas nuevas variables, que los historiadores orientalistas norteamericanos confiesan difíciles de entender, cuando se preguntan, como B. Lewis, ¿qué ha fallado para que pueda ocurrir ahora esto? (Lewis, 2000; 2002). El estallido de las identidades culturales, nacionales y religiosas afectó del mismo modo a la extinta URSS que al resto del mundo. De hecho en ella surgieron por todas partes nombres de pueblos, culturas y naciones desconocidas en la esfera internacional hasta entonces: Chechenia, Nagorno Karabaj…, lo que vuelve a poner de manifiesto la poca utilidad del supuesto análisis de Fukuyama en el momento presente.

Pero es que esa misma identidad oculta, una identidad basada en la creencia en Dios, en la Constitución de los EE.UU., en la supremacía del inglés como lengua y en la imposición de los valores culturales, de las formas de pensamiento científico y filosófico norteamericanos en todo el mundo, como nueva forma indisociable del nuevo pensamiento único, también afectó a los propios EE.UU., en los que, como señaló S.P. Huntington (Huntington, 2004), la identidad nacional norteameiricana renació fuertemente tras el 11-S.

Los EE.UU. del 2011 se están haciendo cada vez más conservadores, en ellos renacen las ideas del poderío militar bajo formas claramente militaristas y antidemocráticas. La reafirmación de la identidad nacional va acompañada de la reivindicación de la superioridad de la civilización occidental y de la primacía de las razas blancas. Los EE.UU. del siglo XXI parecen volver al sistema de las identidades políticas del siglo XIX.

Los historiadores norteamericanos proponen cada vez más recuperar la Old History, la historia centrada en la política y las instituciones de su país y acusan al postmodernismo y al multiculturalismo, que solo llegaron a triunfar en los EE.UU. en las universidades de elite, pero que jamás impregnaron el tejido social norteamericano, de todos los males de su país, de su debilidad militar, de la disolución de sus valores morales y políticos que habría hecho posible el 11-S, clamando a su vez por un nuevo rearme.

Junto a estos historiadores, cada vez más tradicionales y enemigos del pensamiento, los filósofos norteamericanos, que en su momento dieron crédito a la mentira adecuada de Fukuyama porque era muy oportuna en 1989 para anunciar la llegada del nuevo mundo feliz del mercado, la ciencia y la democracia parlamentaria mundiales, han quedado sumidos en la inanidad de una filosofía centrada en la lógica y la lingüística.

La mayor parte de las revistas de filosofía del mundo ya anuncian en sus condiciones para admitir sus papers que no se envíe nada que quede fuera de la tradición analítica. Una tradición exquisitamente aséptica en el campo político, como ya hace años señaló E. Gellner (Gellner, 1959); una filosofía que se condena a sí misma a la esterilidad y a la extinción en el mundo de la producción industrial masiva de artículos científicos, aunque a veces caiga en la ingenuidad de admitir resúmenes simplificados de algún viejo pensador continental como Hegel, condensado de segunda mano por Fukuyama.

Siguiendo ahora de nuevo a otro filósofo en algún tiempo hegeliano, y no solo continental, sino también napolitano (lo que en los EE.UU. sonaría a algo gastronómico), Benedetto Croce, creo sinceramente que la Historia y la Filosofía no son más que la misma disciplina. La historia es el contenido de la filosofía, pero la filosofía es su método. El análisis del “caso Fukuyama” creo que podría servir como ejemplo.

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Goodbye Fonseca

Hace ya un año hervía la universidad de Santiago en una campaña electoral en la que siete candidatos mostraban su acuerdo en querer ser rectores y concordaban en la idea de que su universidad se hallaba en una buena situación, a la que no eran ajenos 500 años de autocomplacencia y las declaraciones del equipo saliente sobre unas cuentas saneadas, que fueron acompañadas de las declaraciones de bienes de algunos de sus miembros, una nueva práctica hasta entonces desconocida, puesto que ni la ley la exige ni nadie había dudado nunca de su integridad.

En esta situación de acuerdo básico, apenas hubo debate, excepto en el tema de si se debía admitir la promoción casi libre de profesores a catedráticos y continuar también, por criterios de promoción, con la contratación de profesorado al margen de las necesidades de la docencia. Sólo en este caso hubo discrepancias, siendo el candidato Casares el más fiel defensor de estos criterios, que convirtió en compromiso electoral. Por lo demás, todos concordaban en el dogma de la indivisibilidad de la titulación de Medicina, compatible con la multiplicación por 2, 3 o 4 de otras titulaciones, y se cantaban las alabanzas del Campus Vida (aunque algunos mostraban reticencias).

La compleja aritmética electoral y el elevado número de candidatos hicieron que la ruleta de los comicios se detuviese en el nombre de Casares Long, un químico con pedigree en este campo, que había elegido como lema de su campaña la recuperación de las esencias, utilizando un término con el que los viejos farmaceúticos denominaban a los productos de sus destilaciones.

Tras un año la situación ha cambiado por completo. La saneada universidad se confiesa casi en quiebra, y amenaza con no poder pagar sus nóminas. La promesa de transparencia y participación no parece haberse cumplido. El equipo rectoral más grande de los conocidos da la sensación de ser poco eficaz, incluso torpe y timorato. Sus miembros parecen extraviarse en su propia complejidad, y a veces parecen interferirse unos a otros en el ejercicio de sus funciones, mientras el Rector ejerce su cargo de un modo cada vez más personal, aunque no por ello más eficaz. Las esencias siguen sin destilar en los alambiques, las reticencias hacia el Campus Vida se disipan para convertirse en franca adhesión, y lo único que se ha cumplido es el compromiso electoral personal de promoción de algunos profesores, que tendrán la suerte de contrarrestar así el recorte general de las nóminas.

Desde 1990 la Universidad de Santiago, por su antigüedad y sus dimensiones, pareció creerse la hipotenusa del triángulo universitario gallego, queriendo relegar a las otras dos a ese modesto papel de ser los lados menores de un triángulo rectángulo. Ahora sólo ella tiene una desmesurada deuda, de la que es responsable, así como de su gigantismo, que tendrá que afrontar en un nuevo juego entre iguales, sin jacobeos a la vista y sin ciudades de la cultura que salven su ciudad. Quizá por ello su Rector tendrá que destapar de nuevo el tarro de las esencias y su tuna volverá a cantar “triste y sola se queda Fonseca, triste y llorosa queda la Universidad. Y los libros empeñados en el Monte de Piedad”.